Las verdades y enseñanzas de Pedro Baticón

El fundador del Club Nacional vallisoletano falleció el pasado domingo

Pedro Baticón en una imagen tomada en 2001. /G. Villamil
Pedro Baticón en una imagen tomada en 2001. / G. Villamil
SANTIAGO HIDALGO

El pasado domingo, día de fútbol, no podía ser otro día, Pedro Baticón se despedía de esta vida quebradiza que en última instancia no le trató muy bien en sus recuerdos y en su memoria. Con él, se va un poco de nuestro balompié. Igual que sucedió con Graña, con Domingo Caballero, con El Peque, con Luquero…

Había nacido el 21 de enero de 1945 en la calle Estación, en el edifico que actualmente se encuentra La Ferroviaria. Frutero, por herencia de su madre que también lo fue, hizo de repartidor de periódicos, transportista y ebanista, aunque su oficio cierto era sabérselas todas. Era un hombre hecho a sí mismo, un superviviente que con 14 años ya trabajaba en la calle con su conocida furgoneta.

Como futbolista se desempeñó en el Girón (1965-1966), San Pedro Reglado (1966-1967 y 1967-1968), y en el CD San Ignacio, antecesor del CD Pajarillos en la temporada 1968-1969. Joven, con 23 años, dejó su puesto de delantero centro y colgó las botas. Lo siguiente fue un enfado con el anterior presidente que le llevó a varios de esos directivos y jugadores a pensar en fundar un club nuevo.

La historia acuña un relato romántico que todos hemos interiorizado y hecho nuestro quizás porque él así lo contaba y porque era bonito. El equipo se iba a llamar Colón y, sin embargo, había un funcionario del Ayuntamiento de Valladolid que era uruguayo y que le comentó, ante las penurias económicas del incipiente club, que quizá el Club Deportivo Nacional de Montevideo, con el que tenía contacto, podría regalarles una equipación para disputar los partidos. Con motivo de la visita del equipo uruguayo al Trofeo Ciudad de Valladolid en 1971, Baticón se presentó en el vestuario y de allí salió con las camisetas que dieron nombre y colores a ese equipo sin raigambre en barrio alguno, con sede en el Bar Madrid y extensión charrúa. Era el 2 de mayo de 1971 y el CD Nacional aparecía en escena para dar historia a Baticón.

Miguel Ángel Olcese, 'Min', fue una de las personas que más tiempo convivió con él en este mundo futbolero. De hecho, fue el que le sustituyó en el Pajarillos en la posición de ariete y uno de los que junto a él puso en marcha el nuevo club en Segunda Regional. Él me contó la verdadera historia. La carestía de ese momento les llevó a pedir una equipación con la que poder jugar los partidos. Allí apareció una tienda situada en la Plaza del Salvador cuyo nombre era Confecciones Nicolás. Su dueño les regaló unas camisetas floreadas estampadas con las siglas 'CN', las iniciales del establecimiento. Cuando iban a jugar por los pueblos, la pregunta era obligada ¿Qué era eso de CN? Baticón, con su don de gentes y su capacidad de salir de todas las situaciones escabrosas, les indicó que era porque se llamaban Club Nacional.

De suerte que ese agosto de ese 1971, vino el CD Nacional de Montevideo a disputar el Trofeo Ciudad de Valladolid (torneo con el que se inauguraba la luz artificial en el Estadio) y, siguiendo esa invención, allí que se presentó Baticón dispuesto a intercambiar sus camisetas con las del equipo uruguayo. Que por algo eran los dos El Nacional. Se hizo con unos saldos del mercadillo y logró a base de labia acceder a la hierba y cambiar esos retales por las camisetas de los uruguayos que, a partir de ahí, sí que formarían una entente. Cada dos años, el CN de Montevideo le enviaba unas camisetas para prolongar su acuerdo.

A partir de ese año, era recurrente que Baticón se personara en el estadio. Y así fue recopilando más de 20 camisetas de equipos como el Gremio de Porto Alegre, la selección francesa, el Dínamo de Kiev o la selección soviética. De suerte que el Nacional vallisoletano vestía cada año con una elástica de equipos reconocidos internacionalmente.

Cuenta Manuel Heredia que, en 1973, el Dinamo de Kiev volvió a jugar el Trofeo Ciudad de Valladolid, y tras la señalización de un penalti, los ucranianos (en aquel entonces soviéticos) amenazaron con abandonar el encuentro. Así que Pedro Baticón tuvo que intervenir para que la cosa no fuera a mayores. Esa fue la causa de que el que fuera técnico del Dinamo y seleccionador de la URSS, Lobanovsky, y Pedro Baticón mantuvieran una estrecha amistad, hasta el punto de regalarle unas camisetas con las siglas CCCP, que en ocasiones se ponían los chicos del Nacional, sobre todo cuando jugaban con equipos colegiales como el San José. Para que los curas jesuitas comenzaran el partido ya cabreados.

Baticón, de la escuela de Enrique Cantuche, siempre aplicaba al límite el reglamento para salvar situaciones complicadas: retrasar el inicio de partidos, empapar balones, jugar con 12 futbolistas. Sus tretas fueron sufridas por los contrarios y elogiadas por los suyos y le hicieron constituir un personaje crucial, pillo, listo, genial en sus ocurrencias. Admirado y querido, después incluso por sus rivales como lo fuera el Asklepios o el Betis, que un año se ofreció a sufragar una ayuda económica para que a finales de los ochenta el club de Baticón no desapareciera.

Estableció en San Juan de Dios el lugar donde jugaban sus partidos. Allí fue muy apreciado y los internos del centro iban y venían a ver los partidos. En 2011, el Club Nacional dejó de competir, quizás porque el fútbol romántico de Pedro Baticón no se adoptó a los tiempos modernos.

Carmen, su mujer, sus dos hijas Marta y María, sus nietas futboleras y el hijo que nunca tuvo, el CD Nacional, lo echarán de menos. Lo mismo que el fútbol 'de viejo'.

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