Un 'mahler' con suspense

Desde la izquierda, Jordi Casas, el trompista de postas, Eliahu Inbal y Maite Beaumont, /OSCYL
Desde la izquierda, Jordi Casas, el trompista de postas, Eliahu Inbal y Maite Beaumont, / OSCYL

La 'Tercera sinfonía', dirigida por Inbal, con la OSCyL y tres coros, llenó el auditorio a pesar del reto para el público: estar 100 minutos sentados

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

La presencia de coros en cualquier programa del Delibes implica lleno, si además hay uno de niños, apenas había un hueco libre. El incansable Eliahu Inbal ocupó el podio, frente a una orquesta redoblada (101 músicos), tres coros y la mezzosoprano Maite Beaumont. En el atril la retadora 'Tercera sinfonía' de Mahler, la que en sus palabras «le iba a dar éxito y dinero», la que se extendió hasta ser la más larga del repertorio. En la memoria de los abonados, la imagen de López Cobos dirigiendo la misma obra en 2011, un mes después de perder un riñón.

«Una sinfonía debe ser como el mundo, debe contenerlo todo», decía Mahler. Nacida al pie de los Alpes austriacos, la meseta la recibió con el inicio de una tormenta. Y sí, esta es la suma de muchas ideas, de muchos recursos, de muchas ambiciones del compositor bohemio. En casi 100 minutos hay ocasión para que casi todos los solistas de viento se lucieran. El primero, Robert Blossom y su trombón en ese grandioso primer movimiento. El segundo timbalero, Tomás Martín, sale en un momento para tocar la caja desde fuera. El oboe de Sebastián Gimeno protagonizó el inicio del segundo movimiento, contado ya 'el despertar del dios Pan', la entrada del verano y lo que las flores del prado le decían a Mahler. Entonces, Inbal, tan enérgico, tan expresivo, tan buen gestor de intensidades y entradas, se va. Suspense en la sala, el público empieza a preguntarse el por qué. El flautista Pablo Sagredo aprovechó para cambiar de silla, en otros tiempos hubiera tenido ayuda. Por fin vuelve el maestro, de nuevo batuta en mano y a por los animales del bosque. Pizzicato de violines que envuelve la melodía de una trompa de postas fuera del escenario, segundo efecto casi cinematográfico. Fuertes contrastes e Inbal reinando sobre ellos.

Cuando se asomaba el siguiente movimiento, el maestro huye de nuevo. Entran los coros, la gente elucubra sobre una posible evacuación. Pero allí está de nuevo, vuelto hacia los chelos que acompañan a Beaumont en su canto de Nietzsche. Después, el momento de los niños, el canto onomatopéyico de campanas. Del éxtasis al adagio, el que usó Visconti en su 'Muerte en Venecia', el recuerdo de que Mahler, un compositor tardíamente recuperado, es uno de los más citados en el cine. Entre el público dos representantes del PSOE histórico, de cuando Guerra además de política hacía melómanos.

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