Raquel Meller, la diablura del ángel

Hace cien años dio el salto al cine la cupletista que se convirtió en emblema de los locos años veinte

Raquel Meller, la diablura del ángel
Vidal Arranz
VIDAL ARRANZ

«El arte de Raquel Meller me sugiere siempre la misma pregunta: ¿Dónde habrá aprendido este ángel tanta diablura?». De este modo resumía el dramaturgo Jacinto Benavente el misterio de la más célebre cupletista de la historia, la estrella española más internacional de todos los tiempos, y figura de referencia del desenfado y desenfreno de los locos años veinte. Raquel Meller despertó no sólo admiración, sino devoción, y la extraña mezcla de emociones a las que daba forma en el escenario era la clave de una seducción que iba más allá de su belleza. Hace cien años dio el salto al cine, lo que multiplicó su fama por todo el mundo.

Meller podía «ser la mujer y las mujeres, todas las mujeres y toda la mujer, bella de mil bellezas, tierna de mil ternuras, picaresca de las infinitas picardías del instinto, y fogosa hasta el punto de parecer, a veces, arder en una llama que la acaricia y la devora», escribió sobre ella el que fuera su marido, el periodista y escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. «Todo su arte, podemos agregar, es un suspiro, una confidencia, un anhelo íntimo».

El periodista vallisoletano Francisco de Cossío explicó de otro modo la ambivalencia que rodeaba a la cupletista: «He aquí una mujer que, por su voz y su presencia, sin efectismo ninguno, elevó en París la desgarrada españolada a un rango de poesía. Esta transformación de lo auténtico en teatro fue el talismán misterioso que abrió a Raquel Meller las puertas de la celebridad en todos los países del mundo». Y el escritor burgalés Leopoldo López de Saa aún fue más rotundo en su retrato de la cantante y diva: «Es una gitana que mira con los ojos de una emperatriz».

Fueron muchos los artistas e intelectuales que cayeron rendidos ante su inefable personalidad artística, que todos intentaban aprehender, sin lograrlo más que por aproximación. El misterio de Raquel Meller era, de algún modo, el misterio mismo del cuplé, ese tipo de canción que en los años veinte alcanzó una popularidad tal en España que sus melodías sustituyeron a las de la zarzuela como materia prima para el canto de la calle. «¿El cuplé? Pues yo no sé lo que es el cuplé. ¿Será alguna cosa el cuplé?», se preguntaba el poeta Manuel Machado, habitual del género. «El cuplé es un don», respondería Raquel Meller, con la contundencia aparente de quien, a la postre, no resuelve nada, pues ofrece un misterio como respuesta para otro misterio.

A aquellos que no la conocieran más allá de las pompas del escenario les hubiera sorprendido descubrir a la mujer de carne y hueso que se escondía detrás del mito. Nacida en una familia muy modesta de Tarazona (Zaragoza), una tía monja se la llevó a su convento de Perpiñán, donde aprendió a hacer labores y a rezar, dos aficiones que siempre conservó. «En sus épocas de triunfo, los admiradores la sorprenden haciendo ganchillo en su camerino», recuerda la escritora y periodista Lola Aguado en una semblanza del personaje. De su devoción religiosa da cuenta su visita al Vaticano en 1925, cuando el papa Pío IX la recibe en una audiencia especial que desató todo tipo de especulaciones. «Soy, ante todo, una buena católica, muy creyente», aclaró ella.

La dimensión pudorosa de su carácter quizás sorprenda en una figura asociada con un género de canción picante, como era el cuplé. Pero no conviene olvidar que las diabluras de Raquel Meller, como bien supo ver Benavente, era las diabluras de un ángel. Y que la persona y el mito no tenían por qué coincidir. El cineasta francés Jacques Feyder se encontró con la inesperada 'paradoja Meller' en 1926, durante el rodaje de 'Carmen', basada en la célebre obra de Próspero Merimée. «Yo sentía que Carmen se me escapaba de las manos», reconoció el realizador, que había contratado a Raquel convencido de que le ofrecería una visión racial y sensual del personaje. Pero, «en lugar de la gitana caprichosa y apasionada me encontraba con una jovencita púdica cuya inclinación platónica por cierto torero hace, por no sé qué fatalidad, cometer un crimen a Don José». Cuando el cineasta le reprochó que su visión de la historia no coincidía con la del autor, Raquel Meller, haciendo gala del desparpajo, y hasta insolencia, que acompañaron a su figura, respondió: «Me importa un bledo lo que piense el señor Merimée. Y ahora mismo voy a telefonearle para que cambie el argumento».

En otra célebre ocasión el ángel demostró no ser tan celestial. Fue el día que se subió al escenario y propinó un bofetón a La Argentinita, que estaba mofándose de ella en su espectáculo sin saber que la artista parodiada se encontraba entre el público.

