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A cuatro manos

Társila posa con su nieta Raquel, delante de una fotografía de ella misma montando a caballo. /Henar Sastre
Társila posa con su nieta Raquel, delante de una fotografía de ella misma montando a caballo. / Henar Sastre

Társila Fernández y Raquel Rodilla, abuela y nieta diseñan la imagen de la colección de vinos Amazona

Nieves Caballero
NIEVES CABALLERO

Dos antiguos 'escarabajos' de Volkswagen y un Beatle de última generación están aparcados en el garaje. Son los coches con los que Társila Fernández Gayo ha recorrido la finca miles de veces para comprobar que todo estuviera en orden a lo largo de décadas. Condujo por la finca hasta que se rompió una cadera, y luego, la otra. La autonomía se esfumó. Ha cumplido 91 otoños y sigue siendo una mujer valiente, fuerte, luchadora, independiente e inspiradora. Se quedó viuda muy joven y no encontró ninguna razón para no ponerse ella misma al frente de una finca de 1.000 hectáreas, en la que había ganado, viñedo y diferentes cultivos agrícolas. En los años 50 trabajaban más de 150 personas en esta finca, que contaba con escuela e iglesia y que pertenecía al ya desaparecido municipio de Fuentes del Duero. Su hijo Ricardo tenía 21 años cuando ambos se pusieron manos a la obra en 1986 al fallecer su esposo. En esa época nada era fácil. En 1981 se dejó de hacer vino y se arrancaron los viñedos. Habían quedado fuera del mapa de la futura Denominación de Origen Ribera del Duero, que fue una realidad un año más tarde. Después se volvieron a plantar y en 2001 salía al mercado la primera añada de Társila Bodegas y Viñedos. Raquel Rodilla Puentes es nieta de Társila y ahora colabora, junto con su hermano, Ricardo, en la bodega de su abuela. Ha cumplido 31 primaveras. Estudió Publicidad y Diseño y ha trabajado en Barcelona y Madrid. Ahora amplía su formación en sumillería.

«Nuestro abuelo Ricardo Rodilla Dávila nació en Cuba y al poco se vino con sus padres a España en plena Guerra Civil, llegando a ser capitán de Caballería. Poco después conoció a Társila, se casaron y se dedicaron juntos a regentar la finca», explica Raquel. Las fotos en blanco y negro que cuelgan de las paredes de piedra y ladrillo caravista del antiguo lagar, rehabilitado y convertido hoy en sala de catas y tienda, evocan tiempos pasados. En algunas de ellas, la propietaria lleva el caballo como una auténtica amazona. «Montaba como los hombres y no a la inglesa, como era habitual entre las mujeres». Társila y Raquel, Raquel y Társila, han unido sus manos para crear la imagen de la última colección de vinos de la bodega, Amazona, para la que la nieta se ha inspirado en la abuela. «Yo creo que ahora las cosas son más fáciles», añade con visibles muestras de admiración.

Raquel ayuda a Társila durante la conversación porque las palabras a veces se enredan en el cerebro. «Siempre tuvo claro que había que trabajar y sabía mandar, todavía hoy sabe mandar», explica la nieta. La casa, la familia, las vacas, las ovejas, los cultivos. Todo se ha hecho como Társila ha querido. «El que tuvo, retuvo, y guardó para la vejez», dice la abuela. Por los años 50, en esta zona del Duero, como en el resto, se elaboraban claretes. Társila siempre regala una botella con su nombre en la etiqueta cuando vienen a visitarla, orgullosa de haber recuperado la bodega junto con su hijo Ricardo. Una bodega y finca, visitables, situada junto a la N-122, entre La Cistérniga y Tudela de Duero, que hoy cuenta con 30 hectáreas de viñedo y elabora entre 30.000 y 40.000 botellas.

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