Autopista al infierno

Cartel de 'Mad Max: Furia en la carretera'. /
Cartel de 'Mad Max: Furia en la carretera'.

'Mad Max: Furia en la carretera' es una feroz diatriba futurista, metáfora cruel que nos remite de alguna forma a un más que inquietante y negro futuro, que quizás esté más cerca de los que pensamos

ANTON MERIKAETXEBARRIA

Una de las cosas buenas que pueden decirse de esta nueva entrega de la franquicia 'Mad Max' es que no se echa de menos en el reparto a Mel Gibson, reemplazado en esta ocasión por el sólido Tom Hardy, metido hasta los zancajos en la piel del incombustible rebelde a que hace alusión el título. La acción se sitúa de nuevo en un mundo postapocalíptico, que da paso a una salvaje vorágine de fantasía punk con ribetes de heavy metal, capaz de realzar las peripecias del loco Max, en compañía de la radical Furiosa (una rapada Charlize Theron), dispuestos ambos a dar matarile a todo señor de la guerra que se cruza en su camino.

Una escenografía integrada por sujetos extremadamente violentos, al volante de roñosos artilugios mecánicos, que conducen al espectador a lo largo de una caótica autopista al infierno, retratada por la robusta cámara del oscarizado fotógrafo John Seale ('El paciente inglés') con toda intensidad. Al tiempo, la potente banda sonora del popular DJ holandés Tom Halkenborg, más conocido por el sobrenombre de Junkie XL, colabora de forma decisiva en el fuerte impacto de la película, realizada con brío por el veterano cineasta australiano George Miller.

No hay mayor obstinación entre los seres humanos que el enfrentamiento mutuo, es la filosofía que se desprende de la visión del filme, que además propone un novedoso concepto del entretenimiento, pues esconde y simboliza oscuros elementos de la sociedad de hoy en día, al tiempo que se pregunta cómo podríamos sobrevivir después de la hecatombre sufrida tiempo atrás por nuestro maltratado Planeta Azul. Porque con 'Mad Max: Furia en la carretera' estamos ante una feroz diatriba futurista, metáfora cruel que nos remite de alguna forma a un más que inquietante y negro futuro, que quizás esté más cerca de los que pensamos. O puede que ya esté aquí.

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