Suicidio por un oro para Japón

Kokichi Tsuburaya./
Kokichi Tsuburaya.

Presionado por el deber nacionalista, el fondista Kokichi Tsuburaya se cortó las venas cuando una lesión le impidió vengar la medalla de bronce Tokio 1964 a la que murió aferrado

JAVIER BRAGADOMadrid

«En caso de necesidad, ofreced vuestra vida al Estado y preservad así la prosperidad de nuestro trono imperial, tan antiguo como el cielo y la tierra», reza el sermón del Kyoiku chokugo, el Rescripto Imperial de 1891. En apenas 315 caracteres se concentra la educación que permite entender al pueblo japonés del siglo pasado y la salida del suicidio cuando no se cumplía con las tareas patrióticas en Japón. Después de su brusco cambio de su era medieval a la contemporánea la figura del emperador trató de fomentar la fidelidad a su causa unida al fervor nacionalista y desprecio al foráneo. Como en otras ocasiones y lugares los Juegos Olímpicos resultaron una excusa perfecta para impulsar las proclamas y Tokio 1964 se revelaron como la oportunidad perfecta. De hecho, los anfitriones fueron terceros en el medallero y pudieron lucir orgullosos su incorporación a las potencias mundiales gracias a que los deportistas locales cumplieron con su deber.

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Pero de todos los japoneses que participaron de alguna manera en aquellos Juegos Olímpicos hubo uno que sintió lo opuesto al orgullo a pesar de su buen resultado. Tras su sexto puesto en la prueba de 10.000 metros Kokichi Tsuburaya, un joven de 24 años, sufrió su momento de protagonismo en el último día del evento, el día de la magia del maratón. Después de 42 kilómetros de carrera, el muchacho de Fukushima se presentó en segunda posición en el estadio. Apuntaba a subcampeón apoyado por los ánimos de sus compatriotas y sólo precedido por el legendario Abebe Bikila. Pero el estadounidense Basil Heatley rompió la atmósfera al sorprender al atleta local en la última vuelta con una remontada espectacular. «No sabía que estaba compitiendo por la plata, ¡pero le cambié al japonés la medalla de plata por la de bronce delante de su público y del emperador!», reconoció el norteamericano años después.

Aunque Tsuburaya conquistó la primera medalla en el atletismo para Japón en 28 años, la vergüenza y la humillación invadieron su ánimo desde el momento en que cruzó la meta del maratón. «He cometido un error imperdonable delante del pueblo japonés. Tengo que reparar el daño corriendo e izando el Hinomaru (bandera del sol naciente) en los próximos Juegos Olímpicos, en México», confesó a su compañero Kenji Kimihara.

Para subir a lo más alto del podio, el fondista accedió a una disciplina espartana. Le apartaron de su prometida durante la preparación y se empleó a fondo en los entrenamientos. Desgraciadamente para él, aquellos esfuerzos provocaron varios lesiones y finalmente un lumbago agudo que retrasó su preparación. Cuando en enero de 1968 se preparaba para los Juegos Olímpicos que se celebrarían en el país norteamericano con la expedición japonesa se percató de que no podría alcanzar su venganza. No habría «prosperidad» para el Estado y el trono imperial. Como era habitual en la tradición de su país, escribió una carta de despedida para explicar su decisión. Después, se cortó las muñecas y murió desangrado. Sus compañeros cuentan que le encontraron en la habitación del hotel aferrado a la medalla de bronce de Tokio 1964.

El atleta, la nación

El suicidio no se produjo por ambición de gloria o superación de límites personales, sino por las mismas razones que forzaron a sus compatriotas desde que se impuso la filosofía del Rescripto Imperial. «Con la generación de Tsuburaya se demostró claramente la transformación del 'espíritu del deporte'», indica una estudio de la universidad japonesa de Waseda. «A través de Tsuburaya se reconoció que los atletas se comprometen a una expectativa excesiva generada alrededor de ellos y las presiones sociales sobre la victoria y la derrota. Se cree que la muerte de Tsuburaya es un claro problema de la pérdida de identidad para los atletas. Además, se incide en 'el reconocimiento de que los atletas modernos representan la nación', un vínculo definitivo entre el 'espíritu de deporte y la reproducción de un discurso'», concluye el informe académico. «Kokichi está agotado hasta la extenuación. Por favor, perdonadme. Sé que he causado vuestra continua preocupación y dolor. Todo lo que realmente quería era ser capaz de vivir cerca de vosotros», había escrito en la nota de suicidio a sus padres, según la traducción más difundida.

En la despedida epistolar también dedicó unas líneas para sus compañeros y entrenadores: «Perdón porque soy incapaz de mantener mi promesa. Rezo por vuestro éxito en los Juegos Olímpicos de México». Kenji Kimihara, confesor y compañero que vivió de cerca el suicidio de Tsuburaya, consiguió la plata en México 1968 y fue quinto en 1982. La diferencia fue que disfrutó de una gloria olímpica con menor presión después de la muerte de su predecesor.

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