Nava recibe con honores a los héroes del ascenso a Asobal

Los jugadores del Balonmano Nava, en la plaza de El Caño. /Antonio de Torre
Los jugadores del Balonmano Nava, en la plaza de El Caño. / Antonio de Torre

Cientos de aficionados de todas las generaciones celebran la gesta con una plantilla exultante y muy agradecida

LUIS JAVIER GONZÁLEZNava de la Asunción

Salta el primer cohete. El segundo. Calienta el trombón mientras decenas de personas empiezan a formar un pasillo en El Caño, la plaza de Nava de la Asunción que preside la estatua de Fray Sebastián, ataviada con la bufanda rojiblanca. La fuente, su promesa en el siglo XVII si lograba ser obispo, se disponía a ser bendecida. Los héroes del ascenso del Viveros Herol Balonmano Nava partían en la mañana de ayer de O Rosal y llegarían a su Meca a las cuatro de la tarde. Cuando Carlos Villagrán encabeza la comitiva que partía por la puerta delantera del autobús, empieza a gritar «Ale la Nava, ale, ale» y a estrujar vecinos con sus abrazos, ya se representaba un museo viviente de felicidad.

Alicia Encinas pasea a Martín, de siete meses, que ya lleva bufanda. «Perdimos el año pasado la fase de ascenso en Segovia para que él pudiera verlo». Vio el partido en Madrid y se lanzó a la carretera. Raquel Romo lo vio en un bar de Nava; cuando el choque se les escapaba a los segovianos, empezaron a mandar los móviles, a la espera de que la derrota de Ciudad Real se hiciera realidad. Cuando repasa todo el camino, desde que iba a ver a amigos como Carlos Villagrán o Bruno Vírseda en Segunda Nacional y se congelaba en las tardes de invierno del viejo pabellón, resalta el esfuerzo personal de tanto jugador generoso que siempre sacaba tiempo después de trabajar. El pueblo lo entendió. «Aquí todo el mundo aporta, desde los negocios más pequeños». Su sobrino Javi, de tres años, ya canta el himno. Relevo asegurado.

La madre y tocaya de Raquel salió en la tarde del sábado a pasear al perro y testifica lo que era un pueblo fantasma, concentrado en sus casas y en los bares a la espera de agotar «un kilo y medio de clínex» cuando legaron noticias de La Mancha. El balonmano puede presumir de deporte integrador y el Nava, de un trabajo excelso con la base que se evidencia en una plaza plagada de niños. Si la España despoblada necesita de las nuevas generaciones, aquí hay un gran ejemplo.

En un club en el que todos hacen de todo, los juveniles son peones y artificieros. Pablo, Félix, Carlos, Miguel y Jorge, con pirotecnia y confeti a cuestas, hablaban del balonmano como una forma de vida o un futuro trabajo. Es la generación que buscará en mayo el ascenso del filial a Primera Nacional. Con el primer equipo como referente, valoran el aprendizaje. Y la complicidad que ellos mismo aplican en sus cenas de los viernes. Hablan de un deporte fiel, respetuoso, una fábrica de amigos. Yeray, con sus gafas de intelectual, les metió en la fuente.

Por detrás llega el cadete Hugo, Villagrán de segundo apellido. Como su abuelo Felipe, tío del capitán del club y de su hermano Ismael. La charla, aderezada por un quinto del club –nació en 1976– que no quiere ser citado, recuerda la época en la que los vecinos salían raudos de misa para ver el balonmano en un pueblo donde se iba al cine y a sus famosas discotecas. Y los viajes que hace Susana para llevar a su hijo.

El día grande de celebración será el 18 de mayo, tras el último partido de liga ante Cisne. Será la exaltación de un pueblo orgulloso.