«La fuerza enorme de expresión de sus ojos interesa y atrae desde el primer momento», había dicho de ella María Guerrero, que se lamentaba: «¡Qué estupenda actriz se ha perdido con esta moda del cuplé en España!». Pero tal afirmación no es del todo cierta, como hemos visto, porque Raquel Meller sí tuvo ocasión de desarrollar su talento interpretativo, al menos en el cine. Su primera película, 'Los arlequines de seda y oro' la rodó en 1919, unos años antes de la accidentada 'Carmen', bajo dirección de Ricardo Baños. Pero enseguida daría el salto a las pantallas de todo el mundo con 'Los oprimidos', 'La tierra prometida', 'Ronda de noche' y 'Violetas imperiales', que tendría dos versiones, una muda y otra sonora. En 1936, la Guerra Civil interrumpió el rodaje de 'Lola la de Triana'. Ya no protagonizaría más películas.

En su primera juventud Raquel se ganó la vida en un taller de costura, hasta que una clienta vinculada con el mundo de la farándula le brindó la oportunidad de ser artista, oferta a la que ella se agarró sin la más mínima vacilación. Cambió su nombre verdadero, Francisca Marqués López, por el que le haría famosa en todas partes, y se lanzó al mundo de lo que por entonces se denominaban 'varietés', donde logró una creciente notoriedad. Con todo, el salto a la fama se producirá en el año 1911, con sólo 23 años, en el Teatro Arnau de Barcelona, en El Paralelo. Más tarde, su matrimonio con el periodista Gómez Carrillo le abriría las puertas de París, en cuya sala Olimpia se produciría su segundo relanzamiento. Y el colofón llegaría en Estados Unidos.

En la gira americana, Rodolfo Valentino, Pola Negri y Charles Chaplin acudieron a verla a sus conciertos. El último de ellos no se limitaría a ser un mero espectador, sino que brindaría a la artista su amistad; incluso llegó a ofrecerle ser su compañera en la película 'Luces de la ciudad' Finalmente, no fue posible, pero el cineasta 'tomaría prestada' la melodía de 'La violetera', que había popularizado la cantante, como base para el conocido tema principal de su película. Más tarde se vería obligado a reconocer, y compensar, el plagio al maestro Padilla. Pero la fuente de inspiración había sido la cupletista española.

La personalidad interpretativa de Raquel Meller era tan grande que nunca necesitó apoyarse en obras de estreno para alcanzar el éxito. Sus compañeras de oficio pagaban a los compositores más populares 500 pesetas de la época para que les ofrecieran temas nuevos que pudieran estrenar, y con los que destacar, pero Meller nunca necesitó recurrir a esto. Ella tomaba las obras que habían dado a conocer las otras artistas -como 'El relicario', 'La violetera', 'Ven y ven', o tantas otras- y las hacía propias de un modo tal que terminaba eclipsando a la intérprete original.

Gracias a su talento y a su fama internacional logró ganar una verdadera fortuna, pero en su hacienda el dinero salía con la misma celeridad con la que entraba. Buena muestra de su pasión por el lujo es el palacio que se compró en Versalles, y que había pertenecido al barón Dufrente, persona de plena confianza de María Antonieta. Mármoles de Rodin, cuadros de Matisse y hasta un piano de laca que había pertenecido a Mozart decoraban las estancias. Y, sin embargo, cuando el interés por su figura decayó, los problemas económicos la acuciaron y tuvo que liquidar sus posesiones para sobrevivir.

La leyenda rodeaba a la artista con esa pesada niebla tras la que casi todo parece posible. Especialmente cuando la realidad ofrece conexiones entre un mito y otro mito. En este caso, entre Raquel Meller y Mata Hari, la bailarina espía que en 1917 fue fusilada en los fosos del castillo de Vincennes. Meses antes de su detención, Mata Hari había estado alojada en el Hotel Palace de Madrid, donde también residía la cupletista. Allí fue cortejada por Gómez Carrillo, que también pretendía a Meller, con quien terminaría casándose. Tal coincidencia resultó suficiente para que estallaran los rumores sobre la posible implicación de la artista española en la detención de la espía.pero en su época la insinuación agitó la imaginación de las gentes, hasta el punto de que hubo quien interpretó la visita al Papa como un intento de expiación. «Es la máscara de la tragedia», había dicho de ella el director Cecil B. De Mille. Y en su vida no faltaron ni una ni la otra. Como tampoco escasearon el temperamento, la energía y la libertad. No parece que el rumor tenga fundamento, pero en su época la insinuación agitó la imaginación de las gentes, hasta el punto de que hubo quien interpretó la visita al Papa como un intento de expiación. «Es la máscara de la tragedia», había dicho de ella el director Cecil B. De Mille. Y en su vida no faltaron ni una ni la otra. Como tampoco escasearon el temperamento, la energía y la libertad.

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