Javier Martínez: «El arte ha de buscar la complicidad de las personas»

Javier Martínez./Henar Sastre
Javier Martínez. / Henar Sastre

El responsable del Festival de Teatro de Calle, protagoniza el libro 'Vida y teatro'

VIDAL ARRANZValladolid

Javier Martínez tiene el aspecto de un sabio despistado, como si pasara por la vida reconcentrado en sus pensamientos. Pero no es exactamente así. Cuando su mirada conecta con otra persona, su rostro se despliega en una sonrisa bondadosa, y generosa que conquista. Hay que añadir, además, que el responsable del Festival de Teatro de Calle de Valladolid es un gran conversador, y de ello da fe en 'Vida y teatro', un libro-entrevista que se presenta este viernes viernes, 5 de abril, en el LAVA (18.30 horas), y que ha hecho posible su hermano Julio Martínez, editor de Fuente de la Fama.

Un libro en el que se invierten los papeles, y por una vez el hermano mayor asume la posición admirativa del pequeño para rendir homenaje a un hombre sin el cual la calidad ciudadana de Valladolid no sería la misma. Estamos ante una de las figuras más importantes y reputadas en Europa en el terreno de las artes escénicas de calle. Programador también de nuevas formas teatrales como responsable del Ambigú antes y el LAVA ahora.

–El libro 'Vida y teatro' se abre con un prólogo del profesor Enrique Gavilán en el que sugiere que vivimos un momento social con déficit de experiencia y que las nuevas formas teatrales vienen a cubrir esa laguna.

–Se han perdido las grandes referencias. No existen experiencias fuertes. En general el arte es la posibilidad de copiar, recrear y crear. Pero si careces de referencias importantes de donde copiar, estás atascado y tienes que buscar otras fórmulas de salida. De ahí que vayamos hacia un teatro en el que el texto pasa a un segundo plano en favor de la sugerencia. La vida que llevamos es, en general, muy frívola y muy centrada en lo inmediato. Para mí el arte siempre ha sido la oportunidad de desmontar la realidad para volverla a montar desde una dimensión más alta.

–¿Qué quiere decir con «una dimensión más alta»?

–Algo que está por encima de nuestro propio transcurrir. Quizás tiene que ver con la conciencia de la muerte, de que esto se acaba. Me gusta Carlos Castaneda cuando dice que solamente hay un camino que recorrer en la vida y es el que conduce a la muerte. Es un camino que hay que recorrer solo, pero con corazón. Eso tiene mucho que ver con el espíritu del guerrero.

«Quiero extender la programación del TAC a lo largo de todo el día»

«Así como el escenario del teatro de calle tiene 360 grados, sería muy interesante que el festival se prolongara durante las 24 horas del día. De modo que el público se viera rodeado por un acontecimiento artístico en todo momento y lugar», asegura Javier Martínez, responsable del TAC vallisoletano. En la edición de este año se van a dar los primeros pasos, incluyendo representaciones durante la hora de la comida y de madrugada. «Este año traemos a la banda Bagad Kemper. Las bagad eran las bandas que marchaban en la primera línea del Ejército en la batalla. Y me apetecía ver cómo sería encontrártela por el Paseo del Cauce, de madrugada, al tiempo que amanece en la ciudad. Lo vamos a intentar este año. Veremos cómo funciona extender las funciones a la hora de la comida y la madrugada». También reivindica que el festival debe abrirse a Europa. «Sería interesante hacer coproducciones con gente de nuestra ciudad, pero dirigidos por gente de otros lugares, con el fin de abramos el campo de las referencias, para aprender nuevas ideas».

–Sin embargo, vivimos en una cultura hiperhedonista, pero que se esconde de la muerte.

–No hay conciencia de la muerte, no interesa. Ni tenemos sentido del duelo. Hay una gran contradicción entre la falta de conciencia de la finitud, y de la limitación del otro, y nuestro leit motiv de que hay que vivir la vida al límite. Hay una gran frivolidad. Hay una preocupación por cómo ganarte la vida, pero no existe una responsabilidad existencial. Es importante recuperar el respeto.

–Hemos pasado del placer de discutir sin enfrentarse a una cultura pugilística del debate. Hoy dialogar es casi imposible.

