Velocidad e intuición

Lo que descrubrí sobre el rugby en la final de Zorrilla

Varios jugadores pelean durante una acción. /A. Mingueza
Varios jugadores pelean durante una acción. / A. Mingueza
J. A. Pardal
J. A. PARDALValladolid

Mi primer contacto con el rugby no fue hace mucho tiempo (hablo de observarlo por el televisor, no de jugarlo porque ese hecho aún no se ha dado en mi vida y tengo serias dudas de que llegue a producirse). Presencié una final del Seis Naciones hará unos seis o siete años en una cervecería de Zamora, probablemente el único bar de toda la ciudad que proyectaba el encuentro.Juraría que los únicos aficionados que mirábamos con cierto interés hacia el televisor éramos los cuatro o cinco amigos que habíamos quedado para ver el partido.

A mi derecha un exrugbier me explicaba algunos detalles del juego y yo peleaba con mi mente y las sucesivas jarras de cerveza por enterarme de todo. Él se apasionaba mientras yo me limitaba a mirar perplejo intentado desentrañar ese deporte tan rudo a primera vista, tan caballeroso en una segunda lectura (teniendo en cuenta los golpazos que se pegan en algunos lances) y especialmente alejado de otros que había seguido con más asiduidad.

Treinta tipos, unos más talludos y otros más potentes, peleaban por llevar el balón tras las líneas enemigas. Había algunas normas que me costó entender y un espíritu ideal alineado con lo que deberían de ser los valores del deporte, aunque parecía no casar con una disciplina de alto contacto que se basa en jugadores preparados específicamente para hacer uso de su prevalencia física.

Al acudir a un partido en vivo por primera vez (la final de Zorrilla supuso mi debut en la grada de un choque de estas características) y al analizarlo con ojos de periodista he podido observar que, como ocurre en la Fórmula 1, la velocidad de lo que está ocurriendo no parece la misma a través de las ondas hertzianas que observada de primera mano, cuando la acción se está sucediendo a pocos metros.

Soy de tradición futbolera y una de las cosas que más me ha alucinado siempre es jugar junto a alguien que ha llegado a ser profesional: el primer pase que te da te deja el pie dormido. Va perfectamente dirigido pero no sacrifica la velocidad ni la potencia en favor de la colocación; te la pone donde quiere y viene fuerte. Eso debe de ocurrir en el rugby porque ayer, desde el calentamiento, me di cuenta de que la potencia y la velocidad son dos aspectos fundamentales del juego del oval. Me quedé fascinado, por ejemplo, cuando vi calentar a El Salvador, con una rueda de pases veloces, teledirigidos, sin un solo fallo. Luego les vi correr y entendí que un partido en la tele no tiene nada que ver con uno en directo.

Además de constatar este aspecto, me he dado cuenta de otra cosa. No solo se trata de un juego basado en la visión, sino que la intuición es fundamental en su desarrollo. Cuando una veintena de piernas rodean el balón posado en el suelo, el árbitro no solo tiene que ver lo que ocurre, también ha de intuirlo. No es el oval, es todo lo que le rodea, la de gente que se agarra, se pelea y empuja por hacerse con la mejor posición posible, los que intenta hacer alguna trampa para sacar ventaja y los tropezones que pueden confundir. Hay muchas variables.

Cuando un jugador corre abrazado al cuero, no solo tiene que constatar dónde están sus rivales para intentar evitar su placaje, sino que ha de prever hacia dónde van a moverse. No digamos del defensa que se enfrenta a él, que está expuesto a sus amagos.

El deporte es belleza, es contundencia y es precisión cuando los nervios aprietan, pero el rugby incluye otra variable: el contacto. Para evitarlo, o sacar partido de él, hay que tener velocidad e intuición. Eso aprendí ayer.

 

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