'Bob Esponja': Todas las comedias en una piña (debajo del mar)

Bob Esponja./NICKELODEON
Bob Esponja. / NICKELODEON

Con más de 250 capítulos, tres décadas en antena y millares de fans a sus espaldas, 'Bob Esponja' suma nuevos acólitos entre los niños y retiene a los fieles que se hacen mayores

Samuel Regueira
SAMUEL REGUEIRAValladolid

La fidelización de una audiencia es lo que mantiene viva a una serie de televisión, siempre. Si los telespectadores continúan respondiendo a lo que sea que esta les aporta, mayores son las posibilidades de que esta resista en la programación el máximo tiempo posible. Por eso mismo triunfaban no hace mucho tiempo aquellos seriales con tintes telenovelescos, que retenían a sus acólitos enganchados con tramas románticas, lacrimógenas o trepidantes: cualquier comparativa demuestra que resultan mucho más duraderas este tipo de propuestas narrativas que las llamadas 'procedimentales' (de formulaicos episodios autoconclusivos), las series antológicas o las sitcom.

Con las series de animación, la colección de variables que entran en el juego de la captación de la audiencia se ve sujeto a un peligroso punto contrapunto: la edad. Es cierto que la infancia es el sector más sencillo de enganchar a un producto, pero también es aquel que lo abandona con más rapidez: su paladar cambia en mucho menos tiempo que el de una persona adulta, y enseguida persigue el siguiente set de intereses que la industria ya ha preelaborado para sus nuevos gustos. Únicamente aquellos productos orientados ya a los adultos, en la línea de la mastodóntica 'Los Simpson' y similares, pueden preciarse de continuar en esta línea, pues ni el factor nostalgia apela a los nuevos públicos de series infantiles ni les dice lo mismo un personaje a la hora de trasladarlo al no menos lucrativo ámbito de la mercadotecnia.

De ahí que el hecho de que un producto como 'Bob Esponja' haya sido capaz de, en veinte años, no solo resistir a los importantes cambios generacionales que se han experimentado con el cambio del nuevo siglo, sino de además seguir apelando a aquellas personas que una vez fueron niñas y hoy siguen fieles a la serie en su duodécima temporada, resulte especialmente significativo. 'Bob Esponja' ha trasladado sin prácticamente ningún problema su particular imaginería, lenguaje y, no menos relevante, una colección inmensa de personajes a todo tipo de productos fuera de la pequeña pantalla (globos, libros, juegos de mesa, videojuegos, peluches, tazas, llaveros, pegatinas, muñecos, prendas de ropa, cuadernos), mientras se mantiene fiel a este mismo discurso en pequeñas sesiones (hábilmente insertas, todo hay que decirlo, en jugosas franjas horarias de la parrilla televisiva) que vertebran capítulos breves, citables y que se apoyan cada vez más en un hábil malabarismo entre todo tipo de comedias, y no solo en la contraposición muy de nuestro nuevo milenio que busca apelar al mismo tiempo a la infancia y a personas adultas.

Los tres chiflados

El principal secreto del éxito de 'Bob Esponja' radica en la construcción de sus tres personajes principales: el protagonista epónimo que vive en una piña debajo del mar, su mejor amigo Patricio Estrella y su vecino y compañero de trabajo Calamardo. La tríada se relaciona con la efectividad de las tres instancias del aparato psíquico: el ego, el ello y el superego, respectivamente. Pero es también una dinámica que abrazaron, a sus particulares maneras; Los tres chiflados, que se desarrollaban en aquellos espectáculos de carreta, de pueblo en pueblo, protagonizados por payasos errabundos, y que incluso encarnaron los tres más célebres de los Hermanos Marx: tres tipos de comedia para tres tipos de público, un abanico amplio que no deja resquicio para que se escape ninguna clase de risa.

Un reparto coral

Las tramas de 'Bob Esponja' suelen fluctuar entre lo doméstico, lo absurdo y lo cotidiano. Para ello se sirve, naturalmente, de una generosa colección de personajes secundarios que, en ocasiones, llegan a cargar sobre sus conchas y caparazones el peso de un capítulo hasta el punto que subvierte la narrativa tradicional y el héroe titular se convierte en una comparsa con apenas segundos de participación.

Fondo de Bikini es la particular ciudad donde viven estos personajes, donde destaca, aparte de los ya mencionados, el Señor Cangrejo, el particular jefe de Bob Esponja en la hamburguesería El Crustáceo Crujiente; una especie de Tío Gilito avaro y codicioso que explota la ilusión de Bob por el trabajo en una tesis muy similar a la que enarbola Remedios Zafra en su premiado ensayo 'El entusiasmo'. El Señor Cangrejo tiene una hija, la ballena Perla, que en plena adolescencia choca con su padre por temas generacionales y económicos, y un rival, Plankton, que junto a su esposa (la computadora de tubos catódicos Karen) trata de conseguir para su propia cadena de cómida rápida, El Cubo de Cebo, la receta de la prodigiosa y adictiva Burguer Cangreburguer, el lucrativo producto estrella del Señor Cangrejo que Bob Esponja cocina y prepara para los habitantes de la ciudad.

