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El fruto del deshielo en los confines del Curueño

El río Curueño. /Javier Prieto
El río Curueño. / Javier Prieto

A pie por las cascadas del río Faro, en León, con ocho impresionantes saltos de agua

JAVIER PRIETO

Es tiempo de deshielos, que se nota en las prisas con las que bajan las aguas del Faro a encontrarse cuanto antes con las del Curueño, río vertebrador de la Montaña Central Leonesa, recordado, siempre que se habla de él, como «el río del olvido», al que dedicó una obra llena de ternura el escritor leonés Julio Llamazares.

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Y esas prisas son ahora, en estos días de temples y destemples, geniales para disfrutar de una ruta a pie que va hilvanando, uno tras otro, hasta ocho saltos de agua de diferente magnitud. Sea por el ímpetu que caracteriza la juventud, las prisas por conocer mundo o la necesidad de evacuar cuanto antes el agua de los deshielos, lo cierto es que el Faro baja estos días en tromba brindando el espectáculo natural y gratuito de los ríos de montaña, cuando la primavera se despereza en las alturas, pero con el añadido de ir enlazando, salto tras salto, una colección de cascadas a cual más refrescante y bella.

El escenario en el que esto ocurre tampoco desmerece. Porque el Faro tiene sus nacientes en el anfiteatro montañoso que dominan tres de las cumbres de mayor altitud de este tramo de la Montaña Central Leonesa: el pico Morala (2.141 metros), el pico Faro (2.112 metros) y, entre ambas, la más alta, el pico Huevo, de 2.156 metros, aún con mucha nieve sobre sus laderas más altas.

Laderas vertiginosas que imprimen, ya desde sus primeros metros, el empuje suficiente a las aguas como para que en el corto recorrido que media entre el inicio y el final de su viaje, apenas unos cuatro kilómetros y 500 metros de desnivel hasta que se funden con las del Curueño, pueda haber algo que las detenga.

El inicio de este paseo a contracorriente arranca en Redipuertas, la última localidad antes de que la carretera que remonta las aguas del Curueño muera como tal en lo más alto del puerto de Vegarada, paso natural y ancestral en este punto entre Asturias y León. Un poste a pie de carretera y el paso del Faro, que aquí recorre ya sus ultimísimos metros, evidencian el rumbo a tomar. Como también evidencia la justa fama que se ha ido ganando este paseo sencillo, perfectamente señalizado y que no requiere más esfuerzo que el de una saludable caminata que hasta hacen con gusto los niños, lo difícil que puede llegar a ser en un día de fiesta dejar el coche en un sitio donde no estorbe.

Casi en el mismo pueblo encontramos la primera de las cascadas y una de las más bellas, el Saltón. Aunque para el caminante es el primero, para el río es el último despeñadero de su breve trajinar, una cola de caballo percherón que remata su salto mortal en una recogida poza de aguas azuladas y aspecto tentador, pero temperaturas más que gélidas.

Junto a ella encontramos dos puntos de interés. Uno es el panel informativo en el que se resumen las virtudes del paisaje, la descripción de la ruta y la ubicación exacta de cada salto de agua. El otro, inadvertido para la mayoría, son los restos del Corral del Concejo, un espacio pentagonal usado en el pasado para varias funciones. La principal, tal vez, fuera la de acoger las reuniones de los vecinos de Redipuertas.

Animales forasteros

Como corral era también el espacio en el que se recogían los animales forasteros, que se localizaban pastando en el término de Redipuertas sin tener permiso para ello. El procedimiento entonces era guardarlos aquí hasta que apareciese su dueño y se hiciera cargo de los daños ocasionados al municipio o a los vecinos. La espera era de tres días. Después, se cedía el animal al vecino que se comprometiera a mantenerlo al menor costo. Subasta de custodia, la llamaban. Si finalmente aparecía el dueño, recuperar el animal llevaba implícito pagar la multa y los costes de mantenimiento. Si en quince días nadie lo reclamaba, el asunto se resolvía con una subasta.

Un poco más arriba, a la altura del puente que cruza sobre el Faro para llegar a la iglesia, se termina el asfalto y comienza la pista de tierra que sin pérdida posible, unas veces más cerca y otras más en la distancia, acompaña el discurrir del Faro por su orilla derecha.

Desde el Saltón, y como a un kilómetro y medio de marcha, aparece el segundo de los saltos, Las Baubas. Algo más arriba queda La Mayaduela, un par de toboganes para los que hay que salirse de la pista y atravesar un prado. Como el siguiente está muy cerca y es también muy espectacular, merece la pena continuar desde aquí por el sendero que corre por la orilla. Se llega enseguida a La Quemada. Desde esta, el sendero lleva a conectar con la pista ganadera justo por donde se descuelgan las aguas del arroyo Cándano, formando uno de los saltos más largos. Se ve en la distancia, porque el sendero que lleva hasta él está convertido en un barrizal impracticable.

La pista prosigue hacia el cuenco del circo montañoso y nosotros, cual salmones de regreso a su lugar de nacimiento, continuamos río arriba también de salto en salto. El siguiente de la lista es el de La Fuente. Después, aparece La Majá de la Tala, una nave de uso ganadero y, a su altura, la cascada del mismo nombre.

Algo más arriba, el valle se abre en anfiteatro a la vista de la última, La Requejá. Según la época, será posible llegar hasta ella o no. Todo depende de si uno de los arroyos que baja a sumarse a la fiesta de las cascadas inunda el vado. Si permite el paso, y se tienen ganas de más, aún queda otra cascada fuera de ruta 900 metros más arriba, al alcanzar los prados de Faro y la Majá de Sidón. Si no, el paseo finaliza en este punto, a casi tres kilómetros de Redipuertas y a cerca de una hora y media del inicio. El regreso se realiza sobre los mismos pasos.

Y como el tiempo que lleva este paseo no es mucho, seguro que queda espacio para disfrutar de un territorio que es más que pródigo en cosas que ver y rincones de interés.

Estando donde estamos, no merece la pena resistirse a curiosear el punto en el que la carretera se transforma, como por arte de magia, en pista de tierra. Se esfuma, sin más. Sucede en lo más alto del puerto de Vegarada, un paso histórico que los romanos enlazaron con una de sus calzadas salvando a fuerza de tesón y muchos puentes la estrechez de las hoces abiertas por el Curueño.

Esta vía de comunicación sirvió a lo largo del tiempo como ruta militar, pecuaria, camino de peregrinación hacia San Salvador de Oviedo y ruta de arrieros. Es uno de los pasos más altos de la Cordillera Cantábrica, a 1.560 metros, y junto a él existió un antiguo complejo de braña de altura, hospital y ermita, que bajo la advocación de la Virgen del Carmen auxiliaba a viajeros y peregrinos. Una campana, que puede contemplarse en el Museo Etnográfico de León, guiaba con su sonido en días de nevadas y nieblas. Los restos de aquel complejo llevan camino de convertirse en un moderno hotel de montaña.