Una mujer en el torbellino de la revolución

'La libreta francesa', de la actriz Emma Cohen, es uno de los más vívidos testimonios de Mayo del 68

Emma Cohen, en 1970, en el Festival de Cine de San Sebastián. /Glauber Rocha / Efe
Emma Cohen, en 1970, en el Festival de Cine de San Sebastián. / Glauber Rocha / Efe
Vidal Arranz
VIDAL ARRANZValladolid

La revolución desde dentro. Contada según ocurre, día a día, y sin embellecimientos posteriores. Con toda la pasión, la ilusión, la emoción y las contradicciones del pálpito vivido. Eso es 'La libreta francesa' (Editorial de la Universidad Jaime I) el libro que recoge las vivencias de la actriz Emma Cohen durante Mayo del 68. Probablemente uno de las mejores vías de entrada para conocer los sucesos de París, de los que celebramos el año pasado el 50 aniversario. El libro de la popular actriz desparecida hace tres años –que encarnó a la gallina Caponata y fue pareja eterna de Fernando Fernán Gómez– es intenso, emocionante y honesto. Y está escrito desde el mismo núcleo de las protestas, con las manos manchadas de adoquines y cócteles Molotov.

La revolución francesa le pilla a Cohen allí casi de casualidad. Tiene 21 años, acaba de abandonar la carrera de Derecho y le falta muy poco para estrenarse en el cine en compañía de Jorge Grau y Sara Montiel, en 'Tuset Street'. Se ha marchado a París en busca de experiencias nuevas, de aventura, y se encuentra con el gran acontecimiento de forma inesperada e imprevista. La efervescencia estudiantil la seduce y enseguida se involucra personalmente en las protestas. De su mano es posible seguir los principales sucesos de aquel periodo. Pero, sobre todo, es posible medir su temperatura emocional: el nacimiento de la ilusión, las dudas, la esperanza de que el cambio radical es posible, las dudas otra vez, y la desilusión y el desamparo.

Emma Cohen es parte de todo ello, no lo cuenta con la asepsia del periodista o el investigador; ella fue protagonista activa y directísima. Tiró adoquines a la policía, diseñó afiches, participó en las principales reuniones estudiantiles, y en la ocupación de edificios como La Sorbona, el Teatro de Bellas Artes o El Odeón. Incluso preparó las mechas de esos cócteles molotov que se convertirían en elementos característicos de la lucha callejera.

Un grupo de mujeres en una de las marchas de los jóvenes por el centro de París en mayo de 1968.
Un grupo de mujeres en una de las marchas de los jóvenes por el centro de París en mayo de 1968. / Efe

La mujer que luego se haría célebre como actriz se identificaba por entonces con el Movimiento del 22 de marzo, uno de cuyos líderes era Daniel Cohn Bendit, figura clave del mayo parisino al que el gobierno de De Gaulle intentó neutralizar impidiéndole regresar a Francia tras una salida. Cohen sospecha que el líder estudiantil quizás regresó a París en el maletero del coche en el que ella viajó hasta Alemania. No lo sabe con certeza. Sólo recuerda que, durante un viaje de ida y vuelta a Bélgica, el conductor se pasa el viaje mirando de reojo al maletero, como si allí se custodiara un tesoro de valor incalculable.

El diario comienza el 29 de abril y concluye el 3 de julio. La primera anotación da cuenta del deseo de la joven mujer por buscar horizontes distintos. De un lado, en España, la 'obediencia desgarrante'. Del otro, Francia, la oportunidad de que la vida cambie. Cruza los Pirineos y se va en autostop hasta París. Allí acude inicialmente al Colegio de España y toma contacto con los exiliados. El 2 de mayo ya está en la Universidad de Nanterre. Y un día después participa en la primera barricada: «de un lado, el Estado represor, y del otro, el Estado espontáneo, gente que defiende la zona liberada».

Esa idea de espontaneidad, de desbordamiento de las convenciones y los lugares comunes es crucial en la experiencia parisina. «La gente está de otra manera. Sucesos y sentimientos que apenas hace unos minutos parecía imposible pudieran ser desvelados en público impactan en el resto de los reunidos, que se sorprenden a sí mismos estallando a su vez», cuenta en su anotación del 16 de mayo, en El Odeón. «En el Patio de Butacas continúa fluyendo un sinfín de verdades hasta hoy presas del miedo». La inocencia ingenua de Cohen aparece en todo su esplendor: «Si hubiéramos hablado así antes, el tan ansiado mundo de todos ya sería una realidad». Es el momento del descubrimiento y de la esperanza. Poco después vendrá la conciencia de que los desahogos se agotan en sí mismos. «Las verdades del Odeón arden al tiempo que se cuentan (…) salen las palabras incendiadas, revuelan sus cenizas y a ninguna parte van. Aunque crezca la protesta, tengo la sensación de que la revolución no avanza ni un milímetro», escribe el 20 de mayo. Sus compañeros le dicen que su pesimismo es resultado de «una sobredosis de prensa».