Bob Esponja es, pues, el payaso bondadoso, aquel que causa con su ingenuidad e inocencia los más absolutos desastres, buscando solo el bien común antes que el propio y llevándose por medio, sin pretenderlo, a los amargados que osan oponerse a estos planes altruistas. Es ahí donde entra el personaje de Calamardo, el superyó culto y atormentado, incapaz de recordar un solo momento positivo en su vida y al que irrita sobremanera esta felicidad sin condiciones y sin aparentes límites que ostenta su vecino y colega. Finalmente, el Harpo emocional, el ello desencadenado viene de la mano del simplón Patricio Estrella, un hedonista recalcitrante con especial debilidad por la comida y cuyo coeficiente intelectual limitado permite brindar, de mano de sus guionistas (al que deben pleitesía, y mucha, al creador de todos estos personajes; el recientemente fallecido Stephen Hillenburg) todo tipo de alardes y despropósitos en torno a la comedia 'tontuna', de especial éxito en nuestras fronteras y con destacados profesionales patrios que han aclimatado, particularmente, el gusto nacional por esta clase de humor.

Buena parte de los episodios de esta serie pasan por las desopilantes ideas e inventos de Plankton para hacerse con la misteriosa receta, desarticulados siempre por la torpeza bienintencionada de Bob, si bien, como decimos, otros se centran más en esa inadvertida antagonía entre la alegre esponja y el amargado Calamardo, en episodios más domésticos y centrados en la diversión de cada cual. En estas narrativas también desempeña un cierto papel Gary, el caracol mascota de Bob, que ronronea y maúlla como un gato y llena de babas el patio de Calamardo, o la señora Puff, instructora en la Escuela de Botes que sufre y se estresa, hinchándose como el pez globo que es, con el negado de Bob ante el volante en el transcurso de sus lecciones para aprender a conducir.

Otro de los nombres más subrayables es el de Arenita, una descacharrante traducción del nombre inglés Sandy y que supone el personaje femenino de mayor peso en Bob Esponja: una ardilla con traje de buzo que vive en un árbol dentro de una cúpula con oxígeno y que, en el grueso de la serie, se presenta con traje de buzo. Originaria de Texas, karateka atlética y de una inteligencia superior a la de sus compañeros de Fondo de Bikini, Arenita aporta el toque 'country' a las tramas marinas, del mismo modo que Tritonman y el Chico Percebe las arriman al filón de los superhéroes, o Patchy el pirata a las aventuras de bucaneros.

La edad de la comedia

En las narrativas actuales, y muy especialmente en las de animación, es más una estrategia de marketing que un ardid dramático el poder apelar simultáneamente al niño al que se dirige, en principio, el dibujo, y a la persona adulta que le acompaña. Las producciones cinematográficas de Pixar o Dreamworks se precian bien de haberlo logrado, mientras que en Bob Esponja las cosas son un poco más complejas. El grueso de mayores que han visto estos dibujos acompañando a los pequeños de la casa enarcan cejas, disimulan rictus de estupor o ven cómo les traiciona una carcajada furtiva ante un gag tan fuera de lugar que la infancia no entiende, pero el adulto sí.

Bob Esponja hace recurrentes chistes en torno al suicidio (vertebrados principalmente en torno a Calamardo), jugando al equívoco con hornos y sogas que este depresivo personaje usa para sus verdaderos fines, y no para finalmente suicidarse, como cualquier adulto está previendo. Texas es otra de las dianas más recurrentes de los dardos de los guionistas, que perpetúan sin pudor el estereotipo negativo de la estupidez vinculada a este estado. También hay un chiste en torno al mito de las prisiones de las duchas en un episodio en el que Bob Esponja, tratando de bañar a su mascota Gary, le guiña un ojo al enseñarle dos pastillas de jabón: «No las dejes caer», le advierte.

Otro de los gags más repetidos pasan por subvertir y subrayar, indiscriminadamente, las lógicas del mar y los personajes en distintos contextos. En otro capítulo, el pirata Patchy envía una invitación a su fiesta para Bob Esponja, sin percatarse de que la tinta se corre en contacto con el agua: «Quien haya enviado esto no tiene idea de nuestras limitaciones físicas», señala Bob Esponja, antes de arrojar el indescifrable papel a una imposible hoguera submarina.

Pero sin duda la mayor nota de humor la han puesto los fans irredentos, los entusiastas de episodios como 'El garabato', 'El día de lo opuesto' o 'La orquesta rockera de Calamardo', que han aportado todo tipo de teorías extracanónicas a su serie favorita -en uno de los experimentos de aportación narrativa por parte del espectador que también son marca indeleble del consumo cultural en los nuevos tiempos- y que, dado su carácter absurdo, entronca inmejorablemente con el espíritu de la atmósfera de Fondo de Bikini. Así, se puede encontrar argumentados discursos que defienden que los personajes son encarnaciones de los siete pecados capitales, que su carácter prosopopéyico, psicodélico e hiperactivo es fruto de la radiación de unas pruebas con artefactos nucleares sucedido cerca del mar, o que cada uno de los protagonistas representa diferentes partes del aparato sexual de una mujer, con el propio Bob Esponja desempeñando el rol del tampón.