El Museo Oriental: un puente cultural que sobrevive sin ayudas

Vista general de una de las salas del Museo Oriental./ Henar Sastre
Vista general de una de las salas del Museo Oriental. / Henar Sastre

El edificio de los agustinos alberga la mejor colección española dedicada a China, Japón y Filipinas y una de las más completas de Europa

VIDAL ARRANZValladolid

La fascinante colección de piezas de arte oriental que puede verse en el museo de los agustinos filipinos es el resultado de una historia de amor. O, por ser más precisos, de muchas historias de amor entrelazadas a lo largo de más de cuatro siglos en una cadena de gestos desinteresados. Su colección atesora entre 10.000 y 12.000 piezas , en primer lugar, de la labor de los misioneros agustinos, que tenían en Valladolid su centro de operaciones en España. Pero, posteriormente, ha sido completada por innumerables donaciones realizadas por otros religiosos y por un sin número de particulares. Gracias a ello, la colección vallisoletana no ha dejado de crecer, incluso en estos tiempos de estrictas restricciones económicas para la cultura. Hoy, cerrado el grifo de las ayudas que recibía de la vieja Caja España, el Museo Oriental sobrevive a pelo, sin ayudas públicas, impulsado por la pura voluntad de unos religiosos que no renuncian a su responsabilidad sobre el ingente legado cultural recibido. Y gracias a un puñado de amigos y benefactores.

«El museo se basa en la evidencia de que los misioneros que evangelizaron estos países fueron amantes de sus culturas y de su arte, que no sólo respetaban, sino que promovían. Pudo haber excepciones, pero en contra de lo que a veces se piensa, lo habitual es que los misioneros fueran personas iluminadas, respetuosas y cultas», explica el director del museo, Blas Sierra, agustino él mismo, que lleva toda una vida dedicado al amoroso estudio de las culturas orientales, en lo que podría entenderse como una continuidad histórica del trabajo de sus predecesores.

Sierra sigue la estela de otros religiosos, como el padre Martín de Rada, el primer agustino español que llegó a China, autor de la primera gramática china. O como el jesuita Fernando García Gutiérrez, pionero en la edición de arte japonés en España y autor del volumen de la Summa Artis dedicado al Arte Oriental.

Detalle de una de las vitrinas.
Detalle de una de las vitrinas. / H. Sastre

Este mismo año el director del museo participó en un Congreso sobre la Primera Vuelta al Mundo y explicó cómo Magallanes llevó a Filipinas en 1521, la primera imagen religiosa cristiana, el Niño de Cebú, que más tarde sería elegido como emblema de la actividad misionera agustina. El original está en el Museo de Manila, pero el de Valladolid muestra una representación de gran valor tallada en madera, y con decoraciones de oro y plata. Pero lo que más destaca de la colección filipina del museo es su sala de marfiles, que atesora la colección más importante de toda Europa en su género. Entre ellos, un cristo crucificado de un metro de altura, cuya elaboración requirió el uso de tres colmillos de elefante, y una delicadísima imagen de la Inmaculada Concepción. En las salas filipinasel curioso descubrirá también, entre otros objetos llamativos, la espada del general Gáudenes, el hombre que rindió Filipinas en 1898, así como lanzas y otros útiles éticos de los nativos del país.

El Museo Oriental es un puente hacia Oriente, pero también el testimonio vivo del intercambio cultural que se gestó durante los años de las misiones cristianas. Gracias a ese puente es posible disfrutar de todo tipo de obras significativas de las culturas del Lejano Oriente: un díptico con unas garzas en un lago, o un minúsculo jarrón con el Monte Fuji, aparecen como excelentes ejemplos de la sensibilidad zen; las armaduras de samurais evocan ese mundo militar, rígidamente entregado al honor y a la formalidad, que tanto ha fascinado a Occidente; la fotografía de una joven protegiéndose de la lluvia y el viento, obra del alemán Raimund Von Stillfried, abre una ventana al exótico mundo femenino japonés; y la sala de los bronces chinos brinda una aproximación respetuosa a las religiones del país: el taoísmo, el confucianismo y el budismo. Las lacas chinas, por su parte, permiten conocer una técnica difícil de concebir. Más de 200 capas de pintura recibió la caja roja tallada que expone el museo para poder realizar los relieves no sobre la madera sino sobre esa espesa superficie de pintura superpuesta. Barcos de guerra, quema perfumes, abanicos, vestidos, altares devocionales… el repertorio de obras no puede dejar de fascinar al interesado.

