Cuando Sahagún sentó cátedra

El Monasterio Real de San Benito fue la sede durante más de ochenta años de la Universidad de Sahagún, un privilegio refrendado por el papa Clemente VII en 1534 que, a pesar de ser un proyecto efímero, alumbró figuras de la talla de San Juan de Sahagún o Fray Bernardino, padre de la antropología moderna

Memorial custodiado en la Casona de San Benito, en Sahagún. / Inés Santos
NACHO BARRIO | INÉS SANTOS Sahagún

Bien protegido del paso del tiempo, el memorial custodia una historia digna de ser contada. Una historia que no se narra de forma directa, pero cuyos apuntes avanzan un periplo que duró algo más de ochenta años. La emoción es la del que está ante algo grande. Leonor desenfunda el tomo y Joaquín pasa a leerlo en voz alta. Pleitos y más pleitos recogidos en páginas eternas entre la villa de Sahagún y el Monasterio Real de San Benito. ¿El motivo? En gran medida, las consecuencias de tener una Universidad en el corazón de la localidad leonesa.

Sahagún guarda una historia conocida entre los expertos pero que sigue siendo un misterio para los leoneses. Todo comenzaría a principios del siglo XVI. «En sentido estricto, solo podríamos hablar de la existencia de un estudio general o Universidad en el Monasterio Real de San Benito de Sahagún a partir del 6 de mayo de 1534, fecha en la que el papa Clemente VII otorga una bula concediendo esa denominación y ese privilegio», explica Joaquín García Nistal, profesor del Departamento de Patrimonio Artístico y Documental de la Universidad de León.

Aquí nace oficialmente un recorrido turbulento ya iniciado años atrás. Según el propio Joaquín G. Nistal, la bula no descarta automáticamente el hecho de que antes hubiera una escuela o un estudio monástico con características parecidas a un 'estudium generale' o Universidad ya que, como asegura, «había estructura y había lectores que impartían una serie de estudios principales: Teología, Cánones (Derecho Canónico), Gramática y Artes, y eso parece estar establecido mucho antes de 1534».

Por tanto, la historia no ha hecho más que comenzar. El Monasterio de Sahagún vive en 1534 una decadencia que hace lejanos los tiempos de gloria en los que su dominio llegaba a Liébana (Cantabria) y descendía hasta tierras cercanas a Toledo. Habiendo acuñado su propia moneda y ocupando gran parte de la actual villa facundina, el Monasterio contaba ya con estudios monásticos y con la posibilidad de conceder títulos para bachilleres y graduados semejantes a los de Salamanca o Alcalá.

«Probablemente el Monasterio de Sahagún, en su periodo más influyente, no consideró necesario el tener el reconocimiento de Universidad, porque parece que cuando se hace esa petición de bula al papa Clemente VII es en el momento en el que el monasterio es dependiente del de San Benito de Valladolid y ya carece de ese poder e influencia», como relata García Nistal.

¿Por qué una Universidad en Sahagún?

Las razones para crear la Universidad de Sahagún van apareciendo. El memorial recoge que, en sus declaraciones, los monjes defienden que el Monasterio se ve ante la problemática de contar con clérigos poco instruidos, pobres e ignorantes a los que recalar en Salamanca les hubiese costado más fortuna de la que nunca hubieran podido juntar. Tal es así que, aunque se desconoce el número exacto de alumnos universitarios sí que ha trascendido que el Monasterio permitía el estudio a treinta estudiantes pobres, en una función puramente piadosa.

Pero volvamos a la raíz. ¿Qué razones llevaron a la Universidad de Sahagún a no prosperar en el tiempo? Buenas respuestas ofrece el memorial guardado en manos privadas en la Casona de San Benito, justo delante de los restos de lo que quedó del Monasterio.

Como apunta el profesor, entre 1571 y 1584 villa y monasterio se ven envueltos en un largo pleito por el que la villa pelea legalmente contra la concesión de estudio general al monasterio debido a que su manutención se hacía con los diezmos de la villa. Parece obvio que para Sahagún el mantenimiento de los estudios es más una rémora económica que una oportunidad, en un capítulo más de las relaciones tensas que mantienen las dos instituciones a lo largo de la historia.

Los salarios, imagen de la importancia universitaria

Los lectores de Gramática para mayores percibían ochenta ducados anuales, cincuenta los de medianos y treinta los de menores.

En el caso de la cátedra de Derecho Canónico se percibían ochenta ducados anuales y cerca de cincuenta en Teología.

Sea como fuere y pese a los inconvenientes, la Universidad de Sahagún contó algo más de ocho décadas de trayectoria en las que se impartieron, además de las cátedras nombradas, los estudios de música, como apunta Francisco Javier Fuente, exdirector del IES Padre Isla e investigador en esta cuestión.

Prestigio relativo

A pesar de que la corta trayectoria universitaria no logró forjar un gran prestigio para estos estudios, por las aulas de Sahagún pasaron figuras de gran importancia como San Juan de Sahagún o Fray Bernardino, padre de la antropología en el sentido más moderno; así como abades que ocuparon cargos principalísimos.

No obstante, habla bien de su pujanza la dotación económica anual de los lectores o maestros. Javier García Nistal avanza que en el caso de Gramática para mayores el sueldo rondaba los ochenta ducados anuales, el de medianos cincuenta y el de menores treinta. Asignaciones notables para vivir holgadamente en la España de mediados del XVI.

Pero, a pesar de contar con aulas «bien adaptadas a las necesidades», con buenos salarios, buen nombre y notables pupilos, Sahagún despide finalmente a su Universidad. Francisco Javier Fuente cifra el inicio del adiós en 1569, «donde ya comienzan todos los trámites para su traslado a Irache (Navarra)». No será hasta 1616 cuando culmine el fin de un proyecto, el de la Universidad de Sahagún, que vive hoy en documentos lejos de lo que quizá pudo llegar a ser y nunca fue.

Reintentos en vano

Sobre los intentos de retomar la Universidad, García Nistal señala que el monasterio, hasta que es enclaustrado en el XIX, «intenta multitud de estrategias para recuperar lo perdido teniendo siempre presente esa rémora de estar vinculado y ser dependiente del Real Monasterio de San Benito de Valladolid, que sería esa cabeza de la orden benedictina en el noroeste peninsular».

Por su parte, Fuerte señala que hubo un claro intento en el abadiato del abad sahaguntino Fray Facundo de Torres, pero todos los esfuerzos «fueron en vano».

 

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