La España de contrastes: Los nacionalismos

Gerard Castaño Oliveros (i) y Matilde Valverde Alarcón. /Vicens Gimenez y Pakopi
Gerard Castaño Oliveros (i) y Matilde Valverde Alarcón. / Vicens Gimenez y Pakopi
JUAN LÓPEZ-LAGO

Gerard Castaño Oliveros, militante de la Juventud Nacionalista de Cataluña

«Con la derecha no se puede hablar, echan gasolina al fuego»

Tiene 24 años y, aunque es de un pueblo de Gerona (Vilobí d'Onyar), vive en Barcelona, donde comparte piso y cierta precariedad con otros cuatro compañeros, todos catalanes. De su balcón cuelga una bandera estelada y pancartas con la frase 'libertad presos políticos' en español e inglés. Habla pausado y sereno, pero por si acaso no conversa de política fuera de Cataluña para evitar tensiones.

Sus abuelos son de Cachorrilla y Ceclavín (Cáceres) y emigraron a Cataluña con unos veinte años. Gerard Castaño estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Girona, y en 2017 hizo en Barcelona un máster y postgrado en liderazgo político. Su trabajo ahora son unas prácticas en la Generalitat.

Es proindependentista, el 1 de octubre de 2017 lo pasó primero en Barcelona y luego en su pueblo. «Por la tarde me fui a votar y a defender el colegio. Tuvimos suerte de que no vino ningún pelotón de la Guardia Civil asaltando pueblos porque en el de al lado les echaron gas lacrimógeno a cuatro abuelos. Se ensañaron», dice recordar este joven militante de Juventud Nacionalista de Cataluña, perteneciente a Junts per Cat, el partido de Carles Puigdemont.

«En el seno familiar no tenemos tensiones cuando surge la política en la conversación porque con mi padre tengo más o menos las mismas ideas. A mí me gusta debatir con mi abuelo materno, que toda la vida ha votado al PSOE y se siente orgulloso. Son debates interesantes y es que yo no me considero radical y por eso estoy en una organización más moderada», dice este joven que en general habla en catalán pero con muchos de sus amigos emplea el castellano, sobre todo en la capital.

Según cuenta, el PP de Rajoy hizo que brotara en él el sentimiento independentista. «Yo hasta 2011 me consideraba federalista y en el seno de una España plurilingüística, pero luego me fui dando cuenta del engaño del PP y que esto no era cierto porque en las instituciones estatales no se hacía lo que ponía sobre el papel». Para concluir el razonamiento añade que cuando Rajoy llegó al Gobierno partidos como ERC tenían once diputados y cuando se fue ya tenían más de 70.

Preguntado sobre si las elecciones del 28 de abril contribuirán a rebajar el tono del conflicto catalán, opina que esto dependerá de si gobierna la izquierda o la derecha. «Está claro que siempre es más beneficioso para el debate rebajar la tensión y para eso es mejor un gobierno del PSOE porque con la derecha española no se puede hablar, en vez de agua al fuego echan gasolina. Hace tiempo que ha abandonado el debate. Además, a la derecha le da rédito mantener la confrontación entre territorios. Por eso las fuerzas políticas a nivel estatal que veo con interés para dialogar son Podemos y PSOE. Porque el problema no va a desaparecer hasta que no se le dé una salida política y un encauzamiento democrático. En cambio, con un tripartito de la derecha española lo veo más difícil porque quieren aplicar un 155, esta vez indefinido, y eso son palabras muy gruesas», comenta Gerard Castaño, que reconoce que en los últimos meses se mezclan en su cabeza la pasión del militante nacionalista con la necesidad de análisis sosegado que requiere como politólogo.

Matilde Valverde Alarcón, extremeña votante de Vox

«En el PP son unos blandengues, aplicaron un 155 light»

Matilde escucha los apellidos Otegi, Colau o Carmena y le sube la fiebre. Es su manera de hablar y muestra a las claras en qué posición -a la derecha de la derecha- afronta las próximas elecciones generales. Conservadora, católica defensora de la vida, partidaria de un mayor control sobre la inmigración, contraria a que a la unión de dos homosexuales le llamen matrimonio, piensa que las autonomías deberían ser más débiles y el estado central más fuerte. Por descontado, esta viuda que ha sido enfermera y hoy es madre de siete hijos y abuela de trece nietos, se ha vuelto partidaria del único partido que dice defender la unidad de España sin ambigüedad. Por todo lo anterior, Matilde Valverde, que se ha criado en Mérida y vive en Badajoz, es una incondicional de Vox. Y aunque le falta la foto con Santiago Abascal, sí la tiene con el secretario general del partido, Ortega Smith. Hace unos días participó en un acto 'de cañas por España' con el candidato pacense y está convencida, y lo dice con una chispa de ilusión y alivio en su rostro, de que Vox sacará muchos más votos de los que la gente piensa. Por ponerle una pega a esta formación, Matilde cita la idea de ampliar el permiso de uso de las armas. «Sé que la propuesta está razonada, pero me da miedo que cualquier loco pueda tener un arma a mano», confiesa.

Hija de un ginecólogo y esposa de un abogado que falleció hace once años, Matilde es lo que se dice una mujer de derechas. «Soy patriótica, españolista, me gustan nuestras tradiciones y con Vox he encontrado al fin el partido que yo esperaba porque defiende todas las ideas con las que estoy de acuerdo», dice esta extremeña que no ahorra descalificaciones para el resto de partidos, incluido el PP -«aplicó un 155 light, son unos blandengues», dice-, un partido que ya no sirve a sus intereses, excepto cuando fue a la manifestación de la Plaza de Colón en Madrid el pasado 10 de febrero montada en uno de sus autobuses.

«A Albert Rivera y a Pablo Casado les veo algunas cosas buenas, pero es que Abascal lo tiene todo y sé que en la vida pactará con los independentistas». Para ella, la deriva secesionista de Cataluña ha activado su pasión por la política, cuya actualidad sigue de cerca. «Todo empezó cuando Aznar le dio carta blanca a Pujol. Después llegó Artur Mas con sus ideas de independencia y le han seguido dos más radicales en esto como Puigdemont y Torra. Me da lástima porque allí adoctrinan a la gente desde que van al colegio», lamenta esta extremeña nacida en 1946 que vivió la posguerra y recuerda nítidas varias historias de la Guerra Civil. «Me las contaban en mi familia, pero como cuentos, sin odio y dejando claro que la barbarie se dio en ambos bandos. A mi tía la mató una bomba en la Puerta de la Villa en Mérida, pero yo no soy partidaria de cambios en el callejero, aunque sí tengo claro que se vive mejor en una democracia que en una dictadura».

Según cuenta, no tiene problema en viajar a Cataluña y en mayo regresa a Lloret del Mar. «Hace dos años estuve en Barcelona con un viaje organizado y todo muy bien, pero fuimos a Montserrat y el cura nos dio la misa en catalán sabiendo que la mayoría de los que estábamos allí no lo hablamos. Y oye, pues eso no me gustó».