Olímpicas decepciones

Anton Geesink./
Anton Geesink.

@jbeiran33 es jugador del C.B.Canarias.

JAVIER BEIRÁN

Si los Juegos Olímpicos nos dejan momentos de gloria inolvidables, también dan a lugar a sonadas decepciones. Algunas de ellas llegan a calar hondo en el sentimiento nacional. La siguiente guarda la que quizá sea la más dolorosa derrota deportiva para un país.

En los Juegos de Tokio de 1964, el Comité Olímpico incluyó por primera vez el judo como disciplina olímpica. En aquellos años Japón era la dominadora absoluta de este deporte, aunque por primera vez en la historia (en el Mundial de 1961), un holandés, Anton Geesink, apartó del oro a los judocas japoneses. Su supremacía se vio herida y los Juegos Olímpicos se vislumbraban como la oportunidad perfecta para recuperar la hegemonía y alcanzar la redención.

En aquella primera ocasión, únicamente podían participar hombres y en cuatro categorías distintas. La categoría estrella era la abierta, donde luchaban judocas de cualquier peso. Japón ya se había proclamado campeón de las otras tres categorías y faltaba únicamente el combate final entre Akio Kaminaga y, de nuevo, el enorme holandés Geesink. No es que el japonés fuese el claro favorito, Geesink ya le había ganado en el mundial y en la fase de grupos, pero la expectación era máxima. 15.000 personas abarrotaban la grada esperando la ansiada revancha y un país entero confiaba en la victoria.

El combate fue largo y se decidió por una inmovilización que mantuvo la respiración de los espectadores los treinta segundos que duró. Después, silencio. Geesink se proclamaba primer campeón olímpico en categoría abierta, inscribiendo su nombre en la lista de las leyendas olímpicas. Según ganó, se puede ver cómo se levanta inmediatamente y le hace un gesto a su equipo para que no entren a celebrarlo, sabedor de la magnitud de la desolación nipona. El estadio se puso en pie, todavía conmocionado, y rompió el silencio con una respetuosa ovación al holandés.

La evidencia más clara de lo que supuso aquella derrota para el pueblo nipón no está tanto en los pasos posteriores de Kaminaga, quien fuera entrenador olímpico de trayectoria irregular. El protagonista secundario de esta historia es Isao Inokuma. Él fue campeón olímpico en categoría pesada en esa misma edición y se tomó a título personal la necesidad de recuperar el honor nacional. Su sueño era batir a Geesink en el mundial de 1965, a pesar de que éste le sacara más de 30 kilos. Sin embargo, en una inesperada decisión, el holandés no se inscribió en la categoría abierta, allanándole el camino del oro a Inokuma pero evitando el soñado combate.

Inokuma se retiró al año siguiente alegando falta de motivación. Cuenta la leyenda que él, ya retirado, siguió entrenándose durante años con el único objetivo de estar preparado para vencer a Geesink, aunque finalmente este combate nunca se disputaría. Inokuma volvió a los titulares a principios de este siglo, cuando se conoció que murió practicándose el harakiri, un dolorosísimo ritual japonés para suicidarse con honor. Sus más cercanos reconocieron que el combate frustrado contra Geesink fue una carga que arrastró durante toda su vida y que, sin duda, pesó en su fatal decisión.