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Trajines de frontera

El tramo más largo del río Duero que puede observarse en las Arribes desde el mirador de la Peña la Vela (Hinojosa de Duero). /Javier Prieto
El tramo más largo del río Duero que puede observarse en las Arribes desde el mirador de la Peña la Vela (Hinojosa de Duero). / Javier Prieto

Entre cantiles y campos abandonados en la Ruta de los Contrabandistas

JAVIER PRIETOSalamanca

Hubo un tiempo, no tan lejano aún como para que no haya quien lo recuerde, en el que los trajines de la raya portuguesa se debieron de pintar bastante parecidos a los que se ven en las películas del Far West: una tierra remota, de orografía difícil y poco generosa, en la que la gente hacía lo que podía para sobrevivir. Aunque para ello hubiera que saltar –literalmente– la raya que separa la ley del delito. Fueron, en esa larga línea que separa por el oeste peninsular España y Portugal, los tiempos del contrabando. De un juego peligroso en el que los ratones saltaban de peñasco en peñasco mientras los gatos vigilaban agazapados en la punta de un saliente a la espera de cobrar su presa.

Recordar y aprender sobre lo que acabó convertido en un medio de vida al que se vieron abocados durante siglos los habitantes de ambos lados de la raya es hoy algo tan grato como echarse al monte y seguir los rastros de pintura que guían la llamada Ruta del Contrabando, en el costado noroccidental de la provincia de Salamanca, a un paso de la localidad de Hinojosa de Duero. Según lo andarín que sea cada cual, puede optar por arrancarla de dos maneras: o bien desde la propia localidad de Hinojosa o a poco más de tres kilómetros del punto culminante de la ruta, el mirador con vistas al Duero desde el que vigilaba la autoridad competente para evitar que las mercancías entraran en la vida de los españoles por donde no debían.

La primera opción es un estupendo paseo de 7,400 km (ida) entre campos de labor –abandonados o no– siguiendo la señalización del GR.14, sin pérdida posible aunque con algún desnivel, hasta llegar a la Peña la Vela en la que se ubican el mirador y, un poco por debajo, los restos del puesto de vigilancia que ocuparan en su momento retenes de carabineros o Guardia Civil, según la época. Si se prefiere el paseo corto, desde Hinojosa hay que tomar la carretera DS-590 que se dirige hacia la presa de Saucelle y hacer el alto en el Mirador del Contrabando. Ahí, además de dejar el coche, vale la pena tomar la primera lección.

Es la que habla, en los paneles lo dice, de ese tiempo en el que la raya hispano-lusa acabó convertida, por obra y gracia de los poderosos, en un tabique medianero imposible de traspasar para los vecinos de ambos lados excepto por los cauces reglamentarios. En este caso, los puestos fronterizos en los que debían abonarse las tasas en función de las mercancías que se pretendían introducir del lado portugués al español. Algo que, por otra parte, ya pasaba en esta zona desde que en el siglo XIII los señores del territorio comienzan a tomar conciencia de los jugosos beneficios que podían sacarle al simple hecho de exigir una fiscalidad a cualquier mercancía que se moviera de una localidad a otra. Mucho más de un país al vecino.

Pero el auge del contrabando en esta zona del oeste salmantino y zamorano vino a acentuarse a lo largo de los siglos con el paso de las crisis y las guerras. Los habitantes del territorio, habituados desde siempre a una economía de subsistencia basada en el trabajo del campo y la ganadería, acabaron teniendo como último recurso el paso ilícito de mercancías.

Comienza entonces un juego de perseguidores y perseguidos que se fue manteniendo durante siglos hasta acabar convertido en un elemento más del paisaje. Precisamente, un paisaje lleno de obstáculos, peñascos, abismos, cañones, cantiles, vaguadas y mil figuras orográficas más, que fue decisivo para que contrabandear fuera por aquí un verbo que podía conjugarse en todas las formas posibles.

Y aunque hoy aquella actividad aparezca revestida por un velo de romanticismo semejante al que envuelve a los bandoleros de Sierra Morena, por ejemplo, lo cierto es que asomarse a los paisajes por los que discurría pone los pelos de punta. Sobre todo porque la clandestinidad de unos y el empeño por impedirlo de otros, obligaba al juego nocturno. A colgarse de cuerdas en noches sin luna o salvar la corriente de un Duero embravecido en lo peor de la tormenta.

También al juego en equipo. Burlar los puntos de vigilancia, descubrir el momento en el que estaban expeditos, advertir de los peligros derivó en la formación de auténticas estructuras, cuadrillas de contrabando en las que cada cual asumía los papeles necesarios –guías, mochileros, cargueros...– para el éxito de la operación. Equipos de trabajo que anticipándose a Whatsapps o móviles lograban comunicarse o advertir de los peligros mediante elaborados códigos de comunicación que pasaban desapercibidos para 'guardinhas', en el lado portugués, y carabineros, en el español.

Esta Ruta del Contrabando –hay alguna más señalizada todo a lo largo de la frontera– lleva hasta el espigón rocoso de Peña la Vela, un balcón natural desde el que se avista el tramo más largo del Duero de todos los Arribes. Dicen los paneles, que la forma habitual de paso aquí antes de que se construyeran los embalses que cambiaron para siempre la fisonomía y formas de vida de este territorio (entre 1940 y 1950) era mediante el «sistema de la guindalera», una tirolina de maroma gruesa que se ataba entre peñascos por encima del cauce del río y de la que se colgaban la persona y la mercancía que hacían el paso y que eran atraídas hasta la orilla contraria mediante cuerdas. Tras la construcción de los embalses, que desdibujó el perfil agreste del cauce del Duero, las maromas fueron sustituidas por barcas.

El punto álgido del contrabando de mercancías con Portugal, que se generalizó con el nombre de estraperlo en toda España, tuvo lugar en las décadas que siguieron al final de la Guerra Civil. La escasez de casi todo, el hambre y el rígido intervencionismo del Estado revitalizaron el uso de los antiguos pasos con Portugal para conseguir y comerciar con elementos tan básicos para el consumo como el pan, habas, garbanzos, harina... o no tanto, como el tabaco o el café.

Chozo de pastor en torno a la Peña la Vela, en la Ruta de los Contrabandistas.
Chozo de pastor en torno a la Peña la Vela, en la Ruta de los Contrabandistas. / Javier Prieto

Prismásticos en mano

Pero si vale la pena llegarse hoy con unos prismáticos hasta el mirador de Peña la Vela no es tanto por sentirse como un carabinero sin carabina y sí por disfrutar con minuciosidad del espléndido panorama que brinda: kilómetros y kilómetros de un Duero que discurre plácido entre las laderas agrestes del lado salmantino y las hileras curvilíneas de viñedos y frutales que se acomodan en el portugués. O, si se mira hacia el norte, la contundente mole de Penedo Durâo y el salto y embalse de Saucelle.

Otra gratísima sorpresa con la que se culmina el recorrido es el curioseo que brindan el conjunto de majadas tradicionales reconstruidas junto a la peña. Corrales, chiviteras y chozas que hablan también de trajines en la frontera. Ejercicios de supervivencia, estos sí, dentro de la ley.

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