Sergio Ramos, la forja de un luchador

Ramos protege el balón ante un rival./
Ramos protege el balón ante un rival.

Se ha convertido con el paso de los años en un ejemplo de madurez gracias al espíritu de liderazgo obtenido dentro del vestuario del Madrid

LUIS F. GAGO

Alma máter de la selección española y capitán con galones del Real Madrid. Son las dos concepciones que mejor definen en esta etapa de su vida a Sergio Ramos. Un profesional que llegó a la entidad blanca siendo un niño, pero que se ha convertido en un hombre. Se enteró que su futuro estaría ligado por siempre al césped del Bernabéu en una concentración con España. Fue traspasado desde el Sevilla por una cantidad que asustó a Florentino Pérez, quien todavía era un neófito en las negociaciones del fútbol y se encontró a un tiburón llamado José María del Nido que le enseñó a basa de caídas y dureza. No le importó al camero haber costado tanto dinero pese a que era un crío y no había hecho nada de renombre en el fútbol. Él sabía que se ganaría el cariño de afición y prensa con su apuesta por el trabajo duro.

Porque es precisamente ese espíritu de superación lo que siempre ha representado Ramos. Cuando se le pregunta en una entrevista lanza el mismo mensaje: Yo lucho cada día para ser mejor. Incluso a su entorno más cercano, a amigos y familiares, les susurra que nunca deja de pensar en cómo mejorar. En alguna que otra ocasión, en su casa de Camas, pueblo sevillano del que es natal, soñaba entre pases de torero capota en mano con vestir la elástica madridista. Se inspiró en el valor de los toreros de su tierra para comprender que la lucha era lo que forjaba a los campeones. Siempre se ha considerado sevillista, pero la sombra del Madrid en un pueblo como el suyo es alargada. Mientras se dirigía a la ciudad deportiva nervionense en una vieja scooter durante las duras mañanas de invierno, entre vientos que batían record en forma de nudos y tormentas que obligaban al jugador a conducir con precaución, superaba el miedo imaginándose alzar títulos bajo el dorado escudo real.

También pensaba en alcanzar sus sueños con la Roja. Por entonces aún el malogrado Luis Aragonés daba vueltas sobre qué pseudónimo ponerle a una selección nacional que tenía guerreros para vencer batallas pero a la que le faltaban iconos y gritos de guerra. Lo segundo lo puso el sabio de Hortaleza a través del mote ya conocido. Lo primero lo encontró en Sergio Ramos. La primera vez que entrenador y futbolista se cruzaron la mirada fue como el flechazo de un amor adolescente. Ramos supo que aquella persona era la que había estado esperando toda la vida para sacar la bandera de su querida Andalucía en la celebración de un título español. Aragonés se reconoció en sus ojos, espejo del alma. Supo que aquel niño pronto sería un campeón.

 

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