Pablo Trapero, director de 'La Quietud': «Me motiva crear películas que superen la coyuntura de cada momento»

El director argentino Pablo Trapero, este martes en el Teatro Calderón de Valladolid./Gabriel Villamil
El director argentino Pablo Trapero, este martes en el Teatro Calderón de Valladolid. / Gabriel Villamil

El realizador argentino presenta en la sección oficial de la Seminci su último largometraje mientras rueda la serie 'CeroCeroCero', basada en el libro de Roberto Saviano, y prepara 'Patria' para HBO

Arturo Posada
ARTURO POSADAValladolid

Pablo Trapero (San Justo, Buenos Aires, Argentina, 1971) ha aterrizado este martes en Valladolid para presentar 'La Quietud', largometraje que compite en la sección oficial de la Seminci con una historia de reencuentros familiares cargada de ocultaciones, rencores y dualidades. Trapero, con raíces segovianas, llega desde Casablanca, donde estos días rueda CeroCeroCero, una serie de televisión basada en el exitoso libro de Roberto Saviano. En el horizonte de los próximos meses aparece la adaptación de Patria, la gran novela de Fernando Aramburu que dirigirá para HBO, igualmente en formato seriado. En medio del ajetreo, el realizador argentino saca tiempo para atender a El Norte de Castilla en la Sala de Espejos del Teatro Calderón.

-¿Cómo surgió 'La Quietud'?

-El germen pasaba por hacer un retrato de las dos hermanas que protagonizan la historia. Hay un pequeño y silencioso homenaje a Buñuel en el inicio, con la idea de cierto humor surreal y un melodrama absurdo por momentos. Esos fueron los elementos que existían desde el principio. Desde muy temprano, también surgió la idea de filmar una película en el campo, algo que en Argentina tiene mucho significado, pero contado desde el punto de vista de estas mujeres y de una familia que no parece muy vinculada con la tierra que pisa.

-La película crea cierto desasosiego en el espectador. De 'La Quietud' del título a la 'inquietud' en la butaca. ¿Lo buscó así?

-Sí. Y también tenía la idea de hacer algo al estilo del cine clásico. Hitchcock, por tomar otro referente, donde el suspense te hace sentir inquieto, curioso, emocionado... Hay un claro homenaje a 'Rebeca'. Todo el mundo llega a la casa, donde hay una apariencia y después vemos otro lado. Es lo que propone 'La Quietud': entrar por la puerta principal a la historia e ir descubriendo los laberintos interiores.

-El entorno idílico contrasta con el pasado tenebroso de los personajes, especialmente los de más edad.

-Exacto. Con 'La Quietud' tenía un desafío grande: está narrada en presente, pero parte del suspense se desvela a medida que entendemos el pasado de los personajes. Todo lo que sucede sirve para reconstruir un pasado desconocido, oculto y, en algunos casos, sorpresivo, sobre todo para las generaciones más jóvenes, las chicas.

-Tres actrices, Martina Gusman, Bérénice Bejo y Graciela Borges, sostienen la película. ¿Cómo profundizó en el universo femenino para crear y contar esta historia?

-Uno de los trabajos que más me gustan en el proceso de hacer una película pasa por entender, o tratar de entender, qué les pasó a esos personajes para llegar adonde están. O qué piensan para salir del momento actual. Es una de las tareas más lindas a la hora de construir un relato: encontrar el universo que habitan y la vinculación con la historia. En este caso, el desafío era adicional: no se trataba sólo de una cuestión de género, sino también de abordar un universo visual y una cuestión de clase que no tienen que ver con mi mundo personal. La mayoría de mis películas no tienen que ver con mi realidad. Te podría hablar también de 'Carancho' o 'Elefante blanco'. Ser director te da la posibilidad de descubrir nuevos mundos y de aprender de este tipo de personajes.

Cartel de 'La Quietud' en su estreno en Argentina
Cartel de 'La Quietud' en su estreno en Argentina

-¿Cuáles fueron las mayores dificultades en el rodaje de 'La Quietud'?

-Hubo dos desafíos importantes. El primero, combinar las agendas de todos los actores, todos famosos, con mucha trayectoria y muchos proyectos. Que estuviéramos todos en el momento justo y en el lugar preciso resultó bastante trabajoso. También fue un reto conseguir la casa, un lugar muy especial. No siempre las familias quieren abrir sus puertas para un rodaje y, por la situación económica que tienen, no hay dinero que logre hacer que cambien de opinión. Encontrar la casa fue todo un desafío... y un hallazgo.

