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Cuestión de tamaño, forma y color

El sumiller Nacho Gómez posa con botellas de diferentes formatos y tipos de vino. /A. D. S.
El sumiller Nacho Gómez posa con botellas de diferentes formatos y tipos de vino. / A. D. S.

Restauradores y bodegueros detectan una clara tendencia al alza de las botellas Magnum, de litro y medio, en las que el vino evoluciona mejor que en la clásica de 750 mililitros

ANDREA D. SANROMÁ

Es cierto que no tiene forma, pero sí volumen y se adapta al recipiente que los contenga. Hasta aquí coincide en características con cualquier otro fluido, pero el vino va más allá, porque es un elemento vivo, que evoluciona con el paso del tiempo y para el que es clave el recipiente que lo albergue. La botella juega un papel protagonista en su conservación y el paso del tiempo. Los consejos reguladores determinan el mínimo que deben permanecer en madera y en botella antes de salir al mercado. Por ejemplo, en el caso de un crianza de Ribera del Duero, debe estar seis meses en madera y dormir en botellas otros seis meses como mínimo. Por otro lado, desde el punto de vista del marketing, el recipiente, es además un elemento identificador de la marca.

En el caso del formato de litro y medio (Magnum), que está irrumpiendo con fuerza en el sector, el tamaño sí importa porque ofrece un valor añadido. Se explica en el resultado final, el proceso del redondeo, en el que se juntan los taninos, que es más efectivo en botellas de mayor tamaño. Según el sumiller Nacho Gómez, la tendencia al alza de este formato debería ser aprovechada por el sector de la restauración, porque «si catas el mismo vino, añada y bodega, en una botella de 750 mililitros y en una magnum, notarás una clara diferencia». «Cuanto más pequeña es la botella, la evolución es más rápida», apostilla. Sin embargo, hoy en día el formato más común corresponde a la de 0,75 litros versus la Magnum, que equivale a dos de estas botellas, es decir, litro y medio. Eso sí, los sumilleres consultados insisten en que cuando se abre una de ese tamaño se debe consumir para que no decaigan sus propiedades. «Si estimas una comida con cuatro o cinco personas y piden vino, van a agradecer el formato magnum», afirma el asesor de la vinoteca Caprichos de la Reina Juana, de Tordesillas.

La demanda de este formato dicta su cifra de producción porque tanto la maquinaria como las jaulas, el transporte y las cajas están adaptadas al tamaño estándar. La mecanización del sistema de embotellamiento para este tamaño se estima rentable a partir de la elaboración de entre 10.000 y 15.000 botellas. Por este motivo, son muchas las bodegas, sobre todo las más pequeñas, que optan por un proceso manual.

La clasificación de botellas por su capacidad la encabeza la Benjamín de 180 mililitros y es el equivalente a una cuarta parte de una botella estándar, le siguen la de 370 y medio litro (500) para dar paso a la estándar de 750, que corresponde al tamaño más habitual. En este punto de la tabla, hace su aparición la Magnum de 1,5 litros y la Doble Magnum o Jeroboam de 3 litros, otro formato que también comienza a ser demandado. Y a partir de aquí se conoce el Imperial de 4 litros, Rehoboam (4,8), Mathusalem (6,4), Salmanasar (9,6), Baltasar (12,8) y cierran la clasificación Nabucodonosor (16) y Salomón (18). En el caso de estas dos últimas, debido a su gran tamaño, estas botellas solo se elaboran para encargos o eventos puntuales y especiales y con un precio que no está al alcance de todos los bolsillos.

En cuanto al protocolo a la hora de servir, hay que tener en cuenta que el camarero puede utilizar ambas manos para sostener la botella, en el caso de una Magnum o Doble Magum. Lo habitual es mostrar siempre a los comensales la etiqueta, y si se lo demandan, dar una breve reseña sobre el vino. Además, el vino es una materia viva, puede necesitar oxigenarse y no se pueden poner directamente en copa, necesita su tiempo a la hora de ser servido, para lo que se recomienda la utilización de un decantador. Esta herramienta se hace imprescindible en el caso de botellas de gran magnitud, como la Nabucodonosor y Salomón, para evitar que los posos depositados a lo largo del tiempo puedan modificar la claridad y la brillantez del vino. Sin embargo se puede optar por hacerlo manualmente, con la dificultad añadida del tamaño del diámetro de boca que tiene el decantador y que suele ser pequeño. Lo ideal es poner un embudo en el decantador que te permite servir con más facilidad con la botella a pulso.

Pero algunos restaurantes tienen un sistema más sofisticado de servir con un soporte especial para botellas de 16 y 18 litros. Colocan la botella de forma vertical y el sistema, como si fuera una polea, va girando la botella que permanece fija en todo momento. El vino se va depositando lentamente en un embudo, y de ahí al decantador o decantadores, porque son necesarios varios.

Nabucodonosor y Salomón son formatos de celebraciones y de sobremesas prolongadas, que desde el punto de vista técnico evolucionan muy bien. Bodegas Hermanos Pérez Pascuas-Viña Pedrosa reconoce que solo se embotellan en estos formatos especiales las grandes añadas.

Botellas por tamaños del Museo del Vino de Peñafiel.
Botellas por tamaños del Museo del Vino de Peñafiel. / Gabriel Villamil

Cuestión de silueta

La presentación y el envase es la manera en que el consumidor, o potencial comprador, entra en contacto e interactúa con un producto. En el caso de los vinos también se cumple esta premisa. «Un buen vino debe llevar una botella acorde, al menos en cuestión de mercado». Así lo entiende el sumiller Nacho Gómez, porque una botella sirve para identificar el vino y el etiquetado; el nombre o escudo labrado y el diseño aportan distinción. Todos estos aspectos contribuyen a la imagen de marca de la bodega.

En cuanto a su forma, existen muchos tipos, pero todos parten de cuatro o cinco patrones tradicionales que se modifican para hacerla única. Así pues, encontramos la bordelesa, con un cuerpo cilíndrico, que puede ser más alargado o achatado. Los hombros tienen ángulos acentuados y el cuello es relativamente corto. Es la opción por la que se decantan la mayor parte de las bodegas por su fácil transporte y buena conservación de vinos tintos, blancos y rosados.

En la región de Borgoña surgió la botella con este mismo nombre, reconocible por su forma generalmente achatada, con una base amplia y que se utiliza para el embotellado de tintos, fundamentalmente de crianza, y también para vinos blancos.

En tercer lugar, la de espumosos se caracteriza por el grosor de su cristal por la necesidad de que soporte la presión que ejercen los gases de la segunda fermentación en botella. Se distingue por una silueta con forma de pera.

En cuanto a la botella tipo Jerez, cabe destacar su similitud con la bordelesa, pero con un llamativo abombamiento en el cuello. Y en quinto lugar, nos referimos a la botella Rhin, más estilizada que las anteriores, empleada fundamentalmente para embotellar vinos blancos.

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