–No aprendemos a discutir sino para contradecir. Hablando sobre la conversación, decía Montaigne: «Al contradecir y ser nosotros mismos contradichos ocurre que el fruto de la conversación es perder y anular la verdad». Al morir Franco emergió una nueva realidad en la que de repente se descubre el placer de discutir. El placer de entender al que estaba a tu lado, y el placer de ser entendido. Pero luego, ya en la democracia, se perdió todo eso. Y hoy, además, estamos perdiendo la capacidad imaginativa, la generosidad, la creatividad….

–Coloca el arte del lado del silencio y frente al ruido. Explíquese.

–La gente se siente identificada con la despersonalización de los bares donde el ruido es tan abrumador que no se puede hablar. Es el miedo a mirar a los ojos, el miedo a poderte encontrar contigo mismo frente a otra persona. El teatro te brinda esa posibilidad, en la oscuridad del patio de butacas, pero ese misterio se ha perdido en la vida cotidiana. Yo en el arte siempre he defendido el valor del silencio. A mí me interesa el arte concebido como complicidad, frente a lo espectacular; como singularidad, frente a lo popular; como silencio frente al ruido. Buscar la complicidad entre las personas, porque es ahí donde el hombre se hace impecable, como diría Castaneda.

–¿En qué consiste esa impecabilidad?

–Ser impecable contigo mismo es tener una capacidad crítica frente a las cosas, generosidad, intentar ser coherente, no estar sometido a las nuevas tecnologías… Ser íntegro y honrado contigo mismo y con la vida. Coherente con tus convicciones.

–Durante una temporada convivió con otros jóvenes en un piso de la calle Asunción. En el libro explica una de sus normas: «Para nosotros era más importante mantener el respeto por el otro que tener razón». Debería enseñarse en las escuelas.

–Decía Horacio que es más importante la amistad que la justicia. Entender esto es fundamental. Entender que es más importante el respeto al otro, para llegar a un sentido de esencia de comunidad, que llevar la razón.

–En el libro hay una reivindicación de la calle como espacio de los ciudadanos y de la libertad. Pero al tiempo una advertencia crítica sobre ciertos usos como las carreras solidarias o la Feria de Día.

–Lo que me preocupa es el modo como se envuelve todo eso. Yo estoy a favor de que el espacio público sea utilizado con una dimensión más alta. La calle es un espacio de relación de la gente y si intervienes en ella debe ser para favorecer religiosamente esa relación. Echo en falta aportar algo que dé a esas actividades un sentido más profundo. No soy yo quien para decir qué hay que hacer en la Feria de Día, pero me parecería interesante organizar un encuentro internacional de bandas. Que la gente pueda escuchar músicas diversas mientras se toma un vino.

–La vivencia lúdica de la calle que algunos pudimos conocer en nuestra infancia hoy parece haberse perdido por completo.

–Se ha perdido absolutamente. Hoy no sabes quién es tu vecino de al lado. Hemos perdido un sentido de comunidad que había entonces y que era muy importante. La familia de la casa de al lado era como tu familia. Ese sentido comunitario proporcionaba un enriquecimiento humano muy valioso que se ha perdido. Y eso lo daba la calle. Ahora es imposible. Hemos llegado a un grado tal de despersonalización que hasta preferimos no encontrarnos con un vecino en el ascensor y subir solos. Produce un cierto pavor por cómo están evolucionando las cosas. La única salida es el arte, que te da una riqueza personal y una mirada de más larga perspectiva que refuerza ese sentido comunitario.

–Su vocación teatral nace en los jesuitas. De esa experiencia afirma en el libro: «El teatro era un espacio donde realizar los deseos sin vivir atemorizado por la culpa».

–El sentido del juego es fundamental para mí. Las artes escénicas yo siempre las he entendido desde ahí, en el sentido en que Winicott, el psicoanalista inglés, decía del juego que es la creación de un campo envolvente que proporciona al individuo la posibilidad de satisfacer un deseo sin chocar con la realidad. El sentido de culpa, que es muy importante en la vida, y más en estos tiempos, queda en suspenso en el arte, lo que resulta liberador. El arte posibilita eso y te permite entender que cada cosa tiene su momento. Te enseña a no bailar antes de que suene la orquesta.