Adiós a Ghiggia

Eurosport: "El Maracanazo fue una broma"

ANTONIO G. ENCINAS

Brasil es un balón desinflado con forma de lágrima. Un sollozo angustiado, con hipo, que traga saliva amarga y salada. Un hundimiento colectivo. Un ¿por qué? desesperado.

Alemania borró a Ghiggia de la historia de las catástrofes. Adiós, Maracanazo. Adiós, uruguayo maldito, hombre del saco de generaciones de brasileños. Barbosa, su víctima, murió demasiado pronto. El portero de aquella nefasta tarde de 1950, apestado de por vida, culpable de un gol que silenció a un país, habría sido redimido anoche, perdonado porque su pecado, al lado de esto, era venial.

Siete goles.

Cinco en la primera parte.

Cuatro en seis minutos.

Uno de Klose, que le quitó el récord goleador de los mundiales a Ronaldo, otro brasileño.

«Puede que gane Alemania, pero que no marque Klose», rogó en la previa el gran 9 de antaño. Ni para evitar eso tuvieron fuerzas sus compatriotas.

¿Cómo es este desastre comparado con el Maracanazo? Como llenar una charca con el agua del Amazonas. Un desbordamiento antinatural. Brasil, el país del fútbol, el lugar de la magia con un balón, el que alumbró a Pelé, a Ronaldinho, a Zico, a Sócrates, a Jairzinho, a Romario. El que nunca tenía un buen portero, ni falta que le hacía. El pentacampeón. Masacrado en casa por un equipo que además no conoce la piedad. Por un equipo, adiós a los tópicos, europeo.

La hecatombe empezó antes, sin embargo. Fue de forma imperceptible, porque además vino acompañada de éxito en algunos momentos. Brasil jugó mal y ganó en 1994. Fue triste y ganó, Ronaldo mediante, en 2002. Y aprecieron los dungas, los scolaris, los 'parreiras', los adalides de la revolución futbolística en un país que nunca la necesitó. Demasiado talento junto es peligroso, provoca desequilibrio, decían. Y convencieron a todo un país de que el jogo bonito, lo que les había encumbrado a la gloria, no era lo suyo.

A Felipao lo desnudó Croacia en el primer partido, resuelto con un penalti de mentira que alimentó las suspicacias de los otros 31 participantes. México mostró al mundo las vergüenzas de la anfitriona, y solo Camerún, con sus habituales guerras de vestuario, fue presa fácil. Chile forzó los penaltis. Colombia demostró que hay más fútbol en James Rodríguez que en las 31 patadas que sirvieron los brasileños, aunque luego el lesionado fuera, caprichos del fútbol, uno de los pocos cariocas con talento que se ha permitido Scolari.

Alemania avisó.

Finalista en la Eurocopa 2008, solo cayó ante el campeón, España. Igual que en Sudáfrica 2010, en semifinales. Y ante Italia, también en semifinales, en la Euro 2012. Alemania es cosa seria. Es idea de juego y futbolistas.

Con la fuerza de un panzer y la velocidad de una ráfaga se llevó por delante al trampantojo de Scolari. Lo arrancó de la pared y dejó ver grietas, desconchones, carcoma. La nada.

Ghiggia se aparta. Coge hueco en otra página de la historia negra. La primera, ahora, queda reservada para Felipe Scolari y sus secuaces, los protagonistas de un drama que no se cerrará nunca del todo. Lo saben los aficionados brasileños. Por eso lloran sin consuelo. No se han dejado solo una final. Han permitido, con su ceguera, que les arrebataran su identidad futbolística. La que nos hizo amarles y envidiarles. La que los convirtió en dioses. La que ahora, desterrados los nuevos barbosas, tendrán que recuperar.

 

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