El Nobel mediofondista

Atletas compiten en una prueba. /
Atletas compiten en una prueba.

El británico Philip Noel-Baker es más conocido por sus labores como pacifista que por su plata olímpica en 1.500 metros

JAVIER BRAGADOMadrid

Habitualmente los logros olímpicos convierten a los deportistas en famosos. Después de una medalla regresan a sus hogares con el reconocimiento de sus vecinos y durante un tiempo (en ocasiones muy breve) son exhibidos por los políticos con recibimientos, condecoraciones y ceremonias festivas para compartir su momento de esplendor.

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Sin embargo, existe un ejemplo de un camino muy diferente, el de un deportista de cierto éxito que destacó internacionalmente más por sus progresos políticos constantes que por la plata que ganó en Amberes 1920. Al fin y al cabo, la vida de Philip Noel-Baker orbitó más en torno a los clubs de debate política que a los clubs de carreras y nunca se sirvió de su gloria deportiva.

El primer intento del británico sobre el tartán ocurrió en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 tanto en los 800 como en los 1.500 metros. Entonces tenía 22 años y no pudo acabar la primera prueba. En la segunda prefirió ayudar a su compatriota Arnold Jackson, quien se colgó el oro mientras que Noel-Baker era sexto.

Después de aquel certamen las competencias deportivas quedaron en un segundo plano por el estallido de la I Guerra Mundial. El londinense, que era un cuáquero que practicaba un activo pacifismo, no permaneció en su casa con sermones en contra de la guerra, sino que se acercó a las trincheras para ayudar desde su perspectiva. Mientras permaneció en Inglaterra abogó por la no intervención británica en la Guerra Civil española y por la retirada de las sanciones a la Italia de Benito Mussollini. Durante el conflicto formó parte de una unidad de ayuda sanitaria en los frentes de Francia e Italia, recibió varias condecoraciones, medió en nombre de los refugiados y fue uno de los delegados en el Tratado de Versalles que selló la paz mundial.

Plata de postguerra

Después de la Gran Guerra mantuvo su actividad política y atlética. En los Juegos Olímpicos de Amberes volvió a intentar alcanzar la gloria de las zapatillas. Se clasificó para las semifinales de 800 metros, aunque prefirió reservarse para los 1.500, que era su mejor prueba, y renunció a la carrera que daba acceso a la final de las dos vueltas al estadio olímpico. La elección resultó exitosa porque fue segundo en la milla, sólo superado por su compatriota Albert Hill.

Noel-Baker tenía 30 años cuando se proclamó subcampeón olímpico y sería padre por primera vez ese mismo año. Sin embargo, sus mayores aportaciones a la humanidad ya eran anteriores a Amberes y se extenderían mucho tiempo después. Contribuyó desde sus puestos en el gobierno británico y en la Liga de Naciones a promover el pacifismo, el control de las armas y la colaboración universal. Sus logros y estímulos le valieron el premio Nobel de la Paz en 1959 por su «ardiente trabajo durante toda una vida por la paz internacional y la cooperación».

El famoso galardón le permitió amplificar su mensaje más que ser el segundo más rápido en una prueba atlética universal. «Nunca ha admitido la derrota, sino que ha mirado incondicionalmente al futuro, hacia un nuevo y mejor mundo», sentenció Gunnar Jahn, presidente del comité que le entregó el premio. Gracias al dedo de la academia sueca se popularizaron varios de sus libros sobre el control de armas.

Retirado de la Cámara de los Comunes británica con 80 años, Noel-Baker nunca nunca abandonó el espíritu que le ayudó a ser un mediofondista de alto nivel y premio Nobel: «Mientras tenga la salud y la fuerza, debería ocupar mi tiempo en trabajar en romper los prejuicios durmientes de aquellos que permiten que continúe la carrera nuclear, química, biológica y de armas convencionales».

Murió con 92 años, con un mensaje como legado pacifista, una medalla de plata 'al Valor Militar' otorgada por Italia y otra olímpica por su capacidad atlética.

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