Una clásica de vanguardia

Maria Rosario Agüera Quiñones, segundos violines, posa con una botella del último vino de su familia que ha colado en el estuche del violín./
Maria Rosario Agüera Quiñones, segundos violines, posa con una botella del último vino de su familia que ha colado en el estuche del violín.

La violinista Maria Rosario Agüera Quiñones es una de los 'gran reserva' españoles de la sección de cuerda

VICTORIA M. NIÑOvalladolid

Cuando la Orquesta Sinfónica de Castilla y León comenzó su andadura solo había dos arcos nacionales, ella en los violines y Marius, solista de los chelos. Charo Agüera ha visto como se han ido poblando paulatinamente las sillas de las orquestas de músicos nativos, aunque ese fenómeno fuera más ágil entre los vientos.

Antes de la OSCyL, se sentó en la Orquesta de Bilbao, en la madrileña Orquesta de cámara de Blancafort, en la Nacional y en la Bética, así que su mirada y su sonrisa son candorosas, pero nada ingenuas cuando habla de su profesión.

Esta violinista vasca, que supeditó su carrera a los traslados laborales de su esposo, siempre tuvo trabajo, bien tocando o bien en la docencia. «Debo de estar excedente de la ONE y del Conservatorio de Sevilla», dice consciente a la vez de cómo se han ido limitando las posibilidades laborales en el mundo musical actual.

La bandurria fue lo primero que pulsó Charo Argüero en la rondalla de su colegio. «Mi padre tocaba el bombardino en la banda de nuestra ciudad, Orduña. Como decían que tenía buen oído, comencé con el piano. Al parecer se me daba bien y continúe con el violín».

Se graduó en el Conservatorio de Bilbao en ambos instrumentos para decantarse profesionalmente por el segundo. Siguió estudiando en Madrid y luego en Bruselas, con Agustín León Ara, «el yerno de Joaquín Rodrigo». Una vizcaína se formaba con un canario en un conservatorio belga. «Hoy casi todos los jóvenes salen, están muy bien preparados, pero si quieren quedarse hay buenos profesores en su país también».

En Bruselas conoció al estudiante de ingeniería agrónoma con el que ha tenido dos hijos y por el que hizo varias mudanzas. Esta clásica de vanguardia probó los conciertos educativos en giras inverosímiles por la España de los setenta y consiguió plaza en la Orquesta Nacional de España, cuando aún su marido no trabajaba.

«Viví los años de las vacas gordas en la ONE, había unos directores y unos solistas extraordinarios». Cuando Agüera comenzó en la que era la sinfónica más importante del país, la titularidad del podio la ostentaba Rafael Frühbeck de Burgos, «fue su último año, llevaba ya quince. No me gustaba como trataba a los músicos».

Vivió también temporadas sin titular y después a Ros Marbá seguido de López Cobos. Cuando aparece el zamorano, Charo sonríe, «era un gentleman entonces y el tiempo ha ido decantando más su condición de caballero».

Si se le pregunta sobre la orfandad de titular de la OSCyL, su voz cantarina es clara: «En tiempos de crisis económica corres el peligro de elegir a un mediocre, ante eso, mejor sin titular. Un director malo chupa la energía de una orquesta, en cambio si es bueno saca un partido extraordinario de la orquesta. Es el caso de López Cobos, en los ensayos repetimos las cosas, pero llega el día del concierto, y se crece y nos arrastra. Ahora que si traen a un bueno, estupendo».

Pero seguíamos en la ONE que Charo abandona por el traslado de su marido a Sevilla. «Me costó dejarla sí, y luego adaptarme a la filosofía andaluza, pero te acostumbras o te mueres, así que me acostumbré». La comunidad que hoy tiene cuatro orquestas sinfónicas entonces apenas tenía una y libertina, es decir, de funcionamiento a conveniencia. La Orquesta Bética «era muy especial y divertida».

Agüero crió dos niños haciendo cada día el trayecto Sevilla-Córdoba, porque enseñaba en la ciudad de la mezquita hasta que salió una plaza en la primera. Y cuando ya estaba adaptada, a Valladolid, nueva vida en la comunidad a la que mira la peña de Orduña. Dio clase en el Conservatorio que entonces dirigía Angelines Porres. Las nieblas, el frío, el enfado de su hijo pequeño, tuvieron como contrapeso la oportunidad de una orquesta que estaba naciendo.

La maceración de esta 'gran reserva' estaba avanzada, le traen buenos recuerdos aquella gestación. Si contra Franco se vivía mejor, contra «el dictador estábamos más unidos». Se refiere al primer director de la OSCyL, Max Bragado, que no le avinagró el caldo. Se repetía con frecuencia el consejo de un ex compañero de la ONE a punto de jubilarse: «nunca seas el primero en entrar ni el último en salir».

El gran descubrimiento de Charo en su última residencia fue la enología. «Siendo vasca, estás acostumbrada a los 'riojas', pero una vez que pruebas los 'riberas', aquellos te parece que no tienen cuerpo», explica quien recomienda «el verdejo para chiquitear, pero para comer mejor el tinto». A sabiendas de que «es un poco tonto poner un negocio al raso» se dejó fascinar por un fruto lento y misterioso, como el sonido del violín para un primerizo.

Primero fueron socios de Lynus, y ahora ella y marido han decidido crear otra bodega propia, Valdemonjas. «Llevamos dos años y ya tenemos algunos premios», dice orgullosa. En el papel, «que aguanta todo» hay una bodega ecosostenible, centro de unos viñedos jóvenes y una parcela añeja. Sus vinos han sido bautizados como 'El primer beso', el joven, 'Entre palabras', el crianza, 'Los tres dones', el reserva, y la joya de la corona, 'Abrí las alas'.

El yoga la ayuda a cuidar su espalda y la universidad de los mayores, «tiene un nombre bonito la Universidad de la Experiencia», la permite asomarse a la historia de la literatura que hubiera sido su carrera de no haberse dedicado a al música. Si tiene que elegir entre autores queda con Unamuno y Pío Baroja, dos «vascos muy vascos, sobre todo el segundo. También García Márquez».

Aún no ha probado a tocar Mozart a sus cepas, pero de momento no hace falta. Sus botellas han llegado a Australia, Canadá o México, como la música del salzburgués.