Tesoros arrancados a la historia

Cuerno de elefante expuesto en el Museo de Arqueología y Bellas Artes. /Henar Sastre
Cuerno de elefante expuesto en el Museo de Arqueología y Bellas Artes. / Henar Sastre

El Museo de Valladolid cumple en diciembre 50 años de su instalación en el palacio de Fabio Nelli

Vidal Arranz
VIDAL ARRANZValladolid

El año 1968 estuvo repleto de acontecimientos; la mayoría de ellos relacionados con el espíritu de ruptura y con los sueños de un mundo nuevo. Quizás por esa razón pueda sorprender que justamente en esa fecha se produjera un hecho histórico de muy distinto signo: la instalación del Museo de Arqueología y Bellas Artesde Valladolid en su sede definitiva del Palacio de Fabio Nelli, tras 90 años de estrecheces y provisionalidad en la planta alta del palacio de Santa Cruz. El 7 de diciembre (re) nacía un museo dedicado al pasado -el pasado de la provincia- cuando en todo el mundo parecía que lo único que importaban eran el convulso presente y el idealizado futuro. Y, por si fuera poco, la nueva institución surgía bajo la batuta de una mujer, Socorro González de Madrid, en un impremeditado gesto de modernidad. A su lado, en los años de gestación del nuevo museo que no llegó a ver, Federico Wattenberg, figura clave de la historia museística de Valladolid, por su papel como director del Museo de Escultura, que se encargó del diseño expositivo de Fabio Nelli. Una hija suya, Eloísa Wattenberg, dirige el centro desde hace más de 20 años, en lo que parece uno esos misteriosos bucles que van tejiendo la historia y el destino.

El Museo de Fabio Nelli, como es popularmente conocido, ocupa uno de las más notables muestras de la arquitectura civil del siglo XVI, y es uno de los recintos culturales menos transitados por los vallisoletanos, pese a su incuestionable interés. «Somos los que nos ocupamos de la antigüedad y lo tenemos a gala», explica su directora. No por casualidad, surgió en 1876 como Galería Arqueológica del que luego sería el Museo de Bellas Artes de Valladolid, uno de los cuatro primeros de España. Ese primer museo finalmente se desgajaría en dos: el Museo Nacional de Escultura Policromada y el Museo Arqueológico de Valladolid. Pero en Fabio Nelli no sólo hay fósiles prehistóricos, lascas antiquísimas, o piedras de un remoto pasado de la provincia, sino también una colección de objetos de arte deslumbrante que el vallisoletano prejuicioso ni siquiera imagina. Y es que no menos del 40% de las piezas que se exponen son pinturas (mayormente en tabla), esculturas, orfebrería, mobiliario, cerámica… entre otros tesoros. Incluso restos tan insólitos como el fósil de parte de la cabeza de un mastodonte, un pariente de los elefantes, de un tamaño muy superior, que paseó por estas tierras hace 12 millones de años, mucho antes de que los humanos aparecieran sobre el planeta.

«Somos los que nos ocupamos de la antigüedad y lo tenemos a gala» Eloísa Wattenberg, directora del museo

El Museo Arqueológico nació, paradójicamente, con un déficit de fondos arqueológicos. Pero para cuando llegó a su sede actual, la carencia se había corregido en parte, gracias a las excavaciones en las necrópolis de Simancas, Piña de Esgueva, y San Miguel del Arroyo, así como las piezas aportadas por las de Soto de Medinilla, Almenara, Becilla, o Villa del Prado. Pero la eclosión se producirá ya en la etapa más moderna del museo gracias al hallazgo del conjunto campaniforme de Fuente Olmedo, único en Europa, o los ajuares de los sepulcros de los Zumacales y Villanueva de los Caballeros, o los tesorillos celtibéricos (con torques, pendientes de plata y todo tipo de orfebrería vaccea) y los abundantísimos materiales de la Segunda Edad del Hierro encontrados en Padilla de Duero. Como muchos de los objetos arqueológicos del museo, fueron arrancados a la historia desde los enterramientos que los mantuvieron ocultos, al tiempo que evitaron su destrucción.

También en esta etapa 'moderna' se encontró otra pieza clave de la colección: la tessera de Montealegre, un documento labrado en piedra en el año 134 que da fe de un pacto de hospitalidad entre una comunidad indígena y los romanos. El museo expone también los restos de un excepcional plato de vidrio procedente de oriente, que debió ser un obsequio tras la firma del acuerdo.

