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Avellanas, intensas, dulces y sanas

Avellanas, intensas, dulces y sanas

Combinan especialmente bien con hojas amargas como la rúcula, los berros, las marujas o las endibias y también con los quesos suaves

Ana Santiago
ANA SANTIAGO

Sabor intenso, dulce y tostado, personal. Absolutamente reconocible, suave y ligeramente graso. Una fuente de energía, de nutrientes y antioxidantes para el organismo. Aunque es originaria de China, la avellana es ya un fruto seco mediterráneo, donde se adaptaron bien por su clima templado y algo húmedo. España es un gran productor de avellanas y se cosechan, sobre todo, en Asturias, Valencia y Cataluña; pero pueden encontrarse en muchas otras comunidades, entre ellas en Castilla y León.

Pueden comerse crudas, sabrosas e intensas, y también son habituales las tostadas; lo que potencia su sabor y las hace más fáciles de digerir, pero altera la calidad de las grasas si se someten a temperaturas demasiado elevadas.

Solas, acompañadas con pan o junto a otras frutas. En las ensaladas proporcionan un toque crujiente, y pueden ponerse enteras, troceadas o trituradas con aceite para elaborar aliños distintos. Combinan especialmente bien con hojas amargas como la rúcula, los berros, las marujas o las endibias y también con los quesos suaves o intensos no demasiado secos. En cuanto a las frutas, las ideales para la avellana son las manzanas, las peras y las naranjas; pero riñen con pocas.

Buen aperitivo, sano para personas con colesterol y magníficas picadas en un potaje o como parte de una guarnición de espinacas. Con avellanas se elaboran algunos dulces tradicionales, como turrones o mazapanes, y helados muy sabrosos, además de galletas y pastas. Tostadas, trituradas y mezcladas con miel y pan rallado constituyen asimismo una merienda excelente para los más pequeños. Además, son beneficiosas para mantener el tono muscular, estabilizar el ritmo cardíaco, prevenir la hipertensión, cuidar los vasos sanguíneos y favorecer la vasodilatación.

El otoño es la época por excelencia para recolectar frutos secos, entre ellos las avellanas, las cuales se dejan secar y se guardan como reserva en la despensa, para disfrutar de su sabor el resto del año.

Las avellanas nacionales disfrutan de un reconocido prestigio. Se dividen en dos grupos: las negretas, de gran tamaño y cáscara medianamente dura, a las que pertenecen la garrofina, la pauet y la negreto capellut, y las comunes, de tamaño variable y color blanco a rosado, como las variedades morell, gironell, asturiana y castañera. Cogerlas tiernas directamente del árbol, las primeras de finales de verano, aún verdes por fuera y jugosas por dentro, resultan dulces y refrescantes, con un sabor muy diferente al de los frutos ya secos. Merece la pena probarlas.

También pueden encontrase frescas en el mercado, con la base de hojas que envuelve la cáscara intacta; pero no es muy habitual. El interior ha de ser blanco opaco, ya que si estuviera translúcido u oscuro sería señal de que han empezado a tomar sabor a rancio.

Pueden tostarse al horno o freírse en aceite de oliva. Una buena referencia es el color: ha de ser muy dorado y nada oscuro, para que las notas amargas no estropeen el sabor. El olor es también un buen indicador del punto de cocción.

 

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