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Las cepas dan la respuesta

Sergio Ávila tiene una sensibilidad especial que le permite utilizar una herramienta como el biotensor, al que recurre por ejemplo antes de podar. /Fran Jiménez
Sergio Ávila tiene una sensibilidad especial que le permite utilizar una herramienta como el biotensor, al que recurre por ejemplo antes de podar. / Fran Jiménez

El enólogo Sergio Ávila busca en plena milla de oro de la Ribera del Duero vinos diferentes

Nieves Caballero
NIEVES CABALLEROValladolid

Es constante el auge en el sector de la vitivinicultura de los llamados cultivos ecológicos u orgánicos y biodinámicos, aunque estos en menor medida. Estas prácticas suman seguidores entre enólogos y bodegueros de todo el mundo, debido al creciente interés que suscitan entre los consumidores. De hecho, para algunos productores se ha convertido en toda una filosofía de vida y de trabajo. Sirva como ejemplo el enólogo Sergio Ávila, que combina las prácticas ecológicas, biodinámicas y agrohomeopáticas para elaborar los vinos de la bodega Cruz de Alba, de Quintanilla, en plena Ribera del Duero vallisoletana. Su objetivo no es otro que lograr vinos diferentes desde el punto de vista organoléptico, que expresen lo mejor de la tierra y de la uva, y que sean sanos para el consumidor. Para ello, según subraya, es fundamental que «el suelo esté equilibrado porque la uva y el vino serán equilibrados».

«Desde 2006 no hemos utilizado ningún fitosanitario y recurro a insecticidas naturales». Ese fue el primer paso, eliminar cualquier posible resto no orgánico en las 40 hectáreas de viña con las que cuenta la bodega en una única finca, junto a la N-122, en el término municipal de Padilla de Duero (también Valladolid). Este año, por ejemplo, ha sembrado guisantes para que aporten nitrógeno a la viña. Se trata de la Finca los Hoyales, que da nombre al más especial de sus vinos, del que sólo se elaboran 6.000 botellas.

El calendario biodinámico o lunar (depende si es día fruto, flor, raíz u hoja) marca los trabajos en la viña, como la poda, pero además este joven vallisoletano pregunta a la planta ¿qué necesita y si está preparada para esa práctica? Para ello utiliza un biotensor, una herramienta de radiestesia (capacidad de captar con los sentidos la energía). Se trata de un péndulo que se basa en los campos electromagnéticos y funciona como las varillas que utiliza el zahorí para buscar agua o minerales.

Ávila explica que el biotensor le permite saber si una energía determinada es positiva o negativa en el desarrollo de la vida. Se sitúa sobre una cepa y comienza a realizar las preguntas planificadas, la respuesta depende de si el aparato se mueve en círculos, de izquierda a derecha o de arriba a abajo. En la bodega, también testa el estado del vino. Para ello hay que tener un don natural.

La pregunta es si tiene que interrogar a las cepas una a una. «¡No! Solo a una y esa habla por todas porque se comunican por las raíces y son como un único individuo», responde.

El año pasado se la jugó y no podó la viña hasta el 31 de abril. ¿Tuvo suerte o había realizado muy bien las preguntas a la cepa? Lo cierto es que solamente tuvo un 5% de daños por la helada, incluso cosechó 10.000 kilos más que en 2016. Toda una excepción si se tienen en cuenta que toda la Ribera del Duero recogió 55 millones de kilogramos de uva, muy lejos de los 133 que se recolectaron en 2016, lo que supone el 60% menos. Pero es que Sergio Ávila conoce el viñedo «como si fuera el tercero de mis hijos». Otro dato, está tratando la yesca con bioresonancia. ¿Cómo? Invierte la longitud de ondas.

El empleo de abono animal es otra de las prácticas de la biodinámica. Así, Sergio Ávila tiene enterrado en el viñedo un cuerno de vaca hueco que ha rellenado con boñiga de vaca fresca y caliente. Con este sistema, logra aportar bacterias naturales a la tierra (mayor carga microbiana) y el uso mínimo de azufre en bodega.

Infusiones y tintas

Además, recurre a la conocida como homeopatía agrícola o agrohomeopatía. Para ello utiliza nueve preparados y tinturas de plantas y minerales, algunos comprados y otros recogidos en el entorno del viñedo. Como si fuera un alquimista, el enólogo macera en aguardientes de la propia bodega brotes de roble, cola de caballo, manzanilla, sílice, carbón vegetal, tréboles, ortigas, etcétera, que luego aporta a la viña en disoluciones centesimales. También utiliza tinturas madre.

El objetivo de este «mix ecológico, biodinámico y homeopático es lograr que las plantas tengan un sistema inmunológico activo para que puedan defenderse ante las agresiones externas», subraya este perito agrícola y enólogo nacido hace 42 años en Quintanilla. Sergio Ávila considera que todo es cuestión de tiempo, de saber escuchar e interpretar las señales de la naturaleza. Todo ello redunda «en vinos más amables, sutiles, elegantes y complejos, que son la máxima expresión del terreno», asegura. Vinos singulares y con personalidad. En su opinión, «no hay otros vinos iguales».

La bodega boutique Cruz de Alba, que elabora entre 80.000 y 90.000 botellas al año pertenece al grupo familiar Zamora Company Wine, al igual que Ramón Bilbao Rueda, inaugurada en 2017, Ramón Bilbao Rioja y Mar de Frades (un albariño de Meis, Pontevedra).

 

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