Los últimos días de la familia Románov, cien años después

Olga, María, Nicolás II, la zarina Alejandra, Anastasia, Alekséi, y Tatiana en un retrato de la familia imperial rusa. /El Norte
Olga, María, Nicolás II, la zarina Alejandra, Anastasia, Alekséi, y Tatiana en un retrato de la familia imperial rusa. / El Norte

Páginas de Espuma publica una selección de las cartas y diarios de la familia imperial rusa en los meses anteriores a su ejecución

ANGÉLICA TANARROValladolid

Hace exactamente cien años, la noche del 16 al 17 de julio de 1918, el zar de Rusia Nicolás II, su esposa Alejandra y sus cinco hijos fueron ejecutados en la Casa Ipátiev de Ekaterimburgo, lugar del último de los tres encierros a los que fue sometida la familia desde que el zar se viera obligado a abdicar tras la Revolución de febrero de 1917. Yákov Mijáilovich Yurovski, comisario del Soviét de los Urales, fue el encargado de ejecutar la orden de acabar con la familia Románov (además del matrimonio, sus cinco hijos, Olga, María, Tatiana, Anastasia y Alekséi) y sus acompañantes: tres sirvientes y el médico que se había mantenido a su lado. La orden de ejecución fue comunicada así al zar: «Nikolái Aleksándrovich, en vista del hecho de que tus parientes continúan con su ataque a la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales, ha decidido tu ejecución y la de tu familia». Este es uno de los últimos documentos recogidos en un libro que acaba de aparecer y que, en forma de novela epistolar, recorre los últimos dos años escasos en la vida de los representantes de la dinastía que había ostentado hasta ese momento el poder en Rusia. La editorial Páginas de Espuma es la responsable del proyecto.

'Crónica de un final: 1917-1918. Románov' es un libro que no existía hasta este momento, ni siquiera en ruso. Reúne una serie de cartas y anotaciones de los diarios del zar, su esposa, y algunas de sus hijas, incluida una del pequeño Alekséi, el heredero de la corona, así como testimonios de personas muy allegadas a la familia que incluso vivieron sus últimos momentos, como el profesor de francés de los príncipes, Pierre Gilliard, de cuyas memorias se nutre también el libro y que se salvó por poco de correr la misma suerte que la familia imperial. Se trata de una visión personal de los días del cautiverio, un testimonio íntimo de quienes lo sufrieron, construido principalmente sobre la base de base de fragmentos documentales procedentes de los archivos de San Petersburgo. «Es verdad que hay muchos documentos históricos sobre el tema. Pero nuestro objetivo principal fue contar la historia de los Románov desde su visión personal o de las personas que estaban cerca de ellos», afirma Juan Casamayor, director de la editorial que ha confiado la selección y la traducción de los textos a Tatiana Shvaliova, y que ha contado con la olaboracción de Ezra Alcázar.

Los hermanos Románov, rapados por una enfermedad.
Los hermanos Románov, rapados por una enfermedad.

El libro se inicia con una carta de la zarina Alejandra a su esposo fechada el 22 de febrero de 1917, unos días después del inicio de la Revolución. En ella se manifiestan ya dos constantes de la correspondencia posterior: lo unida que estaba la familia, son constantes las expresiones de cariño, y las continuas referencias a su fe religiosa.

Sorprende, sobre todo con la perspectiva del tiempo, no ya la lógica incertidumbre con la que vivieron sus encierros, sino la incomprensión que tanto el zar como su esposa mostraban acerca de la verdadera dimensión de lo que estaba aconteciendo en su propio país. En sus cartas, el zar habla de su vida cotidiana, del tiempo, de sus actividades, que se van haciendo más monótonas a medida que empeoran las condiciones del cautiverio, pero que rara vez aluden a la convulsa situación que vivía el país. El 4 de abril de 1917, mientras la familia aún residía, aunque bajo arresto, en su residencia de Tsárskoye Seló, anota en su diario: «Fue un día maravilloso de primavera, en la sombra estábamos a doce grados. Por la mañana, paseé casi una hora. De día seguimos rompiendo el hielo y la multitud nos veía a través de las rejas. Me puse a leer 'La historia del imperio bizantino', de Uspenski, un libro muy interesante. Pasé la tarde igual».

Alivio

A este respecto son ilustrativas las memorias de Kerenski, vicepresidente del Soviet de Petrogrado y segundo y último ministro del Gobierno Provisional instaurado tras la Revolución de Febrero. En una anotación sin fecha, se refiere al alivio del zar tras su obligada abdicación en su hermano y la posterior renuncia de éste: «El cambio a la vida privada no le dio sino alivio. La señora Naríshkina compartió conmigo lo dicho por Nicolás: 'Qué bueno que no tengo que estar más en esas recepciones fastidiosas o firmar papeles interminables. Voy a leer, pasear y pasar más tiempo con mis hijos'. Y eso –añadió ella– no es una pose».

Las cartas y entradas del diario, al menos las que se reflejan en el libro, mantienen ese tono sereno y animoso lo que abunda en la idea de que ni él ni el resto de quienes le acompañaban sospechaban cuál sería su final. Del sufrimiento del zar solo sabemos por el testimonio de sus allegados.

Más dura pero igualmente incapaz de valorar adecuadamente la dimensión de lo que sucedía se mostraba la zarina. En una carta a su esposo fechada el 25 de febrero de 2017, en el comienzo de la Revolución, mientras ella y sus hijos aún no estaban presos, escribe: «Los desórdenes son mucho más provocativos (…) Es una gamberrada, los chicos corren y gritan que no tienen pan –tan solo para agitar–, y los obreros impiden que otros trabajen. Si hiciera mucho frío todos estarían en sus casas. Pero todo esto pasará y se calmará si la Duma actúa bien. No se publican los peores discursos, pero yo creo que aquellos contra la dinastía hay que castigarlos severamente, especialmente ahora que hay ley marcial».

Aislamiento

Pero el libro no tiene pretensiones de ensayo histórico, sino tan solo de testimonio de cómo vivió la familia sus últimos meses de vida, cómo reaccionaban a medida que las condiciones del encierro fueron empeorando, su aislamiento del exterior, el miedo a que la correspondencia cada vez más escasa y controlada no llegara a sus destinatarios, la añoranza del zar por su madre, las relaciones que establecieron con sus adversarios: especialmente interesantes son las anotaciones de los encuentros entre el zar y Kerenski, relatados por ambos protagonistas. El sarampión que fueron pasando todos los niños de la familia, la tala de árboles para acumular leña, el clima y los paseos eran asuntos cotidianos que reflejan cartas y diarios.

Si el prólogo del libro contextualiza este momento histórico, con una Rusia que apenas había abandonado un sistema agrario casi feudal (no abolió la esclavitud hasta 1861), con una Revolución Industrial que llevaba un siglo de retraso respecto a otras potencias europeas y con la Guerra del 14 agravando la situación interna, en el epílogo se constata el hecho de que a día de hoy no están del todo claras las órdenes, las intenciones y las fases que desencadenaron el asesinato de los Románov, y el que no se hayan encontrado documentos que responsabilicen al Gobierno de Moscú, con Lenin y Yákov Sverdlov de ser los ejecutores de la orden, tal y como apuntó Trotski.

El libro se completa con fotografías de la familia antes y después de la reclusión, incluida la imagen de la habitación donde fueron ejecutados.

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