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Al calor de las brasas

Lechazo asado. /Fotos de A. D. S
Lechazo asado. / Fotos de A. D. S

ANDREA D. SANROMÁSan Miguel del Pino

Hay vida después de los 40 y también de los 60, que yo aquí sigo peleando», asegura convencida Marisol Poncela, propietaria junto a sus hermanos Juan Antonio y Justo del Asador Mi Capricho, en San Miguel del Pino, un pequeño municipio de apenas 300 habitantes, en la provincia de Valladolid. Lo dice por su vocación «tardía» en la cocina, aunque siempre había formado parte de su vida porque sus padres regentaban un establecimiento hostelero. Los asados de lechazos churros de la tierra de Castilla, cabritos, carne roja y pescados a la brasa y el cocido al horno de leña a fuego lento son las especialidades de la casa.

La cocina tradicional y casera, y «aunque suene a tópico el cariño», son la base del menú y la carta que presentan en una casa donde no faltan tampoco las legumbres, las croquetas o variadas ensaladas. «No ofrecemos nada que no vayamos a comer nosotros en casa. La calidad es importante porque no se puede servir cualquier cosa», explica. En cuanto a los postres, enumera los más demandados, como la tarta de queso, la milhoja de frutos rojos, el flan de huevo, el 'brownie', el tiramisú, el bizcocho y la tarta de hojaldre de manzana o de higo, «cuando es temporada», matiza.

El maestro asador, Juan Antonio Poncela.
El maestro asador, Juan Antonio Poncela.

Marisol Poncela considera que a pesar de las horas y la dedicación que requiere mantener un servicio de hostelería en un pueblo, es también un trabajo muy agradecido. «Es un gusto cuando la gente sale contenta y nos dice que le ha encantado la comida», resalta mientras termina de colocar los cubiertos para el siguiente servicio.

El comedor, con capacidad para cerca de 80 personas, mantiene la decoración tradicional de los asadores, con el horno de leña, las mesas en madera, las paredes de piedra y algún que otro utensilio de labranza.

«Aquí vas a encontrar una atención familiar y un lugar donde comer tranquilo», apunta, y reconoce con cierta resignación que cada vez es más difícil mantener este tipo de negocios en el medio rural si no son familiares. «En general, la gente no quiere venir a trabajar a los pueblos», se lamenta, y añade que la mayor actividad se registra los fines de semana, aunque en su caso, la proximidad con la capital –«unos veinte o veinticinco minutos en coche»– facilita el servicio de comidas a diario. «El primer cliente que vino el primer día sigue viniendo», presume.