https://static.elnortedecastilla.es/www/menu/img/degustacastillayleon-castillayleondevinos-desktop.png

«La enología es uno de los ejercicios creativos más apasionantes»

Manuel Louzada forma parte de la cuarta generación de una familia que aún se dedica al cultivo de la viña en la comarca de Bairrada, al norte de Coimbra (Portugal). /BODEGAS ARÍNZANO
Manuel Louzada forma parte de la cuarta generación de una familia que aún se dedica al cultivo de la viña en la comarca de Bairrada, al norte de Coimbra (Portugal). / BODEGAS ARÍNZANO

Manuel Louzada, enólogo de Pago de Arinzano (Navarra)

EL NORTEValladolid

PEDRO PINTADO VILLEGAS

Forma parte de la cuarta generación de una familia que aún se dedica al cultivo de la viña en la comarca de Bairrada, al norte de Coimbra (Portugal). Y fue su abuelo el que le animó desde muy niño a dedicarse a lo que es su pasión actual: la enología, una técnica que ha convertido en arte. Manuel Louzada (Coimbra, 1969) llegó a España con solo 13 años. De este enólogo que impulsó la bodega de la Denominación de Origen Toro Numanthia se hace eco Pedro Pintado Vuillegas en la revista Enólogos.

En Madrid estudió en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, donde también obtuvo el máster en Enología y Viticultura. Su actividad profesional comenzó en Portugal en 1993 dando sus primeros pasos en una estación vitivinícola, similar a las «enológicas» españolas, en la que se daba apoyo a pequeños agricultores y bodegueros. Louzada trabajó en el laboratorio e impartió clases de Enología. Esta etapa fue, a juicio del enólogo portugués, muy fructífera. «Allí consolidé», apunta, «mis conocimientos teóricos a través de la experimentación práctica».

En 1996 hizo su primera vendimia en una bodega, concretamente en la firma familiar Caves Messias, donde elaboró oportos y vinos tranquilos. La gran oportunidad de su vida le surgió en 1997, cuando se le brindó la ocasión de trabajar en la portuguesa Bodegas Rozès, empresa del grupo LVMH, productor entre otros de los míticos champagnes Moët Chandon y Dom Pérignon. «Se me abrieron», explica, «las puertas a nuevas formas de trabajar, algo más difícil en la empresa familiar no tan proclive a los grandes cambios, lo que me ofreció otras oportunidades para el crecimiento personal y profesional«. Y bien que las aprovechó. Después de dos años en Portugal, centrado en la elaboración de espirituosos, la empresa le ofreció trasladarse a Argentina para trabajar en Chandon Argentina. Asumió el reto y en el año 1999 se marchó al Cono Sur, donde trabajó casi exclusivamente en la elaboración de espumante, un producto radicalmente distinto al que hacía en su Portugal natal. A los dos años del inicio de su aventura austral fue nombrado director de Enología, quedando bajo su entera responsabilidad la bodega y los viñedos.

Volvió a España en 2009 para trabajar en Numanthia, bodega que también pertenece al grupo LVMH, aunque ya controló desde Argentina la vendimia de 2008. En Toro comenzó a trabajar con los vinos tintos de la zona, consiguiendo extraer toda la elegancia y la expresión del terroir, de la viña que es de «donde se obtiene la esencia del vino». A Louzada le gusta hacer vinos que se puedan disfrutar enormemente desde jóvenes pero también con un gran potencial de envejecimiento.

Manuel Louzada inició en mayo de 2015 la que hasta ahora supone su última etapa en su ya dilatada trayectoria profesional. Asumió otro enorme reto al aceptar la Dirección Técnica de Propiedad de Arínzano, la primera denominación de Pago de Navarra. La bodega la compró hace años el magnate ruso Yuri Schefler, propietario del grupo SPI, que adquirió la antigua Bodegas Chivite para convertirla en el actual Pago. Allí Louzada ha continuado con éxito la elaboración de la joya de la corona: el Gran Vino Blanco, sucesor del legendario Colección 125 chardonnay de Chivite que pusiera en el olimpo de los chardonnay el gran enólogo francés Dennis Dubordieu.

«La enología es uno de los ejercicios creativos más apasionantes que puedes realizar», sentencia Louzada, que afirma que aunque en el Gran Vino Blanco intenta ir poniendo su sello personal «hay que tener en cuenta sus peculiaridades intrínsecas». «Sin embargo, en los tempranillos», añade, «sí estoy imprimiendo más mi estilo personal: antes los vinos necesitaban como mínimo cinco años en botella, pero yo he introducido algunos cambios en el viñedo que nos han permitido alcanzar un nivel de madurez y concentración polifenólica que nos posibilita que el vino requiera menos tiempo en botella».