Valladolid, capital del universo (del rugby)

El escritor, ferviente seguidor del rugby y con el corazón chamizo, analiza la final y lo que supone para Valladolid

Zorrilla en 2016, durante la anterior final entre queseros y chamizos. /
Zorrilla en 2016, durante la anterior final entre queseros y chamizos.
CÉSAR PÉREZ GELLIDA

Hoy tenemos nueva final vallisoletana para dirimir cuál de los dos equipos de nuestra ciudad sumará un nuevo entorchado liguero. Se jugará en Zorrilla, y, como en las ocasiones precedentes, la ciudad se movilizará para arropar a sus jugadores. Así, con aparente asepsia, podría seguir relatando el acontecimiento como si de una efeméride se tratara, porque, en las últimas temporadas, el dominio de queseros y colegiales ha sido tan contundente que corremos el riesgo de no justipreciar estos hitos. Éxitos mayúsculos del deporte de vallisoletano.

Eso de no valorarlo como merece lo digo con conocimiento de causa, ya que este pasado fin de semana he podido vivir en directo las dos semifinales que se han disputado en Pepe Rojo, y hablando con aficionados del VRAC y del CR El Salvador, daba la impresión de que eso de jugar contra santanderinos y madrileños era un mero trámite, un capítulo menor de una trama que siempre termina con el mismo final: los dos equipos de Valladolid frente a frente. Y, en cierta medida, así fue. Porque el sábado, en el turno de los de azul, la superioridad fue tal que durante la segunda parte los bostezos sustituyeron los gritos en la animosa grada quesera. Los de Merino son un rodillo. Insuperables en las fases de conquista —principalmente en la melé—, disciplinados y contundentes. Rozando la perfección táctica han logrado mecanizar sus posesiones para sumar puntos en casi todos sus ataques. Y cuando les toca defender hacen del placaje un arte, su cualidad más destacada. El domingo, muy en cambio, nos tocó sufrir. Y mucho. Demasiado. A los que dirige Juan Carlos Pérez les late el corazón con fuerza; tanto que, a veces, la sangre les hierve. Y les pierde. Tienen la mejor línea de tres cuartos de la liga, y me atrevería a decir que no ha habido tanto talento junto en la historia del club, pero no logran dar con la fórmula para sacarle todo el jugo que corresponde. Se ganó porque había que ganar, y no sé si los aficionados blanquinegros valoramos la gesta como amerita. Otra final.

¿Un derby más? No. En absoluto.

Es la gran fiesta del deporte vallisoletano, y ningún vecino de la capital del universo debería perdérsela. Es un hecho probado: estos dos clubes son la envidia de España en un deporte que está creciendo por encima de sus posibilidades a lo largo y ancho de la geografía española. Si la FER nos lo permite, en unos años vamos a asistir a la eclosión del rugby como práctica deportiva preferente, y eso, en un futuro no muy lejano, conllevará que nuestras selecciones ocuparán el protagonismo que merecen para atraer la atención de los medios de comunicación, ergo patrocinios, ergo profesionalización. Hemos estado muy cerca de acudir al Mundial de Japón, hazaña que sin duda habría acelerado el proceso. Sin embargo, cuestiones que van más allá de lo meramente deportivo nos han dejado fuera y con cara de idiotas, aunque no en este orden.

En Madrid y Barcelona, por ejemplo, los clubes de rugby están saturados y algunos, incluso, ya no admiten nuevas inscripciones porque sus estructuras e instalaciones no están preparadas para dar cobertura a la avalancha de niños y niñas que se sienten atraídos por ese condenado balón ovalado tan difícil de domar.

Los que tenemos la suerte de vivirlo de cerca acompañando a nuestros hijos sabemos lo que aporta este deporte en su proceso formativo. Me refiero a eso que con tanto orgullo llamamos los valores del rugby: la camaradería, el esfuerzo, la constancia, el respeto, el compromiso y la lealtad son virtudes que, más allá de ser inherentes a la propia actividad, van calando en su interior como si de un virus se tratara, «contaminando» su actitud tanto dentro como fuera del terreno de juego.

Esto, precisamente, es lo que explica que las aficiones tengan un comportamiento ejemplar cuando siguen a sus equipos, como recientemente se ha podido vivir en Bilbao, convertida en capital europea del rugby. La Ertzaintza no daba crédito. Más de cien mil irlandeses, franceses, galeses e ingleses invadieron las calles de la capital vizcaína sin que se registrara un solo incidente violento. Y habían bebido, por supuesto. Cerveza con alcohol, quiero aclarar. Porque, —y eso es un mensaje a las autoridades que han tomado la decisión de prohibir en Pepe Rojo la venta de cerveza de verdad durante el transcurso del partido— los aficionados de rugby, cuanto más bebemos más nos abrazamos. A título personal diré que la medida me parece una ofensa; una falta de respeto a una tradición que es consustancial a la cultura del rugby; un insulto a todos los que llevamos años acudiendo a Pepe Rojo compartiendo cachis de cerveza con los nuestros y los de enfrente, sin que ello haya provocado nada que pueda justificar la prohibición.

Chamizos y queseros somos del todo conscientes de que no habríamos llegado a la cima del rugby español si no existiera la rivalidad deportiva entre nuestros equipos. Es por ello que admiramos y respetamos al contrario, con o sin alcohol. Ahora, lo que ocurre es que hacemos acopio de cerveza antes de que empiece la prohibición, y como me dijo alguien el domingo: «Vamos a beber lo mismo pero más rápido para que no se caliente, y saldremos igual pero más cabreados». Y volveremos a hacer alarde de ello hoy en Zorrilla, antes, durante y después del partido, porque los que estamos orgullosos de ser habitantes de la capital del universo somos todos camaradas, nos esforzamos en evidenciarlo, somos constantes en el empeño, nos respetamos por encima de todo, estamos comprometidos con nuestros colores y somos leales a nuestros valores.

Demostrémoslo.

¡A Zorrilla!

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