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Tres rincones para disfrutar del Ebro

Aspecto del claustro del monasterio de Santa María de Rioseco tras la restauración. /Fotos de Javier Prieto
Aspecto del claustro del monasterio de Santa María de Rioseco tras la restauración. / Fotos de Javier Prieto

Patrimonio cultural y paisajes de ensueño al paso de este río por Castilla y León

JAVIER PRIETO

Es sabido que el Ebro es un río de armas tomar, famoso en Castilla y León sobre todo por el espectacular revuelto de cañones que se marca a su paso por la provincia de Burgos. La atraviesa de este a oeste y deja tras de sí un lío de vueltas y revueltas, de cantiles prodigiosos bellísimos a cualquier hora del día y en cualquier momento del año. Profundos desfiladeros de laderas escarpadas que rompen sin contemplaciones las extensas parameras que caracterizan también el norte burgalés. Es la apoteosis de la geología concebida como una gran fiesta en la que todo estuviera permitido. La gran exhibición de lo que la erosión y las fuerzas tectónicas son capaces de hacer cuando trabajan juntas y sin temor a los excesos. Tanto que una parte de ese territorio goza de la singularidad de estar incluido en el primer geoparque reconocido por la Unesco en Castilla y León.

Y de tan alto valor ecológico que, junto a las revueltas que dibuja su afluente el Rudrón, forma la columna en torno a la que se extiende el parque natural Hoces del Alto Ebro y Rudrón, 46.373 hectáreas caracterizadas, además de por este sorprendente paisaje, por una riqueza vegetal y animal que asombra tanto como sus prodigiosos cañones. Su catálogo vegetal se caracteriza por la presencia de especies mediterráneas, como el quejigo, el rebollo o la encina, mezcladas en algunos puntos con especies puramente atlánticas, como el haya. A esto hay que añadir los excelentes bosques de ribera que colonizan el fondo de los barrancos: hileras de álamos, sauces, alisos y fresnos que, pegados a la orilla misma de los ríos, otorgan la compañía más íntima a su paso por aquí.

Su fauna es también de una enorme riqueza, con 258 especies de vertebrados contabilizadas, algunas de ellas en grave peligro de supervivencia, como el águila real, la nutria, el desmán de los pirineos o el tejón. La enorme cantidad de roquedos y cantiles constituyen el hábitat preferido por rapaces como el águila real, el alimoche, el búho real o el buitre leonado.

Pero, junto a toda esta riqueza natural y paisajística, el Ebro esconde entre sus pliegues un larguísimo repertorio de poblaciones que han sabido conservar su carácter cultural y arquitectónico a través de los siglos. O vestigios de que este territorio fue desde siempre un lugar atractivo para habitar en él o venir a retirarse. No en vano, el Ebro y sus cañones fueron aquel lugar remoto y abundante en cuevas en el que los ermitaños de la Alta Edad Media venían a retirarse del mundo. El lugar en el que, lejos de guerras y reconquistas, lejos de todo y de todos, se sentían más cerca de Dios.

Hacemos aquí un repaso de algunos de los rincones menos conocidos de este territorio. Tres pequeñas perlas que el Ebro burgalés y los valles que abre a su paso regalan a quien las quiera coger.

1 EREMITORIO DE SAN PEDRO DE ARGÉS.

La facilidad con la que la piedra arenisca se deja dar forma con herramientas tan simples como una cuchara debió de ser una de las principales razones por las que estos territorios, junto a otros colindantes en la provincia de Palencia y en Cantabria, acabaron por convertirse en uno de los preferidos por los ermitaños de la Alta Edad Media que buscaban lugares apartados a los que retirarse a orar. Los restos de este eremitorio, que encontramos en el Valle de Manzanedo, señalizado en la carretera que lleva de Incinillas a Cidad de Ebro, presenta unas considerables dimensiones. De hecho, es bastante probable que fuera evolucionando a lo largo de los siglos, pasando de ser una pequeña cavidad en la que retirarse a orar a un templo de dos naves desiguales, cerradas en lo alto por bóvedas realizas en piedra de cantería que acabaron derrumbándose en algún momento. Lo que puede verse hoy –bóvedas, altares, tumbas, hornacinas...– son los restos de una de las iglesias rupestres más notables de la provincia de Burgos.

2 MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE RIOSECO.

Tan asombrosa como la historia de esplendor, ruina y abandono de este monasterio es la de su rescate. En el año 2010, uno de los monasterios más notables de la provincia de Burgos era una pura ruina devorada por la maleza y los expoliadores del bien común: tumbas reventadas, capiteles perdidos, piedras robadas…, un impresionante complejo monacal cisterciense que a punto estuvo de perderse para siempre. Por suerte, las almas sensibles, la gente a la que le importa de verdad el legado de nuestra historia supo organizarse a tiempo. Cansados de esperar a que las instituciones hicieran su trabajo y cumplieran con su responsabilidad, decidieron pasar a la acción, plantarle cara a las hiedras y a los ladrones y ponerse a trabajar para detener lo que parecía una sentencia de muerte. Es así como el colectivo Salvemos Rioseco logró despejar de maleza la selva amazónica que había engullido el claustro, arrancar los árboles que habían crecido en el interior de las dependencias, organizar escombros y consolidar lo que estaba a punto del derrumbe. Hoy, la visita a estas ruinas, que pueden hacerse en cualquier momento del año guiados por los carteles interpretativos o en recorridos explicados durante los meses de verano, permite adentrarse por los vericuetos arquitectónicos e históricos de esta joya cisterciense del Valle de Manzanedo.

Los orígenes del monasterio de Santa María de Rioseco en su ubicación actual se remontan al año 1236. Tras vivir sus años de mayor apogeo a lo largo de los siglos XVI y XVII, llegó el momento de su abandono tras la Guerra de la Independencia y con la Desamortización de 1835. (Información: monasterioderioseco.com. Tel. 681 682 680).

3 EL CASTILLO DE ARREBA.

Subir a echar un vistazo al lugar que ocupó en su día esta fortaleza medieval es como subirse a lo más alto del palo mayor de un barco pirata. Tanto por lo que se divisa desde sus ruinas como por lo atrevido del recorrido de escaleras y pasarelas que lleva hasta ellas. También por las estrecheces a las que obliga la falta de espacio en la que se levantó: el filo finísimo de una cresta caliza que apenas deja sitio para caminar.

De hecho, se piensa que más que una fortaleza con todas las de la ley debió de tratarse de alguna torre fuerte erigida en un punto estratégico con unas larguísimas vistas sobre el Valle de Manzanedo y el desfiladero de La Nava, especialmente útil en el tiempo de roces entre los reinos de Navarra, el de Castilla y los territorios musulmanes al sur. Se accede por una empinada senda acondicionada que arranca a la salida del Barrio del Castillo de la población de Arreba, en dirección a San Miguel de Cornezuelo.

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