Cuando Sartre creyó en la Navidad

Jean Paul Sartre, en una fotografía de 1971. /AFP
Jean Paul Sartre, en una fotografía de 1971. / AFP

Su primera y poco conocida obra de teatro, 'Barioná', gira sobre el nacimiento de Belén y fue escrita en un campo nazi

Vidal Arranz
VIDAL ARRANZValladolid

De entre la compleja peripecia vital del filósofo existencialista Jean Paul Sartre destaca un episodio poco divulgado. Y es que hubo una ocasión en la que el ateo más conocido de la Francia de la época creyó en la Navidad. No en la Navidad como mera fiesta mundana, con sus regalos y felicitaciones, sino en el sentido profundo de la celebración: en su capacidad para ser fuente de esperanza y para transformar la existencia. Ocurrió en el año 1940, estando Sartre preso de los nazis en el Stalag 12D. Por entonces, su rechazo de cualquier fe, y especialmente de la cristiana, era bien conocida –había publicado ya 'La náusea'– y, en realidad, nunca dejaría de acompañarle. Pero en esas navidades de 1940, espoleado quizás por la necesidad de ofrecer a sus compañeros presos un soplo de esperanza, Sartre decidió abrir una grieta literaria en su muro de convicciones. En diálogo con los sacerdotes del campo, pero por iniciativa propia, creó una obra, su primera obra teatral, 'Barioná, el hijo del trueno' (editada en España por Voz de papel), que recibió los elogios del clero y que conmovió hasta a los reclusos que la interpretaron.

El teólogo René Laurentin no escatimó alabanzas hacia la obra: «Sartre, ateo deliberado, me ha hecho ver mejor que nadie, si exceptúo los Evangelios, el misterio de la Navidad. Por esa razón le guardo un inmenso reconocimiento». Por aquella época, los sacerdotes presos con los que departía en el Stalag 12D, iniciaron a Sartre en la obra del escritor católico George Bernanos, muy especialmente su 'Diario de un cura rural', que indudablemente le influyó, pues es posible hallar algunas huellas en 'Barioná'.

«Seguramente tengo talento como autor dramático», aseguró Sartre a Simone de Beauvoir en una de sus cartas

Sartre guardaba buen recuerdo de la experiencia de concebir, montar y representar esta obra teatral, con la que descubrió su potencial como autor teatral. Así lo reconoce en una de sus cartas a Simone de Beauvoir: «Seguramente tengo talento como autor dramático: he escrito una escena del ángel que anuncia a los pastores el nacimiento de Cristo que ha dejado a todos sin respiración». Sin embargo, Sartre nunca se sintió del todo cómodo con la obra, que fue editada inicialmente en una pequeña edición dirigida sobre todo a los compañeros de cautiverio, y que tardó en ser incorporada al canon del escritor.

Sartre exigió, además, que la publicación fuera acompañada de una nota en la que aclaraba que 'Barioná' no debía interpretarse como un paréntesis en su ateísmo: «Se trataba, simplemente, de acuerdo con los sacerdotes prisioneros, de encontrar un tema que pudiera hacer realidad, esa noche de Navidad, la unión más amplia posible entre cristianos y no creyentes». Como así fue.

La obra, en cualquier caso, tiene el máximo interés como misterio navideño pues Sartre coloca la fuerza del acontecimiento navideño en un aspecto que conectaba con sus preocupaciones del momento y que no ha perdido actualidad: en su obra Barioná el nacimiento del Dios hecho hombre funda la confianza en que merece la pena vivir, e incluso traer hijos al mundo. Pese a todo el mal, dolor, sufrimiento e injusticia.

Tiranía de Roma

Barioná, el protagonista del relato, es un jefe zelote que decide conducir a su pueblo a la autoextinción, dado que no hay posibilidad de rebelarse contra la tiranía de Roma, y obliga a todos a dejar de reproducirse, para no traer al mundo nuevos siervos. El conflicto surge cuando su mujer Sara, que acaba de saber que está embarazada, se niega a sacrificar la nueva vida en curso. Este es el contexto en el que Sartre sitúa la escena navideña como una fuente radical de esperanza. Será el rey mago Baltasar, interpretado por el propio Sartre en la función del campo nazi, quien convenza a Barioná de la importancia crucial de la esperanza: «Cuando hemos visto esa estrella en el cielo nuestro corazón ha vibrado de alegría, como el de los niños. Nos hicimos como niños y nos pusimos en camino porque queríamos cumplir con nuestro deber de hombres, que es esperar. El que pierde la esperanza, Barioná, ése será expulsado de su pueblo, será maldito y las piedras del camino serán más duras para él y los espinos más hirientes (…) Pero, para aquel que espera, todo serán sonrisas y el mundo le será dado como un regalo».

Y su esposa Sara completará la reflexión: «Te amo, Barioná. Pero compréndeme. Allí hay una mujer feliz y plena (María), una madre que ha dado a luz por todas las madres y lo que ella me ha dado es como un permiso: el permiso de traer mi hijo al mundo».

Finalmente, Barioná se convencerá, aceptará la fuerza de la Gracia y no sólo no matará a ese niño y a su esperanza, como inicialmente pretendió, sino que dará su vida para frenar a los soldados de Herodes y que la sagrada familia pueda escapar. Nunca más volverá Sartre a abrir esa puerta. Su siguiente obra teatral, 'Las moscas', apostará justamente por lo contrario, por el desprecio de Dios como condición de la libertad humana. En su obra navideña, triunfa el Barioná que se deja seducir por la gracia, pero en la vida real y en el resto de la obra de Sartre el que triunfará será el primer Barioná, aquel que proclama: «Soy libre, y contra un hombre libre, ni el mismo Dios puede nada».