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La avellana, el fruto sagrado

La avellana, el fruto sagrado

Castilla y León no es productora, pero sí buena consumidora y aficionada a turrones y chocolates elaborados con el mismo

Ana Santiago
ANA SANTIAGOValladolid

Cinco veces a la semana, 25 gramos al día. Es el secreto para potenciar los beneficios que proporcionan las avellanas, que son muchos. En aperitivo, en rico helado, en pasteles, salsas o hasta ensaladas, dulces varios y en desayunos, acompañando a cereales, yogures o fruta o leche. En otoño, los frutos secos ganan protagonismo, forman parte del paisaje y de sus sabores; pero durante todo el año se encuentran en el mercado. Turrones y chocolates los incorporan. Los licores arrastran historia. En la cocina, las avellanas picadas o majadas con ajo para añadirlo a los guisos y a los estofados enriquecen cualquier plato. Tener un avellano en la finca, que además no ocupa mucho espacio porque es un arbusto -aunque requiere un terreno profundo, fresco y blando- es un auténtico lujo estético y por su fruto.

Producido en Piamonte, región del norte de Italia, sus orígenes se remontan a más de 300 años con la presencia de los primeros monjes cristianos que vivían en las colinas del área. Y aunque es una planta de climas templados, tiene un área de distribución notable, desde Asia septentrional hasta Rusia, Austria, Alemania, Francia, España e Italia.

Castilla y León no es tierra productora de avellanas, pero no es difícil encontrarlas en los huertos domésticos, sobre todo al norte. Se recomiendan a las personas «de poca sangre», un viejo dicho que hace referencia a su riqueza nutricional. Son muy energéticas por la gran cantidad de aceite que contienen y menos pesadas que las nueces. Las avellanas se pueden comer crudas o tostadas y también, como la trufa, puede hacerse horchata con ellas, previamente molidas o machacadas y mezcladas con agua y azúcar. De la avellana se obtiene un aceite muy fino, que no debe calentarse nunca, y que resulta excelente para aliñar ensaladas.

Tostadas y bien trituradas, mezcladas con miel y pan rallado, «asientan el estómago y confortan el cerebro», rezan dichos populares. Son los llamados hormiguillos.

Con nombre de sabor italiano, procede de Avellino, ciudad que durante mucho tiempo fue el centro principal de producción de la avellana. El famoso licor de avellana también se produce en aquellas tierras, en Piamonte. Los griegos y los romanos apreciaban este fruto seco por sus propiedades medicinales. Sagrada entre los antiguos pueblos germánicos, se extendió desde Asia por Europa y convirtió al Mediterráneo en una de las principales zonas de producción mundial.

Todo positivo

Las avellanas pueden comprarse con cáscara o sin ella, enteras o molidas, tostadas o crudas. Es aconsejable adquirirlas envasadas al vacío, en frascos de vidrio o enlatadas. Frescas hay que consumirlas cuanto antes porque caducan enseguida. No obstante, conservadas en frascos de cristal al abrigo de la luz y de la humedad es como mejor responden, y ya sin la cáscara aguantan meses en la nevera y aceptan incluso la congelación.

Las españolas son menos grasas y se conservan durante más tiempo que las de Brasil.

La avellana tiene una alta proporción en ácidos grasos monoinsaturados que previenen las enfermedades cardiovasculares y ayudan a reducir los niveles de colesterol. Pese a su alto aporte calórico, es el fruto seco perfecto en dietas de adelgazamiento porque es pobre en ácidos grasos saturados.

Asimismo, proporciona vitaminas, entre las que destaca la E, que tiene funciones en la reproducción, además de ser antioxidante; A, para la vista y la piel, y B9 o ácido fólico, imprescindible en la formación celular y por ello recomendable para las mujeres embarazadas. Asimismo, es adecuada en dietas hiposódicas.

Además de ser cardiosaludable, templa el estrés, ayuda al tránsito intestinal y en la osteoporosis y la descalcificación.