Ejército en las sombras

Cartel de 'El puente de los espías'. /
Cartel de 'El puente de los espías'.

'El puente de los espías' seduce por lo que tiene de inquietante, por lo que tiene de posible, por su lógica implacable y porque demuestra una vez más que la historia se repite

ANTON MERIKAETXEBARRIA

El derribo de un avión espía norteamericano sobre territorio soviético y la captura de su piloto, en 1960, da como resultado un absorbente 'thriller', digno de John le Carré, dirigido con pulso firme por Steven Spielberg, considerado como uno los mejores que sobre la Guerra Fría se hayan realizado nunca. Porque con 'El puente de los espías' estamos ante una intriga interpretada de forma impecable por Tom Hanks, metido en la piel de un íntegro abogado volteriano, encargado de negociar con los rusos un intercambio de agentes secretos en el puente de Glienicke, en Berlín.

La kafkiana burocracia de los servicios de inteligencia, un auténtico ejército en las sombras, está reflejada con garra, al tiempo que se masca la tragedia a cada paso que dan los distintos personajes en conflicto. A partir de ahí, la película pone el acento en la oscura -y en ocasiones sórdida- labor de los servicios de espionaje, cuya importancia no sólo no disminuye, sino que crece y se multiplica con cada nuevo nacionalismo, cada nuevo irredentismo, cada nuevo conflicto bélico. Sobre todo ahora, que las guerras ya no se hacen en las trincheras.

Son espías convertidos en industriosos recolectores de una información que sus clientes -los estados- reclaman de forma incesante y de la que se alimentan con voracidad, en función de unos intereses variables pero permanentes en su naturaleza. Son las sombras que podrían verse en la pantalla oscura de la televisión global -o en las redes sociales tan utilizadas por el fascismo yihadista- si se interrumpiera por un momento el flujo de datos, imágenes, información y frivolidad que colma el éter de las sociedades que hemos dado en llamar liberales y abiertas.

En definitiva, 'El puente de los espías' te seduce por lo que tiene de inquietante, por lo que tiene de posible, por su lógica implacable y porque demuestra una vez más que la historia se repite.

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