La mosca que no quiso ser Charlot

La icónica escena del reloj en 'El hombre mosca'./
La icónica escena del reloj en 'El hombre mosca'.

El Auditorio Miguel Delibes acoge la proyección del filme clásico de Harold Lloyd con acompañamiento de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León

Samuel Regueira
SAMUEL REGUEIRAValladolid

Había tres. Charlot (el vagabundo de Charles Chaplin), Pamplinas (la Cara de Palo de Buster Keaton) y Gafitas. Harold Lloyd también fue, esencialmente; tres: Willie Work, Lonesome Luke... y Él. En su búsqueda de un personaje cómico que gozara del favor del público y el éxito que cosechara Charlot; Lloyd, hijo de unos comerciantes que labró su camino en pequeños papeles como villano del western tras aterrizar en Hollywood dejando atrás sus troupes de teatro vodevil, encontró su oportunidad a través de la persona menos esperada: un camionero en paro y extra de rodajes, Hal Roach, que fruto de una jugosa herencia se lanzaría a la creación de una productora dedicada a descubrir talentos humorísticos.

Primero llegó 'Willie', recuerda Lluís Bonet Mojica en 'El cine cómico mudo. Un caso poco hablado', magnífica reflexión sobre el género y sus protagonistas prologada por Manuel Vázquez Montalbán. El desigual éxito de este personaje, más sujeto a los caprichos de un mercado voraz que a una calidad artística propia, propició una breve ruptura entre Roach y Lloyd, que se solucionó, como los mejores desacuerdos, con más dinero para el artista.

Después hubo de llegar 'Lonesome Luke', y nadie lo cuenta mejor que César M. Arconada en su novelada biografía sobre el cómico –que incluye, además, un capítulo divertidísimo e inolvidable sobre su experiencia como cronista de sucesos– para abordar la obsesión de Lloyd con no parecerse a Chaplin:«El modelo influía mucho, bien en los que le seguían, bien en los que deseaban huir de él. Harold era de los últimos. Y, en consecuencia, empezó a construir un tipo, punto por punto, detalle por detalle, oponiéndole al de Charlot». Si uno llevaba pantalón ancho, el otro estrecho; si uno se ajustaba la levita, el otro llevaba una americana suelta, y si los zapatos o el bigote del primero eran grandes, el otro los lucía más discretos.

Y, aun así, para Lloyd no era suficiente. Se puso las gafas de carey que más tarde inspirarían a los dibujantes Siegel y Shuster para crear a Clark Kent, y tomó los modos burgueses del ciudadano pudiente que iba al cine y, pese a su aparente mediocridad, lograba emerger victorioso al final de la película. Todo un logro fue conseguir la identificación del espectador con 'Él', con 'Gafitas', un personaje corriente, respetuoso con la Ley y prototipo del americano de clase media y provinciano que perviviría, por encima de todo, en 'El hombre mosca'.

«Yo haré los chistes»

Sostiene Román Gubern que Harold «rodó sus cortometrajes sin guion y 'El hombre mosca' se comenzó con la célebre escena de Lloyd en la fachada del rascacielos, y a partir de esta escena rodada hubo que componer el resto de la historia».

Enfundado desde 1919 con un guante especial que, como recoge GuillermoBalmori en 'El loco mundo de Harold Lloyd', hubo de llevar después de que una bomba aparentemente inofensiva del departamento de efectos especiales le volase dos dedos de su mano, Lloyd asiste como testigo al germen de la icónica escena, al presenciar cómo un auténtico hombre mosca, Bill Strothers, escalaba por la fachada del edificio Brockman de Los Ángeles.

Strothers no solo terminó recibiendo un papel en el filme, sino que fue el doble de Lloyd en los planos largos de este montaje, un secreto que Harold jamás quiso revelar en vida y que muchos trataron, en vano, de adivinar, al saber que el truco no residía ni en los espejos ni en las maquetas. Hoy la respuesta es sonrojantemente obvia.

«El estudio construyó un decorado con el reloj encima del edificio real, pero a un nivel diferente, de tal modo que con el ángulo de cámara oportuno pudiese dar la sensación de que debajo estaba la calle, y no los colchones que realmente había a unos pocos metros», describe Balmori.

Junto al primer gag de la película, el de la cárcel/estación, el del reloj es el más evocado tanto de 'El hombre mosca' como de la carrera de Lloyd. A este respecto narra el compositor Gaylord Carter una anécdota en su autobiografía, tal y como recoge Annette M. D'Agostino en 'La enciclopedia de Harold Lloyd': en una proyección con música en directo, como la que tendrá lugar este viernes 26 de octubre de 2018 a las 20:00 en el Auditorio Miguel Delibes a cargo de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, cuando Lloyd queda colgando de las manecillas del reloj, Carter improvisó los primeros acordes de 'Time on My Hands' (El tiempo en mis manos). El cómico, allí presente, le miró con burlona severidad y declaró: «Gaylord... yo haré los chistes».

 

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