Porras

Lo más llamativo para servidor es la desaparición de Podemos y la irrupción de Vox

Francisco Cantalapiedra
FRANCISCO CANTALAPIEDRAValladolid

El sábado, después de apostar con mis amigos dos porras con cena sobre los resultados electorales de Valladolid, anoté en mi agenda este recordatorio: «¡Ojo, id a votar!». Lo que podía haber sido un síntoma incipiente de Alzheimer no era otra cosa que el desinterés y el hastío que me han provocado las tres últimas elecciones, incluyendo la de ayer, y que jamás hubiera imaginado al comienzo de la década de los ochenta. Reconozco que me fui entristecido a la cama pensando que, en menos de cuatro décadas, las marrullerías, falsas promesas e incumplimientos de los políticos que han gobernado este país habían conseguido lo que parecía imposible: que llegara a olvidar mi cita con las urnas.

Así que ayer, acicalado y endomingado, me acerqué al colegio electoral donde la primera sorpresa fueron las largas colas de ciudadanos dispuestos a ejercer su derecho al voto. Tan nutridas eran las filas que al menos tres o cuatro vecinos de mi bloque se dieron la vuelta para no esperar media hora larga, aunque me consta que regresaron por la tarde. Ni a ellos ni a mí nos venció el desánimo.

La segunda sorpresa, aunque menor, llegó con los resultados definitivos que a la vista están, y que eran previsibles porque para repartir cinco escaños bastan los dedos de una mano. No me sorprende que el PSOE gane un diputado, ni que lo pierda el PP o que Ciudadanos siga como estaba. Si acaso, lo más llamativo para servidor ha sido la desaparición de Podemos y la irrupción de Vox.

No sé cómo nos irá a nosotros, la fiel infantería de votantes, tras los resultados generales y si alguien podrá gobernar España o nos llamarán en breve para que volvamos de nuevo a las urnas, como sucedió en 2015 con aquel Parlamento que duró menos de seis meses. Pero si tenemos que repetir la tirada, anotaré con tiempo en la agenda la próxima cita electoral porque me niego a olvidar que puedo elegir, aunque vuelva a equivocarme.

La única certeza es que he perdido una cena y he ganado otra: las que se van por las que se vienen.