-¿Cómo es para usted trabajar con su pareja, la actriz Martina Gusman?

-Para algunas cosas, resulta más fácil. Para la mayoría. Martina es una gran actriz y yo la admiro mucho. Por eso quiero trabajar con ella. En otras ocasiones, las menos, es más difícil: no hay una diferencia entre casa y trabajo, por ejemplo. La comunidad de los que hacemos películas acostumbramos a compartir momentos con mucha intensidad. Mis mejores amigos, a los que conozco desde hace más de veinte años, hacen cine y disfruto mucho con ellos. Hacía varios años que no filmaba con Martina, desde 'Elefante blanco'. Si fuera una experiencia traumática, no la habríamos repetido. Quería hacer un personaje para ella con la intensidad de 'Leonera'. Empecé a escribir pensando en la complejidad y la cantidad de matices que muestra el personaje. Su mirada de mujer me ayudó mucho en el proceso. Disfruté mucho de lo que pasó cuando filmábamos en el set y ella también.

-Leí que Bérénice Bejo, la otra actriz protagonista, ansiaba rodar en su Argentina natal, pero desconocía que la historia de 'La Quietud' se desarrollaría con la dictadura militar como telón de fondo y que le costó asimilarlo por sus circunstancias familiares. ¿Qué trabajo tuvo que hacer usted en este sentido?

-Bérénice se marchó con su familia [a Francia] de niña y para ella era importante rodar una película en español en Argentina. Cuando la llamé para filmar 'La Quietud', le conté mis ideas y lo que quería escribir. Tanto ella como Martina saltaron al proyecto mucho tiempo antes de tener el guión. Para mí fue mucho más lindo escribir sabiendo quiénes eran las actrices. Para Bérénice también supuso una sorpresa descubrir cuánto tenía en común su vida con el personaje de ficción.

-Además, se da una conexión personal con Bérénice Bejo que trasciende lo puramente fílmico.

-Es algo anécdotico pero simpático. Nos conocimos en 2011, cuando Martina era jurado en el Festival de Cannes. Fue el año de 'El Artista' [The Artist], la película de Bérénice que dirigió Michel Hazanavicius, su esposo. Uno de los comentarios aquel año fue lo parecidas físicamente que eran Bérénice y Martina. Con los años nos fuimos haciendo cercanos. Ellos vinieron a Argentina, nosotros fuimos a París. Descubrimos que teníamos muchas cosas en común: directores casados con actrices que trabajan juntos, hijos en edades similares... Son cosas estimulantes para un proyecto. Cuando Bérénice vino a Argentina, prefería no estar en un hotel y se quedó en nuestra casa en el campo. Luego, llegaron Michel [Hazanavicius] y los chicos. Compartimos unas semanas muy lindas fuera del set. Ese ambiente también condiciona el resultado de lo que luego vemos en la pantalla. La experiencia también va escribiendo la película: tenés una cámara, un guión, pero en el medio está la vida. Una película es un proceso de muchos meses y si algo te enriquece personalmente, también enriquece el proyecto.

-'La Quietud' ha sorprendido a muchos espectadores por el cambio de registro que acomete como director. ¿Le gusta reinventarse, no repetirse?

-Sí. Después de 'El clan', tenía otros proyectos similares, pero preferí aparcarlos. Decidí retomar otra idea, con un relato muy distinto. Es lo que aprendí de los directores que me gustan. Por supuesto, hay un sello que identifica a los grandes realizadores, pero también es lindo sorprenderse. Volviendo a Buñuel: 'Simón del desierto' y 'El discreto encanto de la burguesía' no parecen dirigidas por la misma persona. Sucede con muchos otros. Para mí es algo adicional: ir al cine y preguntarme '¿con qué me voy a encontrar?'. En este caso, me parecía un momento oportuno para hacer esta propuesta. Pienso que al público le sorprenderá positivamente.

-En las escenas de sexo de 'La Quietud', algunas incestuosas, parece que los personajes van más allá de sus instintos. ¿Cuál era su idea?

