Ola de ataques con explosivos contra Obama y Hillary Clinton

El expresidente estadounidense, Barack Obama. /Efe
El expresidente estadounidense, Barack Obama. / Efe

Las 'bombas caseras', que también tenían como objetivo otros supuestos enemigos del presidente Trump, fueron interceptadas por los servicios secretos

MERCEDES GALLEGOCorrresponsal. Nueva York

Todas las teorías de la conspiración y el discurso de odio que Donald Trump planta entre sus seguidores estallaron esta semana en la cabeza de alguien que decidió acabar con esos seres despreciables que amenazan a su amado país: O sea, George Soros, el millonario que según los conspiracionistas financia maldades demócratas como la caravana de emigrantes que viene a invadir EE UU cargada de yihadistas; Barack Obama, Hillary Clinton, el exfiscal Eric Holder, la congresista Maxine Waters, el exjefe de la CIA John Brenon y varios medios de comunicación con los que presuntamente el 'deep state' planea un golpe de Estado para arrebatar el poder a Trump.

Afortunadamente ninguno de esos sobres amarillos de pequeño tamaño con explosivos caseros llegó a manos del destinatario. Los servicios secretos interceptaron el martes el que llegó a la casa de Hillary Clinton en Chappaqua y este miércoles otro en la oficina de Obama en Washington DC. A la congresista de Debbie Waserman Schultz, que fuese la presidenta del Partido Demócrata, le llegó de rebote. El suyo era el nombre escrito como remitente y recibió el sobre de vuelta al estar mal escrita la dirección del ex fiscal general de Obama. En su interior, un trozo de tubería relleno de explosivos que las autoridades procedieron a detonar de forma controlada, pero que de haberlo hecho espontáneamente pudo haber matado a alguien.

El del exjefe de la CIA John Brennan, al que Trump retiró recientemente el permiso para seguir manejando información clasificada como secreta, para escándalo de la comunidad de inteligencia, llegó a las oficinas de CNN en el Time Warner Center de Manhattan, que tuvo que ser evacuado. Brennan es ahora analista de esa cadena blanco de los ataques de Trump, que acusa a los medios de comunicación de ser «el enemigo del pueblo». No cabe duda de que algún justiciero devoto del presidente decidió tomarse la justicia por su mano.

Acusaciones de pedofilia

Ese fue también el caso de Edgard Maddison Welch, que en diciembre de 2016 decidió 'liberar' a los niños que según las acusaciones conspiracionistas de la ultraderecha estaban encerrados en la parte trasera de una pizzería, donde eran violados por las huestes demócratas de Hillary Clinton y su jefe de campaña John Podeste. La pedofilia es una de las acusaciones recurrentes entre estos grupos. El joven de 28 años se vio a sí mismo como un héroe y entró a tiros armado con un rifle AR-15, pero los verdaderos héroes fueron los clientes de la pizzería Comet Ping Pong que lo redujeron sin que nadie resultara herido.

Los enajenados que quieren salvar al país a tiros no son exclusividad del Partido Republicano. Seis meses después James Hodgkinson, de 66 años, se apostó tras la cancha de baloncesto de Alexandria (Virginia) en la que los congresistas del ala republicana jugaban un partido de baloncesto y la emprendió a tiros con ellos. Cinco personas resultaron heridas. Al legislador de Louisiana Steve Scalise le costó varias operaciones a lo largos de varios meses.

Eso no ha servido para que Trump baje el tono, aunque este miércoles dijo condenar «la violencia política de cualquier tipo», sin mencionar a la CNN ni a los afectados. A comienzo de semana volvió a celebrar la violencia cuando hacía campaña por el congresista de Montana que hace dos años se declaró culpable de haber golpeado a un periodista de 'The Guardian' que le hacía preguntas incómodas. «Cualquiera que tumbe así es mi hombre», le aplaudió.

Ataques a la prensa

La prensa se ha convertido desde el principio de la campaña en el blanco favorito de Trump, quien admitió ante una periodista que necesitaba desacreditarla para desactivar las críticas contra él. En sus mítines espolea a sus seguidores animándoles a abuchearlos. El martes, en Houston, mientras se vendían camisetas en la puerta con Trump orinándose sobre la CNN, como la imagen que él mismo retuiteó en una ocasión, el presidente les amotinaba para que se revolvieran con el grupo de 'fake media' que filmaba el mitin. Una vez más, estoicamente, los periodistas aguantaron el chaparrón con la mirada hacia el suelo mientras la masa del pabellón deportivo Toyota Center nos abucheaba, insultaba y hasta escupía con gestos amenazadores.

Era solo cuestión de tiempo que alguien pasara a la acción. Desde que se lanzó a la arena política, el empresario inmobiliario ha demostrado un instinto infalible para husmear los mejores acicates que exacerben las bajas pasiones del electorado y les ofrece personajes en los que concentrar su odio. «¡Ojalá Hillary se volviera a presentar!», suspiraba esa noche una de sus seguidoras.

Impactada por el incidente que el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, calificó de acto terrorista, la ex primera dama recordó que vivimos «tiempos inquietantes» y puso la responsabilidad no solo en el perpetrador que busca la policía sino «en la plaga de demonización política que vivimos».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos