Rafael Lozano, el alma de la selección española de boxeo

Doble medallista olímpico en Atlanta y Sidney en la categoría de menos de 48 kilos

Rafael Lozano durante uno de los combates/Rodrigo Jiménez
Rafael Lozano durante uno de los combates / Rodrigo Jiménez
SERGIO VADILLOValladolid

La primera recomendación útil que suelen dar los entrenadores a sus boxeadores es la misma que debiera recibir cualquiera que se disponga a leer: concentración plena. Al igual que sucede en el pugilismo, también el acto de lectura supone unas reglas que no difieren mucho de la normativa boxística: no bajar la guardia, guardar la distancia y esquivar los golpes duros. Por eso, es esencial mantener la plenitud mental sobre el cuadrilátero o en las páginas de un libro, manteniendo los ojos bien abiertos en ambas contiendas.

De esto se encarga el desde hace seis años el seleccionador nacional Rafael Lozano, cordobés descendiente de una importante saga de boxeadores. A sus espaldas carga con una dilatada carrera como púgil en el peso mínimo, -48 kg. Medallista olímpico en Atlanta, Sidney y diploma en Barcelona 92, ha desarrollado toda su vida ligada al deporte de las 16 cuerdas. En la actualidad tiene como objetivo posicionar a la selección en el Top 10 internacional y conseguir un puñado de medallas en las próximas competiciones, Mundial y Juegos Olímpicos.

Reconocer a 'Balita' Lozano es muy fácil, debido a su peculiar estatura y el aura de boxeador que desprende, ganada a pulso sobre el cuadrilátero. Estos días lo podemos ver entrenar a sus pupilos con el mismo entusiasmo que cuando boxeaba, desprendiendo pura pasión y entusiasmo. Sobre la cita europea que estos días se celebra en Valladolid resalta que «es un punto de partida que nos ayuda a sacar conclusiones en todos los sentidos, desde lo táctico a lo psicológico, o cómo afrontar un boxeador determinadas situaciones de combate».

El boxeo fue introducido en los Juegos Olímpicos de la Antigüedad el año 668 A.C. Se designaban al azar dos rivales, sin límite de peso, quienes competían en un terreno hecho de skamma, similar a la arcilla, y delimitado por los jueces del combate. Pero el deporte de las 16 cuerdas, que antes eran 12, como la inmensa mayoría de los deportes, ha evolucionado y transformado su normativa vigente hasta profesionalizarse en algunos casos, o, en otros, convertirse en un estilo de vida para muchos deportistas que, como el torneo que disfrutamos estos días en Valladolid, sueñan con estar presentes en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.

Rodrigo Jiménez

El boxeo posee un halo de heroísmo sentimental mitológico proveniente y heredado de la tradición greco-romana. Está impregnado de un temblor poético en la reseña de todos sus combates. Además de la presencia del tiempo, diez segundos para que te levantes, si te tiran; tres minutos para los asaltos, en este caso tres; sesenta segundos para descansar entre rounds hasta que suena la campana... Todo muy litúrgico.

Sobre el cuadrilátero no hay compañeros. Nada. Tú solo. Hay riesgo de lesiones y de golpes graves, es algo más que un simple deporte, a pesar de su estricta reglamentación. Atacar y defender, defender y atacar en un ring de 6 por 6 rodeado por 16 cuerdas. Fuerza, velocidad, coraje, valor, inteligencia y entrenamientos muy exigentes que precisan un sacrificio atroz. Estas son las principales herramientas de un púgil, aparte de sus puños. Hay veces en que sin lanzar un solo golpe también puedes ganar la pelea, como le ocurrió al gran Willie Pep, que venció a Graves a los puntos fintando.

Se pelea en el gimnasio contra el saco, en el pesaje contra la báscula y sobre el ring contra el rival, pero siempre hay un denominador común: la soledad. Ringo Bonavena decía que cuando suena el gong, «te quitan hasta el banquito». Ahí es cuando el púgil se queda solo, pero no lo estuvo antes.

En la esquina de los boxeadores españoles hay un entrenador, Rafael Lozano, que entre asalto y asalto, abanica con la toalla a su púgil mientras le indica de manera frenética qué acciones debe llevar a cabo. Su ayudante Carlos Penate se ocupa de la botella del agua, del protector bucal y los cortes -cutman-. Luego se oye el mítico ¡segundos fuera! previo al sonido inconfundible del gong, que es la señal para abandonar la esquina.

Pero el ritual empieza mucho antes cuando comienzan a vendarle las manos. Después, una sesión de manoplas servirá para calentar al púgil. Y antes de empezar el combate el juez de la Federación Internacional y el árbitro visitan a ambos púgiles para verificar el vendaje y recordarles la normativa. Seguidamente, los tres hombres se conducirán lentamente hasta las postrimerías de la tarima brava, en donde al subirse el entrenador encoge las cuerdas para que su púgil acceda al cuadrilátero. Una vez dentro, el boxeador se queda solo con sus miedos y el oponente.

Nada que ver estos combates amateurs entre púgiles en busca de un sueño que los auténticos combates del siglo certificados por la tradición, esas peleas memorables y titánicas impregnadas de dureza, estoicismo, cuya esencia es genuina. Los que enfrentaron a Rocky Marciano y Jersey Joe Walcott, Sugar Ray Leonard y Roberto Durán, Muhammad Alí y Joe Frazier, Julio César Chávez y Meldrick Taylor, Micky Ward y Arturo Gatti, Tommy Hearns y Marvin Hagler o la pelea que paralizó medio planeta por sus estratosféricas cifras publicitarias entre Mayweather y Pacquiao en 2016.

En Valladolid no hay estrellas ni galácticos, todos son iguales, el glamour brilla por su ausencia, pero si algo tienen en común, es que el camino para llegar a ser campeones no es nada fácil.

Cabe resaltar que muchos de los protagonistas de aquellos combates legendarios se iniciaron en el boxeo olímpico para posteriormente alcanzar el profesionalismo, otros que se quedaron en el camino, ya que el boxeo es un deporte de fondo donde la constancia y la tenacidad deben ser un gen propio del ADN del boxeador.

Rafa Lozano intenta trasmitir a los componentes de la selección los valores que le llevaron a él a lo más alto: confianza, respeto, motivación, seguridad, fe y unión. De esta manera y comportándose como una familia, considera que se puede alcanzar metas muy notables. «Nunca mentimos sobre los golpes duros encajados sobre el ring, necesitamos compartirlos fuera del ensogado» afirman varios integrantes de la selección española. Si algo les caracteriza e iguala con sus ídolos, son los valores que comparten: superación, constancia, humildad, compañerismo, coraje... e intentan prolongar en la vida diaria, <<porque hay veces que los golpes de la vida son más duros que los del ring, en boxeo por lo menos están prohibidos los golpes bajos, pero en la calle vale todo>> sentencian todos al unísono.

El drama sobre el cuadrilátero es a veces innegable cuando dos contrincantes se enfrentan golpe a golpe bajo la banda sonora del silencio, y como testigos de excepción acólitos seguidores que; como si estuvieran en una sala de cine, se mantienen perplejos e incrédulos por el espectáculo tan vivo y a la vez emotivo que están contemplando sobre el escenario. Dos protagonistas y un solo propósito: volar como mariposas para picar como abejas.

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