Rugby

Manu Serrano, el último de una estirpe

Manu Serrano. /R. Jiménez
Manu Serrano. / R. Jiménez

Después de más tres décadas en las filas de El Salvador, el pilier cuelga las botas, aunque seguirá ligado al primer equipo

Víctor Borda
VÍCTOR BORDAValladolid

Todo lo bueno se acaba. Sucede sin remisión en la carrera de todo deportista. Esta vez le ha tocado a Manuel Serrano Fernández-París (Valladolid, 1975), el último de una estirpe, que ya estuvo en la plantilla con la que consiguió El Salvador su segundo título liguero allá por la temporada 1997-98. Conoció la edad dorada del club en la primera década de este siglo, lo vio casi desaparecer por la deuda contraída y lo ha visto renacer para luchar por los títulos frente a un eterno rival que ha dominado de largo esta segunda década del siglo XXI. Manu Serrano es pura historia albinegra. Pero a sus 44 años, ha decidido que es hora de dar un paso a un lado y abandonar la competición. La competición sí, pero el rugby no. Este primera línea, con 36 internacionalidades a sus espaldas, seguirá ligado al club de sus amores. Le echará una mano a Juan Carlos Pérez, uno de sus mejores amigos, para entrenar la delantera del primer equipo y será el enlace de la plantilla, en la que tiene mucho peso y predicamento, con la entidad chamiza.

¿Cómo empezó Manu Serrano en el rugby? Por casualidad, de la forma en que se comienzan muchas cosas en la vida. Fue en 1988. Entonces le daba al balonmano y al judo en su colegio, La Enseñanza. Uno de sus primos, que jugaba al rugby, le dijo que probase este deporte. Conoció a Asís García Mazariegos, otro histórico del Chami, y otras gentes de El Salvador. El rugby se le metió bajo la piel y hasta ahora. «Recuerdo que llegué al club por entonces con Alfonso Mata y Diego Zarzosa. Nos hicimos grandes amigos desde entonces. Al año siguiente, entró Juan Carlos Pérez, otro de mis mejores amigos», comenta.

Debutó con el primer equipo «en un partido de Copa del Rey frente al Getafe. El entrenador era Fernando Lavín». Su polivalencia era su mejor virtud. Podía actuar en cualquiera de la tres posiciones de la primera línea. «Empecé de pilier, pero cuando había lesiones me solían colocar también de talonador. En algún partido llegué a jugar tanto de '1' como de '2' y de '3'. Mi polivalencia me ha venido bien, pero también he chupado mucho banquillo por ello, ya que me quedaba en la banda y si se lesionaba algún jugador de la primera línea –entonces solo era obligatorio tener dos recambios para esas posiciones, mientras que ahora son tres– entraba yo en la posición que fuese. También es verdad que la posibilidad de actuar en los tres puestos me dio la posibilidad de ser internacional. Precisamente en un partido con la selección ante Georgia, en el Central, actué en el mismo partido en las dos posiciones de pilier y también como talonador», rememora.

Y es que su presencia en el XV de León es una de las cosas que le llena de orgullo. «Debuté en Krasnodar en 2004 en un encuentro frente a Rusia. Caímos por 36-6 en un campo que estaba helado. Las líneas estaban pintadas de negro y la temperatura registraba catorce grados negativos», señala.

Lesión

Como mejor recuerdo en su larga carrera, Serrano echa la vista atrás y considera que «es mi debut con España. Escuchar el himno de tu país lejos de casa te hace pensar en tu familia y en lo que te ha costado llegar hasta allí. De los títulos, la primera Copa del Rey que logramos con Juan Carlos Pérez como entrenador. Resultó especial porque tu participas en un logro que consigue tu amigo».

En el otro lado de la balanza, el de esas cosas que prefiere dejar en el cajón del olvido, se encuentra la lesión que sufrió en el bíceps. «Estuve fuera del equipo durante tres meses y 19 días. También el último partido que vio mi padre antes de enfermar. Fue un sábado, día que históricamente siempre se nos ha dado mal, y perdimos contra Getxo. Tengo la espinita clavada de que él viera esa derrota».

Tampoco tiene el mejor de los recuerdos de la Copa del Rey que en 2016 ganó su equipo al eterno rival, el VRAC. El motivo, un problema muscular que le impidió jugar en Zorrilla. «Sufrí una rotura en el gemelo en un partido frente a Cisneros. Hice una buena rehabilitación y, justo la semana antes de la final de Copa, recaí. Estuve tres meses en el dique seco. Es verdad que se ganó, pero me hubiera gustado hacerlo desde el campo y vivir un partido en el que la ciudad se volcó con el rugby», reconoce.

Hace hincapié en que «nada se aprende de las derrotas. Duelen, es verdad, pero cuando han finalizado los ochenta minutos de juego se acabó y vas a felicitar al contrario con la cabeza alta».

Mira atrás y comprueba los cambios que ha sufrido el rugby en estas tres décadas: «Ahora, el ritmo es muy alto y los contactos son más fuertes, pues todo el mundo trabaja en el gimnasio. El juego es mucho más duro, pero también más limpio desde que los linieres son árbitros».

No esconde que colgar las botas y la casqueta es duro. «Dije que se acababa. En el club me han dicho qué deseaba hacer, si quería estar en la directiva, entrenar a chavales o incluso con las chicas. Santi Toca me lo ofreció, pero yo quería seguir ligado al primer equipo. Juan Carlos Pérez me dijo si le quería echar una mano en el trabajo con la delantera. Es algo que me motiva. Tengo el respaldo del vestuario, pues ven que puedo ser el nexo entre ellos y el cuerpo técnico. Voy a sacarme el título de entrenador. En julio, el club me facilita acudir a un congreso en Madrid para entrenadores de delanteros», explica.

También le tocó vivir los momentos en los que el Chami estuvo en cuerda floja, cerca de la desaparición. «Bajó el número de fichajes y también el dinero disponible para ello. Pero seguimos compitiendo por los títulos. La gente dio un paso adelante y salieron chavales de la casa y jugadores naciones que están ahí. Fue duro, pero se tiró del carro».

En la longevidad de su carrera, mucho tiene que ver la preparadora física Mar Álvarez. Manu Serrano destaca que el Chami «siempre» ha contado con personas de mucho nivel en ese puesto. «Primero con Israel Gorostiza y luego con Mar Álvarez. Ganábamos muchos partidos en la segunda mitad y era gracias a la preparación física».

Lamenta no volver a pisar un campo de juego con el primer equipo. «Será duro no poder entrar al césped a aportar tu granito de arena. He sido un afortunado por estar ahí y ahora, de una manera más indirecta, voy a echar una mano».

«Puedo presumir que mis mejores amigos son gente del rugby», concluye el último de una estirpe.