El danés iconoclasta
Lars von Trier construye un melodrama musical con una mezcla de respeto y transgresión de las normas del género
Jorge Praga
Jueves, 27 de noviembre 2025, 08:06
El director y su época. En su larga trayectoria Lars von Trier (Copenhague, 1956) ha tenido como acompañante habitual la provocación y el escándalo: las ... normas que impuso a sus producciones desde que inventó junto a Thomas Vinterberg el decálogo Dogma 95; las temáticas conflictivas de la posguerra ('Europa'), de la religión ('Anticristo'), del sexo ('Los idiotas', 'Nymphomaniac'); sus declaraciones filonazis en el Festival de Cannes de 2011, del que fue expulsado; en fin, sus manías y rarezas, su aversión a volar que le ha impedido recoger premios o trasladarse a exteriores donde debían rodarse sus obras. Todo ello ha contribuido a dibujar un personaje áspero y caprichoso que le ha cerrado últimamente más de una puerta.
'Bailar en la oscuridad'
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Director: Lars von Trier. Intérpretes: Björk, Catherine Deneuve, Joel Grey. Dinamarca/ Suecia/ Francia, 2000. Jueves, 27, y en los Broadway, a las 20:00 h.
En el otro platillo de la balanza brillan los planteamientos artísticos de Lars von Trier. Desde sus primeras obras, en especial desde la sobresaliente 'Europa', el cineasta ha ido construyendo una filmografía en la que derriba convención tras convención, incluso la misma ortodoxia que él mismo propugna. Rodó dos películas sometido a los diez mandamientos de su Dogma, con especial relevancia para 'Rompiendo las olas' (1996). Pero, pronto, en 2000, rueda 'Bailar en la oscuridad', en la que mantiene ciertos rasgos del decálogo (la cámara en mano, por ejemplo) para quebrar explícitamente muchos otros. Con 'Dogville' (2003) y 'Manderley' (2005) inició una trilogía estadounidense rodada en un plató que no escondía sus tripas teatrales. 'Melancolía' (2011) ha sido su último gran destello, nada menos que la destrucción del planeta envuelta en los acordes sin final del Preludio de 'Tristán e Isolda' de Richard Wagner.
La película. «No se aceptan películas de género», rezaba uno de los mandamientos del decálogo Dogma (también se prohibían las pistolas o la luz artificial del plató, bien visibles en la película). Sin embargo 'Bailar en la oscuridad' se agarra para su construcción a las reglas de varios géneros. En primer lugar, al melodrama. De qué otra forma calificaríamos la historia de una madre que disimula peligrosamente su ceguera para ganar un salario que le permita financiar la operación de su hijo, heredero de la enfermedad materna. Esa obsesión salvadora de la madre traerá crímenes y ejecuciones en un clima de desgarro y lágrimas que Trier borda. Pero la película también lleva en su interior el germen del musical con las preparaciones de una función amateur que nos entrega algunos bailes y la voz desnuda de Selma, interpretada por la cantante Björk. Por si fuera poco, el tramo final se acomoda al canon del cine judicial con las sesiones donde se juzga a la madre y las consecuencias penales del fallo.
Las reglas de cada género se respetan y al mismo tiempo se transgreden con la cámara volandera que salta de un personaje a otro, que nunca se atornilla en un trípode. Una planificación y un montaje cercanos al mareo, acordes con la gestualidad de la protagonista basada en el gran registro de Björk. Por si fuera poco este juego de acuerdos y desacuerdos, Trier esconde una última carta en oposición a todas las demás: la construcción casi ortodoxa de secuencias musicales en las que la narración se congela para dar paso a bailes y ritmos de enorme capacidad seductora.
La marca de autor. Las secuencias de 'Bailar en la oscuridad' buscan un clima creciente de angustia en torno a la ceguera de la protagonista. La cámara nerviosa y el montaje fragmentado intensifican más si cabe el ahogo de las situaciones. Sin embargo Lars von Trier toma la decisión insólita de paralizar la acción en las cercanías de su clímax y deslizarse hacia un universo danzante. La planificación se vuelve entonces estática, el montaje se construye con multitud de tomas (en la secuencia del tren se cuenta que hasta cien cámaras fijas rodaron el baile), la angustia se aplaza hasta que la narración normal, si se puede llamar así, reaparezca. El musical, prohibido por el Dogma por su artificiosidad, reaparece con personalidad propia en estos apartes que tienen su culminación en la escena final, cantada por la voz desnuda de Björk, espléndida en todas las facetas de artista.
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