Paraíso de discusión

Al día siguiente, de nuevo, la efervescencia de la calle, de la espontaneidad… «Bulle vida ansiosa de más entendimiento en Trocadero. Dejamos la plaza con tropecientos viandantes discutiendo (…) nuevo y fugaz paraíso de discusión autónoma. Siquiera por un instante paladeo revolución permanente».

Durante buena parte de su estancia en París, combinará la actividad revolucionaria con el cuidado de los hijos del matrimonio que le proporciona una estancia para dormir. «Mañana tengo manifestación y niños», escribe. Una doble vida, por un lado, jugando a las 'merienditas', por otra participando en huelgas, que finalmente se romperá del lado de las protestas.

Hay en Emma Cohen la conciencia de estar viviendo un momento histórico. Y de no querer perdérselo. Hasta el punto de autoimponerse el descanso porque «si ahora no descanso, si luego en la calle no doy el máximo (…) perderé este París antes de ver en qué queda todo», escribe el día 8 de mayo. Esa necesidad de estar y de enterarse, con la radio como infatigable compañera, que te devuelve tu vida en forma de eco. «Haces casi al tiempo que oyes lo que otros escuchan que haces», escribe.

El día 10 cuenta como le alcanza una granada lacrimógena. «Me han dado. Tras la quemazón me vence otra vez el humo y despierto en el interior de una casa, galletas con agua y proa a la derrota». El día 11 las protestas se recrudecen y las calles arden como piras justicieras. «El barrio parece un cenicero gigante en donde campan tropecientos coches a modo de colillas», describe.

El absurdo se hace presente en sus memorias. Harta de que le encarguen el cuidado de las cocinas, como a las demás chicas de las protestas, se va con un activista para intentar alcanzar el Odeón, desde la Sorbona, mediante «un interminable laberinto de túneles plagados de ratas». Cuando al fin salen al exterior, al foso del Theatre de Francia, se encuentran una plaza abarrotada de gente que llegó al mismo destino callejeando. «El porqué del viaje subterráneo para conseguir lo mismo queda sin aclarar».

El 13 de junio la policía desaloja el Odeón y está a punto de ser detenida, pero un agente se apiada de ella

Allí, en el Odeón, un tal Lucien, le ofrece armas, que ella rechaza, pero ayuda a la fabricación de cócteles Molotov. «Interesante sección. Junto a más, relleno botellas y fabrico mechas, largas, para que el contenido no te estalle en las manos». Pero los sucesos discurren rápidamente. El día 24 de mayo los activistas toman la Bolsa de París sin encontrar resistencia, pero no saben como continuar y tras el éxito se repliegan al Quartier. «Durante este viernes pudo irrumpir una revolución real en París. Dejamos pasar una jornada histórica».

Al día siguiente, sin embargo, el Gobierno anuncia que reprimirá «del modo que sea» las protestas y Emma Cohen constata que, entre los reunidos en El Odeón, «el miedo corre». El día 30 escribe: «Del Odeón marchan los conocedores del estado de la revolución, los asamblearios más lúcidos. La nada crece a partir de las 16.31 cuando De Gaulle habla por la radio durante 4 minutos». Al día siguiente reconoce que, aunque las reacciones al discurso del presidente de la República han sido muy violentas, «nadie se ha movido; en 24 horas la situación ha dado un vuelco». En compañía de otros activistas intenta destruir un poste eléctrico y cortar el suministro a la fábrica de Renault en Flins, pero sólo consiguen provocar un incendio en la montaña próxima. «Horrorizada ante el destrozo, juro no intervenir en más pifias».

El 13 de junio, durante el entierro de un alumno del Liceo ahogado en el Sena cunde el desencanto. «Esto es muy duro. El desamparo reina. Nunca la noche me parece tan desierta. Siento el abandono. Ahora combatimos entre el silencio y la ignorancia», escribe Cohen. Al día siguiente las fuerzas del orden irrumpen en el Odeón para desalojarlo y la actriz está a punto de ser detenida, pero uno de los agentes se apiada y la deja huir. «Corro por las calles de París envuelta en llanto», escribe. Unos días después constata: «tras más de sesenta horas abrazada al desespero salgo de la chambre (su residencia), hacia el Sena. La gente ya no está de otra manera». La efervescencia de lo nuevo cede paso al retorno de lo normal, de la vida de siempre.

El día 2 su familia va a buscarla. Su madre está muy enferma, aunque ella no lo sabe, y su tía la explica que le daría un gran disgusto que no quisiera volver a casa. Al día siguiente Cohen sólo escribe: «Orly. Retorno a Barcelona». Es el fin de la aventura.