Arabia Saudí: pura historia

La muerte del rey Abdalah no dará lugar a cataclismo alguno en el reino

ENRIQUE VÁZQUEZmadrid

Los saudólogos -un gremio periodístico-académico inextinguible- pueden coincidir hoy en que la muerte del rey Abdalah a los 90 años, además de estar descontada desde hace meses (siempre acompañado de su escamoteada botella de oxígeno) no dará lugar a cataclismo alguno en el reino.

Y la razón no es solo que la previsión sucesoria ha funcionado como un reloj según estaba previsto, sino porque el escenario político y de seguridad regional lo impone. El calendario sucesorio, hijo como siempre de los delicados arreglos entre clanes y corrientes, había hecho ya su contribución cuando en junio de 2011 murió el entonces príncipe heredero, Nayef, a los 78 años. Corrió el escalafón y recibió la sucesión el ahora rey (desde esta misma mañana), Salman, de 81 años y hasta hoy ministro de Defensa.

Los tres comparten algo decisivo: se apellidan (por decirlo al modo occidental) Ibn Abdulaziz al-Saud, es decir los tres llevaban la gran marca de la casa: hijos de refundador del reino, Ibn Saud. El lector debe anotar que queda solo un hijo legitimado por aquél: Muqrim ibn-Abdulaziz al Saud, de 69 años. Nació en septiembre de 1945 cuando el fundador tenía 65 años (moriría en noviembre de 1953).

Pequeñas innovaciones

De modo que el llamado sistema Saud ha vuelto a funcionar a la hora de designar al heredero del trono en el interior de la familia, término que el lector debe interpretar en el sentido más amplio: tiene miles de miembros de todos los rangos. Lo relevante ahora es que solo Moqrim podrá eventualmente hacer constar su condición de único hijo vivo del padre-fundador.

Tan en cuenta lo tuvo el ahora difunto rey que cuando Nayef murió, él reafirmó el escalafón promoviendo, como estaba acordado en el corazón de la familia Saud, a Salman como nuevo heredero y creando para Muqrim, ahora de 69 años, el título, sin precedentes, de príncipe-viceheredero. Pero hizo algo más: instituyó (eruditos solventes creen que más bien restauró) una vieja costumbre: la ceremonia de la baya.

A estos efectos es un acto de expresión de acatamiento y disponibilidad derivada de la fidelidad familiar o clánica. Derivado de la palabra turco-árabe bey (el que rige, o manda, o gobierna, pero no el rey, salvo en la efímera monarquía tunecina) el sustantivo se utiliza sobre todo como una distinción personal, no muy alejado en lo que sería el don en el siglo XVIII español Salvo gran sorpresa, todo funcionará como queda previsto cuando Salmán sea desde esta noche el rey cooptado según un mecanismo que el difunto monarca institucionalizó del todo. Esto evita los comentarios, por lo demás jugosos y coloristas, que hace muchos años rodeaban la muerte y sucesión de un rey en la misteriosa y hermética corte saudí

Un rey útil, práctico y frustrado

El balance del largo reinado de Abdalah es, bajo la óptica saudí, muy defendible, pero está sin duda sujeto al cuestionamiento de la juventud, con dos tercios de la población por debajo de los 40 años y pidiendo discretamente ciertos cambios. El reino como tal, es decir, el orden institucional derivado de la legitimidad dinástica y el notable sistema sumariamente descrito, está a salvo y los mecanismos de sucesión y equilibrio interno, funcionando bien y con menos tensiones que nunca.

Hay que añadir en seguida que ha pesado mucho en el balance la personalidad del difundo y su conducta privada, moral, discreta y muy alejada de otras, frívolas e inconvenientes, empezando por la de su hermano mayor y primer soberano tras el fundador, el rey Saud (1953-1964) hombre sin cualidades, derrochador, que tuvo más de cien hijos y fu obligado a abdicar por la propia familia antes de que acabara con el reino entero.

Abdalah pasará a la historia del reino, pues, como un hombre decente, muy atento a la educación, liberalizador modesto y con planes de ampliar los espacios del debate. Su programa llegó a la creación de una asamblea consultiva parcialmente elegida y sembró así la semilla de un parlamentarismo prometedor, pero la aparición de al-Qaeda y el yihadismo terrorista, a los que costó derrotar en el reino, aplazaron estos planes. Se da por hecho que Salmán, dejará la cartera pero no tocará el escalafón: Muqrim, salvo contratiempos, será el nuevo rey y el último hijo de la lista que el gran Saud dejó establecida a su muerte.

Herederá, pues, la legitimidad que el fundador recibió a finales del siglo XIX en condiciones precarias pero en cuyo nombre supo crear con éxito el reino de Arabia en 1932, una colosal aventura que empezó con tres docenas de fusiles, sin un céntimo y con un puñado de jinetes. Todo en nombre de la gran legitimidad recibida desde que en el siglo XVIII una remota ascendiente de su familia se casó con un eminente reformador religioso, Abdul al-Wahabb quien dio al islam su intocable condición wahhabí Todo esto late todavía, aunque el público no lo advierta, tras lo sucedió ayer y hoy en Arabia. Es pura historia.