Su cara, espejo de su música

Ximo, en la que es su segunda casa, el Penicilino. /
Ximo, en la que es su segunda casa, el Penicilino.

Joaquín Clemente, contrabajo, ayudante de solista

VICTORIA M. NIÑOVALLADOLID

Esta temporada ha jugado en todas las posiciones. Ha sido solista de concierto, solista y tutti de su sección, acompañante pop, dúo en cámara, profesor y miembro de su banda folk. Joaquín Clemente se ha multiplicado, le gusta hacer muchas cosas, pero quizá hayan sido demasiadas porque no conoce las medias tintas. Ni la discreta segunda fila de los contrabajos puede con su hipnótica manera de estar en el escenario. La música le atraviesa y ríe, llora, goza, sufre bailando con su enorme compañero.

Ximo nació en 1982 con varios años vividos ya, por eso ha llegado tan temprano a todas sus metas, por eso de vez en cuando se para un rato a ser niño. Cuando ingresó en la banda de su pueblo, Buñol, su hermano trombonista le recomendó la trompa, su madre, el fagot, le ofrecieron un bombardino, pero él quería un chelo. «Suelo conseguir lo que quiero», advierte. Y así fue, le dieron lo que había y vivió un verano encariñándose con el instrumento. Solo en septiembre, cuando comenzó la clase, el profesor le aclaró que aquello no era un chelo sino un contrabajo. Quien a los seis años aspiraba a ser abogado, a los siete años decidió que sería contrabajista y hasta hoy.

«Entonces era un instrumento de mayores, se comenzaba con el bajo eléctrico o la tuba, y a los 15 o 16 se pasaba al contrabajo, por cuestión de tamaño y de fuerza». La generación de Ximo ya llegó a instrumentos adaptados para niños y se abrazó al contrabajo. Detrás de aquella gran alma de madera fue creciendo la de un chaval cuya columna necesitó de un corsé, así que la almohadilla que su madre le hizo para acomodar ambos instrumentos le acompañó ocho años. El aparato ortopédico le alejó de sus coetáneos y favoreció la precocidad de este músico que terminó sus estudios superiores a los 16 años. «Pasé de ser el niño del aparato al que tocaba bien el contrabajo y, claro, dije esto es lo mío. Quizá no tuve grandes pedagogos, pero sí excelentes personas que me ayudaron mucho».

A los 14 años comenzó a tocar en orquestas, la Joven de Valencia, Joven de Cataluña, la Joven Orquesta Nacional de España. «Lo bueno de este trabajo no es tocar, sino escuchar lo que hacen los demás. Me gusta también ver, toco muchas veces de memoria y miro a los violines».

A los 18 se fue a Londres, a la Guildhall. «Allí daba clases Thomas Martin, a quien conocía de varios cursos. Era un profesor de la vieja escuela, tenía buen feeling con él. No era el típico que te respira en la nuca y te da una colleja cuando estás tocando para mandarte a casa a estudiar más. Si alguna vez iba sin haber estudiado, te hacía llorar muy elegantemente». Ahora Ximo es profesor en Salamanca. «Una vez cierro la puerta, esa es mi aula donde intento cambiar lo que no me gusta. Es una pena que tengamos que enviar a los chavales fuera cuando acaban porque aquí no hay trabajo. Hay gente que quizá interpretando no sean grandes músicos, pero sí son buenos pedagogos que podrían brillar en proyectos socioeducativos».

Aún estaba estudiando el cuarto curso en Londres, cuando conoció La Coruña o Madrid haciendo sustituciones y refuerzos. Vino a Valladolid a hacer La Traviata con la OSCyL en el Calderón. «Sabía que había pruebas al final de mayo y me preparé, quería saber si pasaría». Pasó y cuando le dieron la plaza, «como los niños pequeños fui a llamar a mi madre y a mi profe. Ella me dijo lo de siempre, haz lo que quieras. Él, en cambio, me aconsejó que no dejara pasar una plaza de ayuda de solista».

Cambió la cosmopolita Londres por una ciudad media en la meseta sin haber cumplido los 20. «Al principio me costó, me sentí encasillado, pero con el tiempo fui entendiendo algo a lo que me enfrento cada día, el sitio no te hace a ti, eres tú. Me ayudó mucho el ambiente familiar de la OSCyL, es una orquesta con historia aún corta, esperemos que no nos pase como a las más veteranas en las que la gente no se habla. No se puede hacer música así».

A Clemente le gusta la música, su sencillez sobre el pentagrama, su potencial emocional. «No me gusta lo que la rodea, el protocolo, los formalismos. Nuestro trabajo es provocar emociones, crear felicidad, que la gente recuerde lo que ha escuchado y en ese rememorar vuelva a sentir». Esa emoción que quiere transmitir comienza en el músico, por eso Ximo defiende su desnudez en el escenario, «me gusta que me vean y me escuchen, exhibirme, si me muero del gusto con lo que estoy tocando, pongo cara de eso, si me provoca tristeza, lo mismo. Quizá soy más hermético en mi vida personal». Este contrabajista que lo mismo estrena un concierto, que toca con Maika Makovski o en una sesión de cine primitivo con su inseparable Iván García, está empezando a desandar el camino andado, o al menos, transitarle de otra manera, desaprender lo aprendido para centrarse en su manera de hacer las cosas. De momento esa forma encandila a compañeros como Iván Martín, el pianista con el que hará varios recitales de cámara, o Mayte Martín, la cantaora con quien toca flamenco. A su banda folk, los Muyayos de Raïz le tiene preparado un reto, hacer el camino de Santiago, ese que transita él por etapas, pero sin contrabajo al hombro. Y cuando sean mayores, grabar el quinto disco en Jamaica.

De la música no quiere desconectar, solo hace acopio de silencio en su grupo de meditación, otra manera de concentrarse. «Cuando ensayas tres horas con la orquesta llega un momento, a eso de la una y media, que se cuela la pregunta ¿qué haré hoy de comida?. Sin embargo cuando trabajamos con tipos como Gordan Nikolic, son tres horas a tope, no hay distracción alguna». El niño Ximo se entretiene con la play y los dibujos manga, «tan verdaderos en su simpleza» y el Clemente treintañero está descubriendo la sabiduría estoica. Viajero curioso por zocos y medinas, tiene una colección de 250 especias en su cocina, famosa por sus paellas. Ahora quiere hacer su propio pimentón.