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Reservas de clones y variedades

Un viñedo de cepas viejas en Lerma (Burgos), en la DO Arlanza. /Ramón Gómez
Un viñedo de cepas viejas en Lerma (Burgos), en la DO Arlanza. / Ramón Gómez

Las viñas viejas son el mayor patrimonio vegetal del sector vitivinícola de Castilla y León, aunque la baja rentabilidad y las reestructuraciones constituyen sus peores enemigos

Nieves Caballero
NIEVES CABALLERO

Con plantas dispuestas a dar las mejores uvas si se las atiende y cuida. Uvas con mayor concentración de nutrientes y complejidad de aromas. Los viñedos viejos son un auténtico patrimonio vegetal en Castilla y León, aunque lamentablemente han ido desapareciendo con la modernización de las plantaciones y la mecanización, porque su mayor enemigo es la baja rentabilidad y el escaso valor que les otorgan muchas bodegas, más preocupadas por obtener beneficios con grandes producciones que por elaborar buenos vinos. Cualquier viña exige muchos cuidados, desde la poda a la vendimia, de manera que si no se pagan bien las uvas de esos majuelos pequeños y dispersos, el viticultor acaba abandonándolos y arrancándolos. A pesar de que las ayudas para reestructurar los viñedos han contribuido a una significativa reducción de la diversidad genética, en todas las comarcas vitivinícolas de la comunidad autónoma se mantienen variedades y clones autóctonos en mayor o menor medida, sobre todo en las más periféricas.

La Sierra de Salamanca es uno de esos reductos en los que quedan castas autóctonas entre los viñedos más viejos. El director técnico de la DOP, Miquel Udina, considera que ha sido posible porque «cuando se proyectaron las comunicaciones radiales en España, esta zona quedó desconectada». Se abandonó mucha viña y se arrancó, después se replantó pero con los clones de la zona. Por eso ha sido posible mantener hasta nuestros días la genética y, además, los mismos marcos de plantación de metro y medio por metro y medio en esas pequeñas parcelas. Así, de las 115 hectáreas de viñas adheridas a la DOP, el 95% tiene más de 50 años y de ellas, el 80% superan los 80 años. «Son viñedos que se plantaron aprovechando al máximo el terreno, muchos de ellos en terrazas, que dan menos producción y más calidad; una auténtica riqueza patrimonial porque no se han perdido las castas autóctonas», señala Udina, antes de recordar que las variedades están mezcladas en los majuelos (rufete, aragonés, calabrés, malvasía, albillo, etc.)y son más resistentes a las enfermedades, además de dar «tipicidad a los vinos».

Chuchi Soto y la enóloga Bárbara Requejo, en un viñedo de la cooperativa Vino de Cebreros.
Chuchi Soto y la enóloga Bárbara Requejo, en un viñedo de la cooperativa Vino de Cebreros. / Gabriel Villamil

La dispersión

La dispersión ha sido un factor determinante también para que en la DOP Cebreros hayan sobrevivido las variedades autóctonas garnacha tintorera y albillo real. Según explica Marta Burgos, su directora técnica, el 80% de las viñas superan los 70 años y algunas son ya centenarias. «Las zonas periféricas es donde queda más viñedo viejo y donde menos se ha reconvertido. La diversidad es nuestra mayor fortaleza», añade. Burgos afirma que «dicen que la viña vieja se autorregula, crece menos el grano pero tiene mayor concentración de nutrientes».

El bodeguero Chuchi Soto, de Soto Manrique, y que gestiona las viñas y elabora los vinos de la Cooperativa Vinos de Cebreros, apunta que «la ventaja es que las viñas llevan mucho tiempo aquí y se han adaptado a las inclemencias, tienen menos vigor, han echado raíces más abajo y expresan mejor los suelos».

El viticultor, enólogo y bodeguero danés Peter Sisseck ha sido siempre uno de los principales defensores del viñedo viejo. Desde Nueva York, el autor de Pingus, uno de los vinos más cotizados de la Ribera del Duero, insiste en que «el viñedo viejo es un patrimonio vegetal e histórico que hay que proteger» y se lamenta de que «se esté acabando con una biodiversidad muy rica». Desde su punto de vista, los gastos de las labores que exige una viña vieja «hay que compensarlos para que no se arranque». El autor de vinos como Flor de Pingus y PSI reclama la máxima protección.

Muy desanimado se muestra también el viticultor y bodeguero Jorge Monzón, que elabora Dominio del Águila en La Aguilera (Burgos). El joven enólogo cuenta ya con cerca de 40 hectáreas de viñas viejas en la Ribera del Duero para elaborar sus vinos y para proveer de uvas a algunas de las bodegas que producen grandes marcas en la comarca, pero se queja que «que no se valoran y no son rentables». Admite que la labor que tiene entre manos es puro «romanticismo» que se encuentra con «grandes dificultades».

Jorge Monzón e Isabel Rodero, en un viñedo viejo de La Aguilera (Burgos).
Jorge Monzón e Isabel Rodero, en un viñedo viejo de La Aguilera (Burgos). / Fran Jiménez

500 clones

Recuerda que «el viñedo viejo y autóctono aporta riqueza de materia vegetal y fenotipos increíbles que se están perdiendo». En este sentido, explica que en un majuelo viejo, incluso centenario, «puede haber 500 clones diferentes por lo que estás multiplicando las cualidades fenológicas» y sus uvas permiten elaborar «vinos más auténticos». Después de muchas pruebas en las que vendimiaba las diferentes variedades que encontraba en una parcela de acuerdo a sus distintas maduraciones, Jorge Monzón decidió utilizar esa mezcla de castas para preservar todos los matices de las distintas uvas. Es decir, elabora con la mezcla de uvas desde el principio, como hacían nuestros abuelos.

Sin embargo, se queja de que estas variedades han sido sustituidas por los mismos clones en todas las partes de España, por lo que los vinos «son estándares» a pesar de que se hayan ido adaptando. Desde su punto de vista, el problema de apostar por los viñedos monovarietales llegó de Estados Unidos en los años 70. Eso ha contribuido a acabar con la biodiversidad.

Otro romántico es Luis Martín, de Vinos Sinceros, que elabora en la DO Arlanza con el fruto de viñas viejas situadas en Covarrubias que han sido recuperadas después de su abandono. Martín argumenta que «la mayor pega es que hay que pagar la misma mano de obra aunque a veces las producciones sean ridículas», por lo que pide que se dé «valor añadido a las uvas de viña vieja». La ventaja es que con esas uvas se puede elaborar vinos singulares, con carácter y diferentes matices.

En la Ribera del Duero todavía existe viñedo por proteger, aunque cada día sea más escaso. Así, según los datos de 2014 que maneja el director técnico de la DO, Agustín Alonso, el 75,32% de las viñas superan la primera decena. Y de ese 75%, los majuelos plantados hace más de 100 años representan el 2% del total de las parcelas inscritas; el 21% tienen más de 75 años y el 28% han cumplido las bodas de plata. Alonso explica que a partir de los diez años puede ser un viñedo de calidad y con un majuelo de 25 años se pueden elaborar vinazos, pero admite que cuando superan los 40 años aumenta la calidad.

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