-Cuentan varias cosas y, como cualquier escena, tienen varias capas. En este caso, nos permiten ver el discurso de los personajes como una forma, un artilugio: lo que realmente están diciendo es muy diferente. La confesión final de la madre es tremenda, pero también sirve como manipulación y ocultación. El ejemplo más extremo sucede en la larga escena de la noche, donde también hay bastante humor. Nosotros en el equipo la llamábamos 'la escena del ángel exterminador'. Todos dicen cosas, pero carentes de sentido. Lo que verdaderamente ocurre no lo dice nadie. En las escenas de sexo de 'La Quietud' se puede ver a los personajes sin escudo, sin la barrera del lenguaje hablado. Se los ve entregados y pareciera que son los únicos momentos donde aparecen como verdaderamente honestos, donde no mienten, no ocultan, donde se muestran con su vulnerabilidad y sus anhelos.

-Graciela Borges interpreta a Esmeralda, una matriarca durísima, pero su hija Mía (Martina Gusman) acaba siendo aún más implacable...

-Sin desvelar mucho, diremos que queda como un interrogante para el espectador. Si Mía se liberó de Esmeralda o si se convirtió en ella. Si logró reinventarse o si repite la historia. Es una de las grandes preguntas del final de la película. De alguna manera, logra una maternidad parecida pero distinta, más amorosa.

-A pesar de todo lo que sucede en la historia, el vínculo fraternal se antoja irrompible.

-Es el corazón de la película: entender el límite que se transita, pero que también habla de la necesidad de amor. Uno puede imaginar que las dos hermanas se han estado protegiendo para aislarse del mundo exterior.

-¿Qué piensa Pablo Trapero de los críticos de cine? ¿Le influyen sus reseñas?

-Mentiría si dijera que no me importan, pero para mí la crítica también es la del público, por ejemplo la gente que está aquí en la Seminci. El espectador que ve la película tiene muchas formas y resulta difícil de definir. El crítico se sienta y escribe: es un espectador con una función distinta, al igual que sucede con el programador de un festival. Es importante la opinión de un crítico, pero no deja de ser una más. Cuando la crítica no resulta favorable, me inquieta más, pero desde muy temprano aprendí cómo funciona esa relación. Nos sucede a directores y actores: uno se expone a la mirada exterior, pero a la vez no quiere ser mirado. Pasa en todos los lados: también con los deportistas. Lo sano es entender que forma parte del proceso. Para mí es importante recordar que las películas tienen un proceso más largo que el periodo de estreno. Sucede igual con los resultados de la taquilla: son circunstanciales.

-¿Qué le motiva?

Me motiva crear películas que superen la coyuntura del momento. Cuando rodaba 'Mundo grúa' tenía 25 años, la gente me miraba como si estuviera un poquito loco: una película que filmé durante un año y medio sobre el desempleo en Argentina, en blanco y negro, de un tipo de 50 años que no era actor... No había nada para que fuera exitosa. Luego, ganó un montón de premios y fue un éxito comercial en Argentina. Sucedió lo mismo con 'El clan'. La gente me decía que era muy dura, que empezaba mal y terminaba peor, que transcurría una época que nadie quería ver en Argentina y que no iba a ser entendida fuera... Batió todos los récords en mi país y ganó todos los premios en extranjero. Y, en contraposición, está el caso de 'Familia rodante', que no tuvo mucho éxito en Argentina, pero sí en Europa. Es difícil medirlo todo con números y estrellitas porque la relación de cada película con el público tiene un componente subjetivo y muy íntimo.

-¿Cómo afronta la adaptación de la novela 'Patria' en la serie que empezará a rodar próximamente para HBO? Usted está acostumbrado a controlar buena parte del proceso de creación (guión, rodaje, montaje...) y aquí se limitará a la dirección.

-Es una de las cosas interesantes y forma parte del aprendizaje. Sucede lo mismo con el rodaje en que ando inmerso estos momentos, CeroCeroCero, la novela de Saviano. Se trata de un trabajo más colectivo, aunque el cine siempre lo sea. La división de tareas hace que todo el trabajo cristalice de una manera más directa. La historia es alucinante y el desafío, enorme. Estoy muy, muy entusiasmado.

Pablo Trapero, este martes en Valladolid.
Pablo Trapero, este martes en Valladolid. / Gabriel Villamil