https://static.elnortedecastilla.es/www/menu/img/degustacastillayleon-desktop.jpg

Siempre hay tiempo para parar a comer un buen cocido

Fachas del Mesó Ana Mari en Oquillas, Burgos. /A. D. S.
Fachas del Mesó Ana Mari en Oquillas, Burgos. / A. D. S.

El Mesón Ana Mari abrió sus puertas en Oquillas (Burgos) en 1996

ANDREA D. SANROMÁValladolid

No tiene nada que envidiarle al madrileño, el maragato o el manchego. Cada uno en su origen responde a la necesidad de aprovechar el producto de cada zona. Así que en la provincia con mayor número de municipios, Burgos, encontramos restaurantes y mesones en los lugares más inesperados. El mesón Ana Mari abrió sus puertas en 1996 en Oquillas, donde apenas hay censados medio centenar de habitantes. De este pueblo es la familia de Alberto Vallujera, propietario del establecimiento, que se ha especializado en el cocido. Su madre, Ana Mari, «es cocinera de casa, vamos, que no se ha formado profesionalmente», explica su hijo, «pero siempre ha tenido muy buena mano». El jueves se ha convertido en el día en que sus clientes acuden a degustar este plato con su sopa y chorizo, espinazo, morcillo, berza... «Lleva de todo», apostilla.

Para llegar al mesón Ana Mari hay que desviarse unos kilómetros de la A-1, así que «la mayoría de sus clientes hacen el trayecto Madrid-Bilbao y les pilla de paso». En el menú diario prima la cocina casera, legumbres, verduras y algo de pasta. En cuanto a las carnes, no hay duda, lechazo de oveja churra. «Se lo compramos al pastor del pueblo, que también hace quesos», apunta. También trabajan el pollo de corral por encargo y otro clásico de la zona, «el bacalao, que ya sabéis que aquí gusta mucho». También los postres son caseros, como el arroz con leche y la cuajada.

Antes de dar el paso a la restauración, el local era el bar del pueblo, hasta que poco a poco la despoblación y la necesidad de buscar otras vías de negocio les llevó a ofrecer el servicio de comidas. En su interior, además de la barra, hay una modesta sala comedor con capacidad para treinta comensales. «Viene gente de los alrededores, pero fundamentalmente de paso, porque con los 50 habitantes que somos no se puede hacer negocio», explica. El entorno rural queda reflejado también en las paredes del mesón, donde hay ilustraciones sobre el campo, la labranza y motivos relacionados con la caza. En la fachada principal podemos leer un pequeño texto del poeta y dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín: «Ayer convidé a Torcuato, comió sopas y puchero, media pierna de cordero, dos gazapillos y un pato; doyle vino y respondió: Tomadlo por vuestra vida, que hasta mitad de comida no acostumbro a beber yo».