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Tras las flechas peregrinas

Varios niños recorren las calles de Ávila por las que pasa el Camino de Santiago. /Raúl Hernández
Varios niños recorren las calles de Ávila por las que pasa el Camino de Santiago. / Raúl Hernández

Los niños pueden conocer la ciudad de Ávila mientras buscan en sus calles los símbolos de la ruta sureste del Camino de Santiago

PAULA VELASCOÁvila

Tener cinco y siete años no es ningún impedimento para comenzar a conocer el Camino de Santiago. Protegidos con gorra y crema solar, los pequeños buscan por la ciudad los lugares donde están pintadas las tradicionales flechas amarillas en el suelo y las pequeñas cerámicas con la concha del peregrino colgadas en las fachadas, que indican el camino a seguir. Se trata la venera, que es la concha de la vieira.

Ávila forma parte del llamado Camino del Sureste, que comienza en tierras alicantinas y atraviesa ciudades como Albacete, Toledo o el sur de Madrid hasta llegar a tierra de Santa Teresa, para continuar después hasta tierras gallegas.

Desde la entrada por Guisando, el peregrino tiene diferentes opciones para realizar rutas diarias por la provincia abulense, de entre 18 y 25 kilómetros, atravesando zonas de campo y pinares como La Villa de El Tiemblo, los viñedos de Cebreros, El Barraco o San Bartolomé de Pinares, hasta llegar a la capital. «El perfil del peregrino que visita la ciudad suele ser una persona de edad avanzada, mayor de 60 años, y con un nivel cultural mayor al habitual», explica Juan José Gómez, miembro de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago. «Quien viene haciendo el camino por Ávila sabe a dónde viene, pregunta por lugares clave y le gusta realizar una visita a la ciudad por la tarde».

Pero no hace falta llegar a esa edad para interesarse y conocer los lugares emblemáticos de la urbe. Los niños en los colegios o con la familia también pueden empaparse de cultura, iniciándose en el significado del Camino de Santiago con un pequeño paseo recorrido por las calles de la ciudad, donde encontrarán la tradicional simbología de flechas amarillas y conchas. O bien saliendo a algunos tramos campestres, a la entrada o a la salida de Ávila, siguiendo la misma senda que los peregrinos avezados.

La comida en una ciudad como Ávila no es problema. Un bocadillo servirá de tentempié a los más pequeños, mientras en una sombra escuchan algunas explicaciones sobre una de las rutas más importantes del mundo, con una gran carga mística y espiritual. El peregrino, tenga la edad que tenga, podrá disfrutar de la excelente calidad de los productos agroalimentarios abulenses que se cocinan en la mayoría de los restaurantes de la zona centro por donde transcurre la senda. Aunque no se ha conseguido instaurar el llamado menú del peregrino, sí que encontrará precios especiales, presentando la credencial.

En cualquier caso, existen varios establecimientos adheridos a una misma oferta, en los se puede encontrar el llamado menú degustación, con un precio común de 35 euros para dos personas, y donde el amante de los productos de la tierra podrá degustar las llamadas patatas revolconas, sopa castellana o de ajo y judías de El Barco de Ávila. Y, de segundo, un chuletón típico de la tierra, para compartir, acompañado después de postres caseros más la bebida.

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