Periodismo analógico

Cartel de 'Spotlight'. /
Cartel de 'Spotlight'.

Aplicando unas reglas de concisión en el relato que insertan a 'Spotlight' en la tradición de los grandes filmes periodísticos de los años 70, Thomas McCarthy construye una obra modélica

JOSU EGUREN

Mi primer pensamiento tras el fundido a negro final del quinto largometraje de Thomas McCarthy fue hacia la necesidad de revisar los contenidos de la asignatura de 'Ética y deontología' en la carrera de Periodismo para proponer la inclusión urgente de un visionado de 'Spotlight' especialmente orientado hacia los alumnos de primer curso. Haría extensible esta obligatoriedad a los profesionales que resisten en activo, y especialmente a los periodistas que han olvidado las lecciones de Kapuscinski que Thomas McCarthy hace suyas ejemplificándolas a través de los personajes interpretados por Michael Keaton y Liev Schreiber (extraordinario). Periodismo de investigación, magro de sensacionalismo, que incide en la necesidad de invertir tiempo y recursos para producir piezas de información crítica que denuncien los atropellos del sistema.

Aquí el tema de fondo no consiste en revelar la identidad de los cientos de curas pederastas que abusaron de miles de niños en los centros administrados por la archidiócesis de Boston como consecuencia de la laxitud de la jerarquía católica. Lo que está en juego es el examen de una profesión que ha visto como se deterioraba su relación con el público a medida que los lazos con el poder político y económico ahorcaban su independencia. Podemos debatir si la brillantez del análisis está huérfana de soluciones inmediatas, pero es innegable que la contundencia del mecanismo expositivo no deja lugar a dudas sobre cuáles son los vicios que conviene atajar.

Sin la exuberancia que caracteriza los textos de Aaron Sorkin, y aplicando unas reglas de concisión en el relato que insertan a 'Spotlight' en la tradición de los grandes filmes periodísticos de los años 70 ('El último testigo', 'Todos los hombres del presidente') , McCarthy construye una obra modélica que quizá en manos de David Fincher se hubiese aupado a la categoría definitiva de obra maestra.

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