Una clase magistral con Miguel del Arco

Miguel del Arco da explicaciones a los alumnos en la sala del Centro Miguel Delibes. /Henar Sastre
Miguel del Arco da explicaciones a los alumnos en la sala del Centro Miguel Delibes. / Henar Sastre

Miguel de Arco impartió el taller ‘Dirigiendo a Hamlet’ a los alumnos de la Escuela Superior de Arte Dramático de Castilla y León

Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Inquieto y culo de mal asiento, se le puede llamar actor, guionista, dramaturgo, director de escena, cineasta,... y desde hace año y medio también empresario como alma mater que es del Pavón Teatro Kamikaze de Madrid. «Iba a ser un año sabático», asegura, y de la noche a la mañana se vio inmerso hasta las cejas en un proyecto que hoy es referencia teatral ineludible, tal y como acaba de confirmar el Observatorio de la Cultura 2017 al situar al Pavón en el puesto 25º de las instituciones culturales de este país.

Miguel del Arco (Madrid, 1965), que en abril llevará a escena ‘Ilusiones’ –un texto del joven ruso Ivan Viripaev– y después de verano se estrenará en la ópera con un texto de ‘Fuenteovejuna’ y partitura de Jorge Muñiz, pasó por Valladolid para ejercer de maestro en la Escuela Superior de Arte Dramático (ESADCyL) donde impartió el taller ‘Dirigiendo a Hamlet’.

No se prodiga en estas lides, ¿qué intenta transmitir en sus clases?

–Principalmente apoyar una manera de hacer porque lo que hacen tanto José Manuel (Mora) como Elia (Muñoz) es lo que hay que hacer en las escuelas, conectarlas con una experiencia profesional. Recuerdo cuando era alumno preguntándome ‘¿Y ahora qué hago?’. No había ningún tipo de puente, y esta es una profesión eminentemente práctica. Si no haces, no aprendes. Lo que se hace aquí es básico. No hay dogmas de fe, y las escuelas deben ser espacios donde dar armas y herramientas a los estudiantes para explorar sus propias intuiciones.

¿Qué les contamos del momento que atraviesa el teatro?

–Suelo ser optimista, y creo que es un buen momento pese a la situación que atraviesa la cultura en este país. Leía unas declaraciones de Paul Thomas Anderson en las que decía que España «es un mal lugar para el cine de autor». Claro, él llega, ve su película doblada y se pregunta ‘¿Esto qué es?’. Y yo le entiendo perfectamente porque es una aberración para el trabajo de un actor, de un director y del guionista. Tenemos un país que está educado en huir de los subtítulos. Y con la cultura pasa lo mismo. No nos importa.

¿Nos quejamos poco?

–Los españoles somos muy dados a protestar, pero en el bar. Habiendo oído lo que hemos oído, y que sigamos dudando que el PP es un partido que debería pasar por una expiación y reflexión. Es absurdo que no veamos a nadie dando explicaciones y que se les siga votando. Es aquello de defender lo mío aunque esté podrido.

¿El problema radica en generar reflexión?

–Al poder siempre le ha incomodado y no le conviene un ciudadano con espíritu crítico. Pero tener espacios en los que se junta la gente para reflexionar sobre lo que está viendo es más necesario que nunca.

No hace mucho nos lamentábamos por la falta de autores y ahora salen como setas.

–Sí. Estamos en un momento dulce para la dramaturgia porque se está escribiendo mucho y bien. ¿Cuál es el problema? Que no puede ser que un Teatro como el Pavón, que es privado, esté estrenando muchos más dramaturgos que el Centro Dramático Nacional. Por un lado está muy bien y se traduce en una medallita para nosotros, pero son ellos los que tienen que apoyar esta corriente que hay de grandísimos dramaturgos. ¡Arriésgate con gente desconocida! Es un buen momento para el teatro pero seguimos metidos hasta el cuello y más allá en la precariedad más absoluta.

«Seguimos metidos hasta el cuello en la precariedad más absoluta»

¿Se acomodó la profesión en la política de la subvención?

–No creo. Nosotros mismos no prescindimos de las instituciones, de hecho las perseguimos. Lo que no hemos hecho es esperarlas. Hay una parte de la producción que la crisis ha venido a sacudir, y que está en el apartado de los riesgos. Nos pasó con el proyecto del Teatro de la Ciudad, íbamos por todas las instituciones explicando lo que íbamos a hacer y todos estaban de acuerdo, pero allí no se concretaba nada. Así que decidimos hacerlo esperando que luego todos se fueran sumando. Y así fue. Con el Pavón también ha pasado. La primera subvención llegará, espero, este año, y ya llevaremos dos años funcionando.

«En el Teatro Pavón no prescindimos de las instituciones pero lo que no hacemos es esperarlas»

¿El secreto está en saber adaptarse?

–Simplemente la historia se tiene que contar con lo que tienes. En su momento hice ‘Refugio’ con el Centro Dramático Nacional y conté con un presupuesto que nos permitió una buena escenografía. Ahora voy a montar ‘Ilusiones’ y no tengo dinero, así que voy a juntar todas mis escenografías, me tendré que reciclar y veremos lo que sale. Hay veces que es duro porque te tienes que reinventar en cada montaje y te preguntas por qué no tendré un puesto en el ministerio.

Usted pudo tener uno...

–Sí, pero no me veo. He padecido mucho los sistemas de producción cuando he estado como director artístico, y no me gustó. Nos dedicamos a una actividad creativa y eso está sujeto a cambios.

 

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