Algunos de los objetos donados a la colección.
Algunos de los objetos donados a la colección. / H. Sastre

Pero el intercambio cultural que sirve de base al Museo Oriental no se apoya sólo en la admiración y el respeto, sino también en el afecto humano y en la gratitud. En la sala de las sedas chinas, por ejemplo, puede verse un extraordinario retrato del padre Abraham Martínez, un agustino nacido en Guardo. A primera vista parece una fotografía, pero está bordado en seda y fue un regalo de la ciudad de Lichow, en 1923, en agradecimiento por sus labores caritativas. La obra formó parte de la Exposición Universal Misional que el Vaticano organizó en 1925. Una pequeña parte de las obras de China, Japón y Filipinas expuestas en aquella cita pasaron a formar parte de los Museos Vaticanos. El resto, cerca de 500 obras escogidas, vino a parar a Valladolid, en el más importante desembarco de piezas de toda su historia.

Expresión también de ese intercambio cultural es la caligrafía 'Cien representaciones del ideograma Shou (Larga Vida)', un regalo a un misionero que tiene la peculiaridad de organizar los cien ideogramas de modo que forman una cruz. Otra muestra de ese intercambio puede verse en la sala dedicada a las porcelanas chinas, en la que pueden verse, entre otras muchas obras, un plato decorado con un dragón de cinco garras y una representación del emperador del cielo oscuro, el juez del infierno. En el centro de esa sala puede verse una muestra de porcelanas con motivos cristianos. Es una rareza, pues el cristianismo tuvo poca implantación en aquel país. «Eran piezas dedicadas a la exportación, que tomaban como referencia las imágenes de las biblias de los misioneros», explica Sierra.

Ya se ha dicho que la historia del Museo Oriental es también la historia de sus donantes. Personas que decidieron confiarle, en vida o en testamento, sus pequeñas (o no tan pequeñas) colecciones particulares, convencidos de que en el museo agustino encontrarían un destino y un sentido. «A partir de la apertura de las actuales instalaciones, en 1980, el museo se convierte en un imán y se incrementa con miles de piezas procedentes de donaciones», explica su director. «Para nosotros es una satisfacción ver que tantas personas confían en nosotros para que cuidemos objetos que han atesorado durante años».

Sería imposible mencionar a todos los donantes, pero el museo les rinde homenaje con retratos que recuerdan su aportación. Una de las más extrañas es la del abogado Luis María Emaldi, que les dejó en su testamento un centenar de marfiles chinos de pequeño tamaño. «No lo conocíamos personalmente. Quizás vio alguna de nuestras exposiciones en Madrid. Es uno de esos misterios de la historia del museo». Menos relevante en cantidad, pero muy valiosa fue la donación del doctor Villegas, que cedió al museo cuatro obras japonesas que formaron parte de la colección personal de Emilio Castelar, presidente de la República. Entre ellas un ajedrez y un dosel con dragones.

En las salas japonesas puede verse también un kimono de seda con la representación de un ciruelo en flor cedido por los Guerardi, un matrimonio que no sólo entregó al museo un centenar de obras, sino que le dejó un legado económico. Y aún sería de justicia nombrar a otros donantes ilustres, como el doctor Cheng, que entregó 300 obras, cerámicas chinas fundamentalmente, aunque también caligrafías de emperadores. O el matrimonio palentino Ibáñez Urbón, que en 2006 donó 160 porcelanas. O el padre Nicanor Lana, que ha aportado más de mil obras. El museo es un imán, una poderosa red de amor a las culturas orientales, que no deja de atrapar a quienes comparten la pasión por Oriente.

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