Algo habremos hecho

‘1980’ ajusta cuentas para recordar el papel de la Prensa, la Iglesia, la Política, la intelectualidad y la ciudadanía frente a ETA

Algo habremos hecho
EL NORTEvalladoldi

Iñaki Arteta siempre llama dos veces, o tres, o cuatro, para volver, como un martillo pilón, a la infamia padecida en el País Vasco y en toda España por culpa del terrorismo de ETA. Pero en esta ocasión su análisis exhaustivo es más incómodo porque señala con el dedo también a la galería para preguntarnos qué hacíamos nosotros mientras ETA asesinaba.

Su película, 1980, repasa aquel año terrible que se despertaba con un asesinato perpetrado por los terroristas cada tres días y un atentado cada dos. Pero la distancia se ha aliado con el realizador bilbaíno para mostrarnos la actitud general de una sociedad cobarde en el mejor de los casos; indulgente y comprensiva con la banda armada, no solo desde el nacionalismo vasco sino desde un amplio sector intelectual de izquierdas que aún relacionaba a aquellos encapuchados con la lucha anti franquista, y distante e indiferente con el drama de las víctimas desde un sector más amplio aún de una sociedad convencida de que víctimas y verdugos tenían razones ocultas y ajenas al resto para mantener esa guerra.

Producen escalofríos algunos testimonios recogidos por Arteta de hijos o parejas de las víctimas que recuerdan aún con amarga incredulidad cómo los familiares de los asesinados debían hacer frente a acusaciones de todo tipo. «Algo habrá hecho si ETA lo ha matado» era la frase que se encontraban en el ambiente irrespirable de los pueblos y las ciudades vascas. Igual de escalofriante es la distancia hipócrita e inmisericorde de una iglesia nacionalista, cómplice directa, en muchos casos, de los asesinatos, simpatizante desde el púlpito y alentadora de una ambigüedad que aún hoy se empeña en sobrevivir en el discurso de quienes justificaron la lucha armada como un medio natural y honroso de lograr un objetivo político.

Sin embargo, como bien refleja la película de Arteta gracias a la inclusión de no pocos testimonios directos y de un profuso trabajo de documentación, el objetivo desestabilizador de ETA político-militar gozaba de grandes aliados. Desde un gobierno francés que aún acogía impunemente a terroristas en su territorio, hasta miles de víctimas extorsionadas que financiaron a la banda, sometidas por la inmensa red de ayudantes, buenas personas en su vida cotidiana, incapaces de coger un arma, pero dispuestas a abrir una puerta en el momento necesario o, como ocurriera en Salvatierra durante el control de una carrera ciclista y donde tres guardias civiles fueron ametrallados, para advertir a los terroristas, cuando ya se iban, de que uno de ellos aún estaba vivo.

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