Maduro y su ominosa reelección

Una abstención sin precedentes del 54% confirma la desafección popular en una jornada calificada de «farsa»

Manifestantes participan en una protesta con el resultado de las elecciones presidenciales de Venezuela. /Efe
Manifestantes participan en una protesta con el resultado de las elecciones presidenciales de Venezuela. / Efe
El Norte
EL NORTEValladolid

Ni Hugo Chávez, si viviera, reconocería de inmediato la tétrica evolución del escenario social que él dejó en Venezuela a su muerte, en marzo de 2013. Tal es el estado de caos jurídico-político que su sucesor designado, Nicolás Maduro, se ha encargado de instalar a cualquier precio y en beneficio propio en el atormentado país. La última prueba ha sido su esperada reelección, del todo asegurada antes de que se abriera oficialmente la competición del domingo, en la que lo más reseñable fue una abstención sin precedentes del 54%. Una prueba manifiesta de la desafección popular, no ya solo hacia una convocatoria sin garantías, sino hacia un sistema formalmente democrático, pero de hecho arbitrario, además de ineficaz y autoritario. Hacia un régimen desacreditado que ha desencadenado una pavorosa crisis económica y financiera, que ha convertido la penuria y el hambre en moneda de curso común entre millones de ciudadanos. En situaciones de anomalía social y política, toda elección se convierte en un referéndum de hecho, en una oportunidad para desautorizar al poder. Así sucedió en las presidenciales de Venezuela no solo por la mayoritaria abstención, sino por el fracaso del montaje oficial basado en un relato para ingenuos sobre el pretendido pluralismo del proceso. El boicot de las principales fuerzas opositoras al simulacro o «farsa» de Maduro solo fue roto por Henri Falcón, un sinuoso gobernador exchavista que denunció irregularidades tras el cierre de las urnas y no dio por bueno un escrutinio que atribuía, como era de esperar, una holgada victoria al candidato bolivariano. Maduro tiene que recurrir cada vez a más trampas, más represión y más miedo entre los venezolanos para mantener un régimen que se viene abajo y que carece de cualquier credibilidad. Un régimen crecientemente autoritario, que no ha dudado en sustituir un Parlamento de mayoría opositora por una Asamblea Nacional Constituyente repleta de adictos, y en el que no hay el menor esbozo de una Justicia independiente. Maduro ha optado por el mal camino, por la división social y el enfrentamiento, cuando la situación exige moderación y unidad nacional, aparte del respeto a los más elementales principios democráticos, que ya fueron fulminados en tiempos de Chávez. De todo ello ha tomado nota Latinoamérica, cuyos gobiernos, casi sin excepción, han mostrado su disgusto por el rumbo que ha tomado Venezuela y están reduciendo a casi nada su relación con Caracas o cortándola.

 

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