Mosaico de Diana y las Estaciones encontrado en Villa del Prado.
Mosaico de Diana y las Estaciones encontrado en Villa del Prado. / Henar Sastre

El mosaico de Dianay las Estaciones, del siglo IV, que se expone en la sala 8, es uno de los más relevantes de los encontrados en Villa del Prado, y otra de las joyas del museo. Como también lo son las pinturas del siglo XIV arrancadas del convento de San Pablo de Peñafiel, entre las que destaca la del Juicio Final, en la sala 11, con la que se inician las dependencias dedicadas a las Bellas Artes. En ellas se exhiben, entre otras muchas obras notables, una Adoración de los Pastores de Vicente Macip, una figura clave de la pintura renacentista, o una custodia relicario elaborada en bronce con esmaltes y que originalmente estaba en San Pablo. De este mismo convento procede una arqueta de madera pintada en oro y decorada con cristal de roca elaborada en Venecia, lo que la delata como un encargo excepcional. «Se cree que se recibió en Valladolid junto con la ropa para bautizar a uno de los hijos de Felipe III, seguramente su hija Ana Mauricia, que ya adulta se casaría con Luis XIII y sería reina de Francia», explica Eloísa Wattenberg García. Y también en las salas de Bellas Artes se exhibe un roponcillo de niño, elaborado en terciopelo en el siglo XV, que es una pieza excepcional en el mundo de la indumentaria española, muy apetecida por el Museo Nacional del Traje, que querría sumarlo a su colección.

Tributo a la historia vallisoletana

Pero Fabio Nelli es, sobre todo, un museo dedicado a la historia de Valladolid, y en sus estancias es posible encontrar un sin fin de piezas que, más allá de su mayor o menor valor artístico, adquieren relevancia desde esa perspectiva. Por ejemplo, los pocos objetos que se conservan relacionados con el Conde Ansúrez, el repoblador de la ciudad, al que ahora se dedica una pequeña exposición con motivo del 900 aniversario de su muerte, en 1118. En la sala dedicada a recordarlo puede verse una espada que la tradición le atribuyó, aunque sabemos a ciencia cierta que no pudo ser suya porque es muy posterior, del siglo XV. El centro de la dependencia lo ocupa una maqueta que recrea cómo debía ser la Valladolid de entonces, apenas una villa de escasa entidad que tenía su epicentro en la plaza de San Miguel (que entonces era de San Pelayo). Alrededor de su iglesia y de la otra iglesia existente, hoy desaparecida, la de San Julián, se organizaban las pocas viviendas con que la ciudad contaba entonces. Otra maqueta excepcional, la que reproduce la Valladolid de 1738, según el plano de Ventura Seco, da fe de la radical transformación que se produjo en apenas seis siglos. También merece destacarse un dibujo del Campo Grande, de 1788, obra de Diego Pérez Martínez, que permite identificar todos los edificios religiosos y asistenciales que rodeaban el jardín, que todavía era poco menos que un espacio abierto y casi sin vegetación, y que aún no había adquirido su actual aspecto.

No menos relevante resultará al estudioso, o al aficionado, la contemplación de un retrato del Cardenal Mendoza que tiene la peculiaridad de mostrarlo ante el Colegio de Santa Cruz tal y como era en aquella época, antes de su reforma neoclásica. O la visión de los mocárabes que adornaban el techo del Palacio del Almirante -edificio que fue derribado para construir sobre él el Teatro Calderón- y que son de los pocos restos que se conservan.

Las cajas de seguridad de la época, con sus intrincados sistemas de seguridad interiores, llamarán la atención de los más curiosos. Especialmente el arca de la Universidad, del siglo XVII, en la que es de suponer que se guardarían los documentos importantes. Otro mueble históricamente relevante es el sarcófago del infante don Alfonso, el tercer hijo de Sancho IV y de María de Molina, que murió a los 13 años y está enterrado en San Pablo. Tesoros, y tesorillos, arrancados a la historia y que permiten al visitante recrear un pasado al tiempo lejano en el tiempo y próximo en la distancia. Un pasado al que no podemos acceder, pero sí evocar.

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