Meter mano a la naturaleza

Cuando el hombre intenta arreglar los desmanes ecológicos que ha cometido, suele estar abocado al fracaso

ELOY DE LA PISA

Que el programa para intentar evitar la desaparición del urogallo esté fracasando no es, desgraciadamente, ninguna sorpresa. El relativo éxito que ha tenido el programa llevado a cabo en Doñana para salvar el lince ha animado a intentar trasladar métodos y filosofía a otras especies. Loable, sin duda, pero poco más. Ni el urogallo o el oso son el lince ibérico, ni las condiciones de unos y otros tienen nada que ver. Para empezar, el felino se reproduce en cautividad, cosa que no parecen hacer ni plantígrados ni aves. Y, para continuar, las condiciones naturales hacen de un proyecto algo posible y del otro algo casi inviable. Baste decir que los linces mueren casi todos atropellados, y los urogallos y osos mueren por las hostiles condiciones en que viven.

Pero hay más razones, aunque nadie las verbaliza, porque nadie quiere ser el primero en dar exponer algo que no es políticamente correcto: el urogallo desciende de población porque -principalmente- sus nidos son asaltados por los jabalíes. Y en las montañas leonesas, en la principal zona de cría, a los jabalíes nadie les toca porque es Parque Nacional y no se puede cazar. Y solo con lobos no se controla a las poblaciones de jabalíes.

No pretendo romper una lanza por la caza selectiva -que también-, pero sí apuntar el problema que supone intentar que la naturaleza se recomponga después de que el hombre la haya metido mano. La Montaña Cantábrica ha sido un lugar muy humanizado, y ahora no es posible dejarla para que se equilibre sin más. El equilibrio ecológico roto no se repone en unas pocas generaciones, todo lo contrario. Igual que el hombre lo destrozó, debe preocuparse ahora de actuar para devolver paulatinamente la situación a su ser natural. Es muy difícil y costoso, cierto, pero es de ley.

 

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